EL-SUR

Lunes 24 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

AMLO, su última elección

Silber Meza

Agosto 26, 2023

Esta es su última elección. Andrés Manuel López Obrador, el peje de aguas densas, ha cuidado tanto su sucesión como su gobierno mismo. Las conferencias mañaneras han servido para mantener alta su popularidad, para ser él la nota de todos los días. No deja que haya vacío para que ninguna otra persona se atreva a ocuparlo. Su “diálogo circular” es, en realidad, una tribuna en la que descalifica a diario a quienes se atreven a criticarlo, y le ha servido para achicar cualquier problema que se le presenta. Ríe, cuenta un chiste, recuerda una anécdota, se hace el sordo, cambia el tema, minimiza, exagera. La estrategia de un pez político que no ha podido ser pescado, aunque ha estado a punto de ser capturado.
Un animal político, un animal de agua.
Esta es su última elección. La ha planeado por años, tal vez desde el día en que llegó a la silla grande. Un amigo que laboró en el PRI como asesor me dijo que en ese partido hay una máxima real que hay que saber desde el primer día: es importante que gane tu partido, pero es más importante que gane tu candidato. Priista de origen, AMLO lo tiene claro. Para nadie es un secreto que su candidata favorita es Claudia Sheinbaum –en realidad es Adán Augusto López, pero nunca levantó en las encuestas por más dinero público que metió y por más presión y negociación que hizo con los políticos más poderosos del partido–, así que la perfiló poco a poco con el arte político que le ha dado la vida entera.
Le abrió el camino para ser jefa de gobierno. Ella, por supuesto, hizo su trabajo: bajó los índices de violencia, tropicalizó los programas sociales y afinó una máquina de lealtades internas, entre muchos otros elementos destacados de su gobierno y logros indiscutibles.
Sheinbaum supo leer dos elementos básicos que le dieron una ventaja sobre Marcelo Ebrard, y que éste no ha podido remontar: tras las elecciones intermedias corrigió errores y confrontó a quienes le dieron la espalda; entendió que la gente lopezobradorista quiere de sucesora a la persona que pueda garantizar la continuidad más fiel de su líder: AMLO. Los lopezobradoristas no tienen interés en un candidato que se aleje un milímetro de lo que por años ha machacado el presidente: primero los pobres, la mafia del poder, cero corrupción y cero concesiones a estructuras económicas poderosas (si todo esto es verdad o no, es punto aparte; y claro, el tiro es con las estructuras de poder con las que el presidente está peleado, no con las que ha apapachado y mantenido en impunidad).
Marcelo Ebrard ha jugado a ser distinto. Y en realidad sí es distinto al presidente. Marcelo no tiene un verdadero interés en identificarse con las bases más pobres del país, sino con las clases medias y altas de México. Por eso muchos lo ven más como un candidato natural del PAN o MC que del propio Morena. En términos de derechos y libertades es mucho más abierto que AMLO, y no se le ve un talante de confrontación con actores de poder. Es una persona con una visión y formación global.
Ricardo Monreal no creció y ahora está totalmente decidido a apoyar a Marcelo. Los demás aspirantes en realidad no tienen ninguna posibilidad.
Pero el escenario se le ha ido complicando al presidente. Se le ve seguro, es verdad, no está preocupado, pero a la vez sabe que en política nada está escrito y que en semanas se le puede ir la elección. Los peces, aun pescados, se escapan de las manos, de las pangas y de las redes.
Del otro lado se halla el principal bloque opositor: PAN-PRI-PRD. Ha tenido un proceso interno nada terso, pero ha ido avanzando. Ellos, todavía más que Morena, saben que la división es impensable porque se pone en peligro no sólo el triunfo, sino la supervivencia y la estructura misma de los partidos. El PRD, que es el ejemplo más penoso, podría perder su registro.
La triada política está buscando una candidatura ganadora. Sí, la oposición puede ganar. Una semana es mucho tiempo, un año una eternidad. AMLO lo sabe, por eso su cargada en contra de Xóchitl Gálvez, la carismática candidata opositora. Busca debilitarla, que no llegue a la candidatura o, si lo hace, que sea con altos negativos. Que ni un solo voto de Morena se vaya con la excolaboradora de Vicente Fox, uno de sus grandes enemigos.
AMLO vive una campaña más, la última real antes de que se convierta en lo que ha jurado nunca ser pero que es inevitable: líder moral de su partido. Sabe que ganar esta elección es clave. Muchos de sus proyectos son en realidad transexenales y si llega alguien de la oposición podría acabar con ellos y destruir sus obras anheladas: el Tren Maya, el Corredor Interoceánico, el Plan Sonora, el litio, el rescate de Pemex, el AIFA, entre otros.
Ahora no es candidato, ahora es presidente, y se ve impelido a ganar de nuevo la presidencia que legalmente perdió dos veces. Si no es así, será una derrota con un costo altísimo para su persona y su obsesión más importante de entre todas sus muchas obsesiones: su papel en la historia.