EL-SUR

Martes 16 de Agosto de 2022

Guerrero, México

Opinión

Ante el grito de la tierra… misericordia

Jesús Mendoza Zaragoza

Septiembre 05, 2016

En la base de los graves problemas ambientales, hay una crisis moral y espiritual. Esta afirmación del papa Francisco en su mensaje para la Jornada mundial de oración por el cuidado de la creación, celebrada el pasado 1 de septiembre, es un elemento clave de su diagnóstico sobre este tema. Este evento, que tiene la finalidad de alentar, año tras año, iniciativas locales y globales para el cuidado del medio ambiente, ha sido la oportunidad que Francisco aprovechó para ofrecer una visión de este grande desafío.
Reconociendo la complejidad de la crisis ambiental, que necesita ser abordada desde múltiples perspectivas, ya globales, regionales o locales, ya económicas, políticas o culturales, y magníficamente descritas en la Carta Encíclica de Francisco, Laudato Sii que fue publicada el año pasado, el mensaje que Francisco ofreció en estos días destaca una perspectiva específica que es importante asumir. Me refiero a la dimensión espiritual de este asunto.
Hablar de crisis espiritual es hablar de humanidad y de su dimensión más honda que le da sentido y su gran trascendencia. Destacar el fondo espiritual de la crisis ambiental que amenaza a la humanidad entera y a la Tierra misma es poner una plataforma común a toda la humanidad para construir actitudes, estilos y formas de mirar y ejercitar la relación humana con el medio ambiente. Es hablar de la íntima conexión que hay entre todas las creaturas. “Estamos unidos por lazos invisibles y conformamos una especie de familia universal, una sublime comunión que nos mueve a un respeto sagrado, cariñoso y humilde (Laudato Sii, 89).
El planteamiento que Francisco hace de los problemas ambientales ya entraña una perspectiva humanista y espiritual. Es diferente hablar del medio ambiente como “recurso” y como “casa”. Privilegiar su dimensión de “recurso” es ubicarse dentro del paradigma tecnocrático dominante que ha generado y desarrollado la actual crisis ambiental mediante la mercantilización y la explotación abusiva y descontrolada de los recursos naturales con todas sus secuelas devastadoras y contaminadoras. Mientras que privilegiar el medio ambiente como “casa” lleva a humanizar esta habitación natural de la humanidad. Mientras que el medio ambiente como “recurso” se explota, el medio ambiente como “casa” se cuida.
Francisco invita a poner atención al “grito de la tierra”, que es semejante al “grito de los pobres”, ambos víctimas de la barbarie humana. La agresividad humana hacia el medio ambiente refleja la miseria espiritual y cultural de los seres humanos. Dice Francisco que “los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores”. Se requiere pues una “conversión ecológica”, que implica sanar la violenta relación humana con la creación y, por otra parte, adoptar una relación sustentada en el cuidado. Cuidar significa poner atención, reconocer el valor y el significado único de cada creatura, tener delicadeza, cultivar. Francisco de Asís planteaba que más que vivir sobre la tierra, tenemos que aprender a vivir con la tierra. Hay que prestar atención a la belleza de cada creatura dejando que nos transmita su mensaje. Una mirada estética nos haría capaces de una honda empatía con cada elemento de la naturaleza.
En fin, hay que revisar nuestros estilos de vida, basados en el abuso, la explotación y el consumo, que denotan una humanidad extraviada que no está conectada con el resto del cosmos y de las diversas formas de vida. Y necesitamos educarnos para la convivencia y la comunión con nuestros mares, nuestros ríos, nuestros bosques, con nuestra fauna marina y terrestre. Para esto, Francisco propone una actitud espiritual que en la tradición cristiana estaba enfocada a las personas necesitadas de ayuda: la misericordia, la que se traduce en actitudes humanas tales como la compasión, el servicio incondicional y la ayuda.
La tierra herida, que grita su dolor, necesita ser mirada de manera diferente. Las tradiciones originarias de nuestros pueblos hablan de la “madre tierra”. Mirar con familiaridad y amabilidad cada elemento de la naturaleza, admirar su belleza y su armonía y, aún más, descubrir y escuchar el mensaje silencioso que nos transmite para enriquecer nuestra humanidad. Además, se requiere promover gestos cotidianos en los que rompemos con la lógica de la violencia, del consumo, de la explotación y del abuso contra la tierra y contra la humanidad o algún segmento de ella.
La misericordia hacia la tierra se ejercita mediante la cordialidad y el cuidado, mediante el respeto y la compasión. Ella sabrá responder con benignidad como lo ha hecho siempre que ha sido reconocida y apreciada. Humanizar nuestra relación con la naturaleza, con la tierra o con el medio ambiente, es un desafío impostergable si queremos que se convierta en una aliada para el desarrollo integral de todos los pueblos.