EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Ante la violencia, fortaleza espiritual

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 22, 2019

 

La preocupación por la derrama económica que los días de la Semana Santa dejan en Acapulco y en las diversas zonas turísticas de nuestra región, absorbe la atención de la población y de los gobiernos. A mi juicio, es muy legítima, debido a las precarias condiciones económicas que padecemos, pues este tiempo significa una oportunidad de recuperación económica para tantas familias. Pero …hay un pero. Si bien mucho se está presumiendo que el turismo de esta temporada no nos ha abandonado a pesar de la violencia atroz que esta ciudad sufre, es mala señal el que dejemos de ocuparnos, en primer plano, de la situación de violencia e inseguridad. El hecho de que los destinos turísticos guerrerenses cuenten con la preferencia de muchos turistas, no nos dispensa de concentrar la atención en el tema de la violencia, que es un asunto de fondo. Y menos, que por estas razones pensemos que estamos mejor que antes.
No obstante, sigo escéptico ante la nueva estrategia gubernamental que ha puesto el énfasis en la Guardia Nacional. Aunque reconozco que el gobierno pretende tocar algunos de los factores económicos y políticos de la violencia, creo, sin embargo, que es oportuno en estos días, llamados “santos”, hacer algunas consideraciones sobre un componente necesario que se ha descuidado: el espiritual.
La Semana Santa conserva su lugar en el calendario oficial, aunque de una manera secularizada. Este tiempo está destinado al descanso y al esparcimiento, necesarios también para restaurar las energías. Pero la originalidad de estos días santos es de carácter espiritual, aunque también religioso. Los cristianos conmemoramos la muerte y la resurrección de Jesucristo, que tiene un denso significado espiritual con un alto potencial para mejorar la vida. Al hablar de lo espiritual me refiero a esa dimensión humana que es universal y común a creyentes y no creyentes y a cualquier tradición religiosa. Hay quienes cultivan el espíritu desde una tradición religiosa, así como hay quienes lo cultivan desde una perspectiva secular o no creyente.
Por ahora, me refiero más a lo espiritual que a lo religioso. El caso es que todos los seres humanos somos potencialmente espirituales, en la medida en que cultivamos el espíritu mediante actitudes, valores y actividades espirituales, tales como la meditación, la oración, el perdón, la contemplación, los rituales, entre otras. Conozco personas y familias profundamente espirituales aún no siendo religiosas.
El caso es que la violencia que agobia al país manifiesta, entre otras cosas, una grave carencia espiritual, con un talante destructivo. Además de tener factores económicos, políticos y culturales, tiene factores espirituales. Y estos factores no han sido reconocidos ni atendidos de manera eficaz y responsable. Por eso, es necesario establecer las condiciones necesarias para que personas, familias y comunidades podamos construir la paz desde una perspectiva espiritual mediante procesos educativos que integren el ámbito espiritual. La misma educación pública, en cuanto promueve la lectura y el arte, y alienta capacidades espirituales como la sana convivencia, el respeto a la dignidad de los demás, el perdón, la honestidad y el servicio, estaría cultivando el espíritu. Al explicar José Vanconcelos el lema de la Universidad Nacional Autónoma de México, señalaba que este expresa “la convicción de que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima”. El cutivo de lo espiritual tiene que atenderse también en la familia, en las iglesias, en las organizaciones de la sociedad civil y aun en las empresas.
Hay valores y actitudes espirituales que sólo se desarrollan a partir del cultivo y del cuidado que demos a la espiritualidad, tales como la solidaridad –uno de los nombres del amor–, la confianza, el servicio, la honestidad, la libertad, la justicia y la compasión, entre otros. En este contexto, hay una actitud espiritual que me parece fundamental para hacernos responsables de nuestro futuro: la esperanza. Esta no se desarrolla si no hay un cultivo constante y dedicado. Y la postración del país causada por la pobreza extrema, la violencia, la corrupción y la impunidad, entre otros factores, ha derrumbado muchas esperanzas y a otras las ha debilitado. Y sin esperanza no hay lucha que valga, ni hay movilización ni organización posible. La esperanza apunta a construir utopías y a diseñar el futuro que queremos, moviendo la indignación, la imaginación, la sensibillidad y la compasión. Una esperanza fuerte es capaz de impulsar las transformaciones que necesitamos, tanto en las personas, las familias, las comunidades, las instituciones y las mismas estructuras del país.
Si nos quedamos sólo con los beneficios económicos que en la Semana Santa recibimos por la abundancia de visitantes, nos empobrecemos como no nos imaginamos. Esta semana tiene un enorme potencial espiritual que debiéramos reconcer. Para los cristianos, esta semana es ocasión de una celebración religiosa que despierta y renueva el fervor espiritual a partir de la conmemoración de la muerte y resurrección de Jesucristo, como acontecimiento central de la historia humana, a la que transforma y trasciende generando una gran utopía: la utopía cristiana de la redención humana y cósmica. A partir de esta utopía, la esperanza cristiana abre el futuro hacia un horizonte infinito, al cual nos podemos acercar mediante mediaciones históricas, tales como sociedades más democráticas, comunidades autosustentables, culturas abiertas, modelos de desarrollo integral y sustentable, etc.
Apelando a lo indispensable de reconocer las necesidades espirituales que laten en cada ser humano y en cada pueblo, es imprescindible poner la atención en ellas para que se establezcan las condiciones subjetivas necesarias para la construcción de la paz. No bastan las condiciones objetivas de carácter económico, político o social, que son solo eso: condiciones objetivas. Se requieren también, condiciones subjetivas, de carácter intelectual, psicosocial y espiritual. Sin estas, no habrá paz posible ni sostenible.