Saúl Escobar Toledo
Agosto 05, 2026
Más de tres mil economistas e investigadores, incluyendo 16 premios Nobel, firmaron recientemente una declaración pública titulada We must Act Now (Debemos actuar ya) disponible en: www.wemustactnow.ai. El documento señala que la inteligencia artificial (IA) puede llevar a un cambio sin precedentes de la economía global en una escala mayor y más rápida que la revolución industrial. Agregan que puede traer riesgos, particularmente, la eliminación en gran escala de puestos de trabajo, pero también oportunidades para elevar el nivel de vida de las personas. Dada la velocidad del cambio, llaman a los economistas, los responsables de las políticas públicas y los líderes tecnológicos a tomar medidas de inmediato para analizar las transformaciones económicas de la IA, y a construir los incentivos, las barreras de contención y las instituciones necesarias para conducir la IA en una dirección que complemente a los humanos y beneficie a la sociedad.
De acuerdo con algunos de los firmantes del texto, Esposito y Jean (Project Syndicate 31072026), es importante subrayar que la IA debe complementar no sustituir a los seres humanos. Es decir, ampliar las cosas que la gente hace y no eliminar las tareas que realizan. Afirman que “diseñar la IA para que imite a los seres humanos lleva a la tecnología hacia la sustitución de las personas, concentra el poder en manos de quienes poseen los sistemas, y deja a los trabajadores menos calificados con pocas oportunidades”. La imitación puede ser el objetivo de la IA más evidente, lo que conduciría a los peores resultados económicos para casi todo el mundo. En otro sentido, si una herramienta tecnológica complementa a las personas, permite aumentar las capacidades humanas.
Estos autores advierten que, si se le deja libremente, el capital tiende a inclinarse hacia la sustitución, ya que esta es la opción empresarial más sencilla. Por ello consideran que en lugar de automatizar tareas que los seres humanos ya realizan, se debería capacitarlos para lograr cosas antes inimaginables y garantizar que la prosperidad resultante se distribuya ampliamente.
Por su parte Grace Blakely, una periodista inglesa experta en temas económicos apuntó que “Las grandes empresas tecnológicas han invertido un billón de dólares en capital desde el inicio del auge de la IA. Prácticamente toda esa inversión se ha destinado a construir centros de datos, adquirir los chips que requieren y construir los sistemas energéticos para su abastecimiento y refrigeración.
Esta enorme cantidad de inversiones está concentrada en unas cuantas empresas. Se trata de corporaciones gigantes que pueden permitirse ignorar la rentabilidad a corto plazo en busca de lo que les reportará a sus dueños una inmensa riqueza y poder a largo plazo.
En estos momentos, dos empresas como OpenAI y Anthropic, aún no han obtenido beneficios. Sin embargo, los inversionistas están apostando a que esta innovación revolucionará la producción capitalista y que una o ambas empresas seguirán ejerciendo un poder inmenso sobre el mercado. Inversiones que no sólo se intenta conseguir en la Bolsa de Valores. Compañías como Nvidia y Oracle, que producen insumos (chips) para la IA, han formado una red circular de financiación con OpenAI: le otorgan créditos porque sus propios beneficios dependen del éxito de aquella.
Blakely considera que las inversiones pueden no ser tan rentables a corto plazo como esperan la mayoría de los inversores. Recuerda que empresas como Google, Meta y Amazon tardaron mucho en obtener beneficios, porque invirtieron con el fin de consolidar una posición dominante en el mercado, no para maximizar las ganancias a corto plazo. Las empresas involucradas en el auge de la IA intentan hacer lo mismo
No obstante, a diferencia del pasado, hay que tomar en cuenta varios factores. En primer lugar, existe una competencia feroz entre las empresas: ya no se trata solo de ChatGPT y Claude; Gemini y Copilot les pisan los talones. Además, está la competencia de China: sus empresas ya han creado sus propios programas de IA y son mucho más baratos.
Y luego está el dilema de la productividad. Para que los programas de IA sean rentables a largo plazo, deben ser implementados por muchas empresas las cuales deben encontrar aumentos en la productividad tangibles. Sin embargo, pocas empresas han experimentado mejoras significativas gracias a esta tecnología.
Blakely agrega que cuando los inversores se den cuenta de que algunas de sus apuestas no les reportarán grandes beneficios, el dinero se agotará. Las redes circulares de financiación colapsarán. Las empresas quebrarán. Y el mundo se quedará con cientos de enormes centros de datos sin suficientes clientes.
Asimismo, destaca que “nuestro entorno también se verá transformado de forma permanente. El impacto ambiental del auge de la IA en 2026 será responsable del 1.1 por ciento de la demanda energética mundial total. Mientras tanto, muchas comunidades se ven obligadas a prescindir del agua mientras que otras experimentan el alarmante efecto de las islas de calor debido a las enormes cantidades que emiten estos centros de datos. De esta manera, concluye, el auge de la IA nos dejará un medio ambiente devastado.
Además del daño ecológico, economistas como Brian Judge (PS, 28072026) nos advierte, igualmente, de la posibilidad de una crisis financiera. Nos recuerda que el auge ferroviario estadunidense del siglo XIX terminó con el pánico de 1873, y el boom de las telecomunicaciones y las punto.com de los años noventa desembocó en un desplome bursátil. En ambos casos, la tecnología fue realmente transformadora, pero aun así acreedores y accionistas quedaron arrasados, porque la inversión fue más elevada que la ganancia de corto plazo.
Señala que “Las herramientas de IA pueden adoptarse de forma masiva y un centro de datos puede funcionar a pleno rendimiento sin llegar a producir el efectivo necesario para atender las deudas de sus propietarios”.
La estabilidad financiera puede perderse debido a la expectativa de ingresos especulativos futuros y las obligaciones contractuales presentes. Por ejemplo, se estima que el gasto de capital en IA de las empresas proveedoras de servicios en la nube como Amazon, Microsoft y Google alcanzaron cerca de $750 mil millones de dólares este año, lo que tendría que generar cerca de $1.5 billones de ingresos para amortizar dicha inversión. Teniendo en cuenta que una burbuja se produce cuando el precio de un activo supera con creces los flujos de caja que genera, estas proyecciones dan la razón a quienes afirman que la IA está, efectivamente, creando una burbuja financiera.
A los riesgos de la IA en materia de medio ambiente, inestabilidad económica y empleo habrá que sumar aquellos derivados de la seguridad. De Long considera que Estados Unidos y China están enfrascados en una carrera por la IA en la que ninguno de los dos está dispuesto a pisar el freno. Darle prioridad absoluta al apresuramiento deja en segundo plano las cuestiones de seguridad, a pesar del riesgo inquietantemente alto de que la combinación de un error humano y una IA superinteligente genere un fallo catastrófico. Por otro lado, actores malintencionados pueden crear “deepfakes” (imágenes de video o audios producidos por IA que parecen reales y se utilizan para engañar personas) cada vez más convincentes destinadas a campañas electorales en una escala sin precedentes. Si no se les pone freno, estas herramientas pueden erosionar todavía más la confianza pública, profundizar la polarización política y acelerar la fragmentación social.
En conclusión, la IA despierta muchas inquietudes al mismo tiempo que se desarrolla muy rápidamente. Resulta muy importante entonces, como aseguran los firmantes de la declaración citada, abrir un gran debate en cada país y a nivel mundial para tratar de controlar un instrumento tecnológico que se asemeja, cada vez más a un Frankenstein contemporáneo.
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