EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Apostarle a la persona humana

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 27, 2020

 

Hoy más que nunca tenemos la oportunidad de poner nuestra mirada en las cosas esenciales que hemos olvidado o abandonado y que, en cierta medida, han dado pie a tragedias y retrocesos en la humanidad. Los tiempos de crisis, tan necesarios como los tiempos de “normalidad” nos ayudan a hacer reajustes vitales como condiciones para sobrevivir y para mejorar las condiciones de vida para todos. Algo esencial para la supervivencia humana es la valoración de la persona como tal, como persona. A ello me quiero referir ahora.
Podemos mirar a nuestro mundo tan intrincado y tan complejo desde múltiples perspectivas, muchas de ellas legítimas y otras no tanto. Este mundo lo podemos mirar a partir de las instituciones de toda clase, desde las estructuras, desde las variadas perspectivas de la economía, de la política o de la cultura. O desde lo macro o de lo micro, desde lo global o desde lo local, desde la perspectiva del pasado o la del futuro, o desde las innovaciones tecnológicas y científicas o desde las miradas humanistas o éticas. O desde las más variadas ideologías o desde las pulsiones hegemónicas. O desde las carencias y sufrimientos.
Tantas miradas son posibles, que se oscurece lo esencial, lo central: el ser humano. La centralidad del ser humano, con frecuencia, se ha ido diluyendo, tanto que éste ha quedado rezagado a lo marginal. Importan tantas cosas que nos olvidamos de aquello que le dé armonía a todo. Y de esta manera hemos llegado a situaciones grotescas como cuando se absolutiza el mercado o el partido político, instrumentalizando implacablemente a las personas y a los pueblos.
La modernidad postuló la primacía del hombre como una manera de deslindarse de las visiones religiosas y teocráticas de la Edad Media. Pero se quedó a medio camino. No fue el ser humano en sus diversas dimensiones sino sólo reducido a su dimensión racional. En realidad, apostó por la primacía de la razón, que abrió caminos diferentes. Primero, los senderos de la filosofía y después el desarrollo de las ciencias. La razón se convirtió en el árbitro de lo bueno y de lo malo, de lo justo y de lo injusto, del avance y del retroceso, del pasado y del futuro. Se convirtió en el tribunal al que todo tendría que someterse. Hasta el ser humano.
La razón dio vía libre a la ciencia y ésta abrió los caminos a las tecnologías, en sus diferentes fases. Y hoy estamos bajo el imperio de la tecnología que es ambivalente pues se utiliza para hacer mucho bien o para hacer daño. Nos dijeron que la razón le daría grandeza al ser humano y que la ciencia lo salvaría de todos sus males. Hay que reconocer que muchos avances modernos, con sus grandes beneficios en la medicina o en las comunicaciones nos están haciendo mucho bien. Pero, así surgieron las tecnocracias, el auge de las estadísticas para tener el control de todo, los modelos económicos que, supuestamente inspirados en las “ciencias económicas”, han hecho destrozos. La razón, la ciencia y la tecnología no pudieron hacernos el milagro de la salvación, pues quisieron sustituir al ser humano por la razón instrumental. El supremo tribunal de la razón terminó por condenar al ser humano. La ciencia y la tecnología se han puesto al servicio del capital y en contra del desarrollo de los pueblos. El medio ambiente ha sido destrozado con esa visión pragmática y mercantilista de los recursos naturales y con su irracional explotación.
Y cuando despertamos, el mundo estaba sumido en una pandemia.
Es hora de volver a lo esencial. El ser humano es mucho más que la razón científica. Es más, ésta tiene que estar al servicio de aquél. Y hay otras dimensiones del ser humano que fueron olvidadas y que paulatinamente se han ido recuperando. Hoy se habla, además de la inteligencia racional, de la inteligencia emocional, la inteligencia estética y de la inteligencia espiritual, entre otras. Las dimensiones de la experiencia y de la trascendencia se han ido recuperando para asumir la condición humana y para desarrollarla.
Durante esta pandemia, hemos podido hacernos de una mirada global y hemos podido mirar nuestro mundo con esa perspectiva universal. Somos una familia, la gran familia humana. Eso lo hemos perdido de vista cuando privilegiamos miradas económicas, políticas, culturales o religiosas. El coronavirus ha sido tan democrático que no ha respetado fronteras y nos ha descubierto que la desgracia de un pueblo es la desgracia de todos. El coronavirus ha tenido la virtud de tender puentes entre muchos pueblos y naciones, que al sentirse amenazadas han buscado salidas y se han dado cuenta de que no hay otra salida que la de la solidaridad, más allá de las ideologías, las religiones o los sistemas económicos, porque… hay un vínculo que nos une a todos sin distinción: somos seres humanos.
En nuestra historia, ha habido tantas cosas que nos han separado o dividido, pero ahora la amenaza y el dolor nos están obligando a recuperar nuestra esencia. Somos seres humanos, que para serlo efectivamente tenemos que fundirnos en un abrazo común, en un abrazo universal.
Cada vez que se instrumentaliza o mediatiza a las personas en favor de una causa, sea la que sea, termina en fraude. Abundan los fraudes económicos, políticos y religiosos, pues los tenemos a la vista. Al contrario, todo debería subordinarse al bien de las personas y de los pueblos. Decía Irineo de Lyon que “la grandeza de Dios se manifiesta en que el ser humano viva y resplandezca”. Este es el gran criterio de todas las construcciones humanas, así sean científicas, tecnológicas, ideológicas o económicas: que cada persona resplandezca.
Y cuando hablamos de personas, es necesario hacer un matiz. Se trata de la visión del ser humano como persona, es decir, como sujeto activo y responsable del propio proceso de crecimiento, junto con la comunidad de la que forma parte. En este sentido, el ser humano contiene, de manera potencial, a una persona que, en la medida en que se va responsabilizando de sí misma y de su entorno, crece y madura. Este es el verdadero soporte de la construcción de ciudadanía, tan indispensable para la transformación de la sociedad y del mundo. La educación es el ejercicio de crecimiento a través del cual cada hombre y cada mujer se van “convirtiendo” en personas, se van haciendo personas. La gran tarea está en la construcción de personas libres y responsables.
Aquí está el sentido de todas las instituciones, desde la familia hasta las empresas, desde la escuela hasta las universidades. De todas. Aquí está el sentido de todas las estructuras como construcciones humanas: abrir caminos para contar con personas libres y responsables. Para eso es la política, la cultura y la religión. Para beneficiar a todas las personas y a cada persona. En este sentido, se requiere una atención y una preferencia para las personas más vulnerables o discriminadas para establecer la equidad. Sin equidad no puede darse el desarrollo personal ni de los pueblos.
La pandemia que padecemos ahora es un gran desafío que puede ser resuelto en la medida en que volvamos a poner la mirada en las personas. Las estadísticas, los números, los sistemas, las instituciones ayudan, pero no pueden ser el centro de la atención. La atención tiene que fijarse en cada persona enferma, en cada persona que tiene hambre, en cada persona que requiere compañía y consuelo, en cada persona que ha muerto, en cada persona que se quedó sin trabajo, en cada mujer discriminada y en casa niño indefenso. Por ello, es inadmisible aprovechar esta contingencia para atizar proyectos políticos o para hacer cálculos económicos de lucro. O para nacionalismos estrechos o para el agandalle de los poderosos contra los más débiles. Todo debiera pasar a segundo término ante la centralidad de las personas y de los pueblos.
Si no lo hacemos, quiere decir que no aprendimos la lección Y quiere decir, también, que tenemos que esperar la siguiente pandemia.