EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Aprender a desaprender

Ana Cecilia Terrazas

Enero 04, 2025

Hay una máxima difícil de procesar: “con la edad –si no se trabajan, pulen y superan– se exacerban los defectos”. No hay duda. Nos topamos todo el tiempo con personas que conocíamos hace muchos años y que no sólo no han cambiado, sino que a nuestros ojos juzgadores han empeorado en sus flaquezas. Y, si nos atrevemos a realizar un escaneo verdaderamente crítico de nuestra persona, veremos que realmente no vamos mejorando de manera natural con el tiempo en tanto no corregimos, recolocamos y volvemos por otro camino en muchísimos sentidos. Si nos dejamos ser, nada más así, a lo largo de la vida y de los años, “como somos, tal cual somos”, el final es seguro: nuestros defectos solamente crecerán.
Parece paradójico que, toda esa experiencia y saber hacer cosas, librar obstáculos, controlar situaciones, navegar por los fondos, alcanzar satisfactores, pueda servir de poco cuando envejecemos.
Sin embargo, no sólo “no todo está perdido”, sino que, en la medida que podamos hacer una suerte de exploración y acondicionamiento de fortaleza interior, estaremos listos para concluir la existencia con una magna riqueza espiritual.
Lo más importante para transitar lo que viene resulta casi impensable: hay que aprender a desaprender. ¿Por qué? Porque la ruta de la vida no es completamente recta ni únicamente ascendente y porque, ya lo decía Heráclito, “ningún hombre pisa dos veces el mismo río, porque no es el mismo río y él no es el mismo hombre” en referencia a que todo cambia.
Todo el organismo comienza a funcionar de manera distinta; todos los órganos vitales, todos los sistemas –endócrino, respiratorio, digestivo, nervioso– y las emociones, el intelecto, la psique, van procesando la vida con otros enfoques, quizá menos sanos o tal vez solamente diferentes.
Se llega a la cúspide a cierta edad que varía dependiendo del país, la biología, el contexto cultural, los recursos para mantenernos sanos, el ritmo cotidiano y las circunstancias experimentadas y, desde luego, lo que cada cuerpo porte genéticamente y lo que haga cada persona con su vida.
Después de esa suerte de clímax, viene lo que mal se lee como un declive. Se relata así porque deja de haber ese vigor, esa novedad, esa energía y esa llamada salud. Una manera de ver la vejez o la ruta final hacia la muerte, bajo una connotación oscura, edadista, negativa, es pensar que todo se desfonda y deja de funcionar. No es que no sea cierto que tengamos que operar de manera distinta, es que con esa sola manera de enfocar la época de vida adulta mayor queda nada más que el desconsuelo, el duelo, la pérdida permanente y acompañarlo de una gran tristeza o una depresión profunda.
Las personas dedicadas a aprender a envejecer, algunas especialistas en psicología geriátrica e inclusive ciertos tanatólogos, aseguran que la cultura no nos ha ayudado a relatar de manera positiva y esperanzadora el tercer capítulo de nuestra vida.
El discurso de estas personas reconoce, en primera instancia, que las circunstancias, los contextos, la familia, los amigos, el cuerpo y las emociones sí cambian y no necesariamente operan como antes. Son realistas y admiten que se transforma la manera en la que cuerpo, mente y emociones pueden salir a la vida. Sin embargo, el énfasis de estas personas está en un tipo de lectura que incluye una suerte de recta final para mejorar, superar, acrecentar y obtener una ganancia real para llegar a una muerte siendo personas más fuertes (si no de cuerpo) de espíritu y a veces también de mente.
Librar los problemas de la vida cotidiana con otro cuerpo, otros recursos, amerita que seamos creativos y diferentes. Para remontar las dificultades de las “disminuciones” hay que hallar, ineludiblemente, caminos nuevos, hacernos de sistemas distintos, buscar ayudas o apoyos antes no necesarios; hacer lecturas, consultas y búsquedas antes no requeridas.
Hacernos viejas o viejos puede ser una manera –nadie dijo que fuese fácil– de hacernos realmente mejores personas, al fortalecer, ejercitar, hacer ganar y poner a prueba máxima aquello que nos constituye, pero que no se toca –hay quien le llama espíritu o alma– y que muchísimas personas consideran que al morir tampoco se destruye, sino que solamente se transforma.