EL-SUR

Sábado 13 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Árboles y misiles

Florencio Salazar

Marzo 09, 2026

Si los sapiens somos tan sabios,
¿por qué somos tan autodestructivos? Yuval Noah Harari.

En estos días sorprendentes, corren en vías paralelas lo simple y lo complejo, lo fútil y lo trascendente. Cierto: todo es cuestión de enfoques. Podemos ver lo mismo en modo simultáneo y de diferente manera. Los conocimientos de cada ser humano incluyen mitos y símbolos. Cada uno de nosotros tenemos prejuicios y desde la propia atalaya podemos asumir una subjetividad relativa.
¿Cómo podemos comparar la caída de un árbol robusto con el sistemático ataque de misiles? ¿O el cierre de bibliotecas con la demolición sin tregua del cruento belicismo? En ambos casos hay una intención: anular a las personas y substituirlas por cifras.
El conocimiento es la savia que nutre y domestica la inteligencia para hacerla servicial, útil a nuestra especie. La paz es otra condición que permite el desarrollo armónico del ser humano. Cerrar bibliotecas y destruir sectores de la población son equivalentes. Se ataca al numen, a la capacidad creativa. En un caso, se niega el resplandor de las palabras; en el otro, también.
El Sur informa sobre el golpe seco de un laurel añoso de la Biblioteca Pública del Estado, derribando la barda del inmueble y techos vecinos. La Dirección de Ecología y Protección Civil –avisada con oportunidad– descartó riesgos. Otros árboles amagan con lo mismo. Esperan la complicidad de los vientos furiosos, que serpentean el valle calizo de la capital.
“Lleva cerrada más de un año la Biblioteca Central por la falta de un dictamen estatal. La biblioteca resultó dañada tras el paso del huracán John en septiembre de 2024. Además se echaron a perder por completo 7 mil 572 libros. En el último año, la librería pública y sus espacios atendieron a 18 mil usuarios”. Esta nota de El Sur refiere a otra biblioteca –también en Chilpancingo–, a la Central, la más grande del estado.
Los destrozos provocados por el laurel en la barda y el vecindario ocurrió el pasado miércoles 5 de marzo; pero los del huracán John se aproximan al año y medio. Y nadie, absolutamente nadie, ha movido siquiera la uña del meñique. Las Secretarías de Educación y la de Cultura, organizadores de ferias de libros, grupos culturales, instituciones educativas, usuarios, no han mostrado interés por el reacondicionamiento de los refugios del alma, pulidores del talento.
Recuerdo a un tribuno elocuente: “Soy de las Montañas del Sur, en donde el más cobarde se llama Vicente Guerrero y el más ignorante Ignacio Manuel Altamirano”. Esas palabras han perdido significado. Los emblemas de la grandeza épica y espiritual de los surianos, plasmados en los murales del ex Palacio de Gobierno –ahora Museo del INAH–, hoy representan lo que somos: descoloridos, cayéndonos a pedazos.
Inmerso en una mudanza, que no acabo de consumar, reviso cajas y más cajas con libros, documentos, fotografías, publicaciones diversas. He donado –amigos, familiares, biblioteca del árbol caído–, un número probable de mil quinientos libros. No obstante, hay más, sin incluir los alojados en estantes. Estoy arribando al momento sereno del desapego. ¿Cuál será el destino de mi biblioteca de 6 o 7 mil volúmenes? ¿A quién donarla para su conservación y uso público? Ese fantástico coro es resultado del contagioso afán de más de seis décadas.
Descarto –con desencanto– a instituciones académicas con bibliotecas sin bibliotecarios, en donde los libros son mutilados por perezosos estudiantes, que prefieren arrancar hojas a tomar notas.
Ignorar más ha dimensionado mi pasión por los libros: el goce en los pasillos de las librerías, explorando, husmeando, observando de reojo, apreciando sus pastas, la estética de sus portadas, el grosor del papel, su color, la tipografía, su peso. Y, acompañado de sueños, llegar al mostrador con la esperanza conversadora de los volúmenes.
Acariciar libros es lo único comparable al deslizamiento de las manos sobre una piel querida.
El primer párrafo de El infinito en un junco de Irene Vallejo, es cinematográfico. En la nada de la noche –cito de memoria– unos jinetes cabalgan veloces por los parajes sombríos. Cumplen órdenes precisas del Faraón: obtener escritos de los sabios del mundo, para volver con los papiros a Egipto. Habrán de nutrir a la Biblioteca de Alejandría, tiempo después incendiada por soldados de Julio César.
La lectura ofrece “Una idea que cambiará las nuestras, una noción que nos hará un poco mejores o, al menos, un poco menos ignorantes que ayer”, señala Marguerite Yourcenar. Por ello, quien gobierne debe rodearse de aquellos que conozcan la materia de su empleo. Permitir la destrucción de bibliotecas significa atacar la inteligencia humana en la realidad habitada y en la imaginada.
Donar libros no es obsequiar objetos, es entregar parte de lo que somos. En consecuencia, las bibliotecas definen a gobernantes y gobernados.