Alan Valdez
Noviembre 26, 2022
COSAS QUE LA GENTE OLVIDA
Voy en el asiento número 4, la costumbre de procurar ir sentado en la ventana aún no se me quita del todo, o al menos no en los autobuses que van hacia otras ciudades, ya en los urbanos entiendo por qué la gente apurada prefiere el pasillo, es menos bronca la maniobra que tiene que hacer uno para bajar. Supongo que la contemplación sólo es un derecho para los niños (obviamente depende en qué latitud de la economía vivan esos niños) y la gente en ocio. Algo del mirar el mundo sin esperar nada a cambio lo he perdido, pero admito que ese es el precio que he tenido que pagar, gustoso o no, por cruzar la calle sin necesidad de que alguien me conduzca de la mano. Sin embargo, volteo siempre a cada lado escuchando la voz de mi abuela, de mi madre o de mi padre diciéndome punitivamente, pero con un dejo de cuidado, que es otra forma del amor, que me fije antes de cruzar. En fin, para ellos, de alguna forma, jamás dejaré de ser un niño, así que cuando me abrazan y yo los abrazo después de varios meses, por un instante, mínimo, pero justo, pero siempre mínimo, ellos nunca mueren y tampoco se han equivocado, y yo aprendo a lavarme las manos antes de comer y a dar las gracias.
Me duele la espalda y necesito estirar las piernas. Tanto que le decía a mi padre que el viaje no cansaba y ahora mi cuerpo ya empieza a darle la razón. Yo no, quizá yo me tarde más, muchísimo más en hacerlo, porque justo esas lecciones siempre caen cuando uno no las pide. Casi pareciera una regla para la vida. Una noche mientras ves quién sabe qué programa de debates de cuestionable tendencia política recibes esa jodida llamada, o una mañana mientras te cepillas los dientes, y entra más sol de lo normal al baño, y ahí, justo en esa esquina del ojo algo brilla, y llega el peso de lo apremiante de haber desperdiciado las horas, pero pasa, siempre pasa. De esto último acepto que me falta equivocarme de manera olímpica para entenderlo. Soy necio. Me apena decirlo, pero no lo suficiente como para que no ocupe lugar en esta página.
Hay niebla en la carretera, y hace que todo se sienta antiguo, o más bien sagrado, aunque debo confesar que no sé si asuma por completo la dimensión de esa palabra. ¿Quién la entiende? Solo los pequeños dioses y sus maneras de conmovernos cada vez que se acaba o comienza el día. En la esporádica, pero a la vez permanente sombra de una flor que ha crecido en un muro. En los ojos de una bebé que no conoce el decir de cada cosa. En los ojos de su madre que la observa como si todo lo demás no fuera necesario, porque desde ahora ella entiende que la vida es justo una contradicción, no un milagro, pero que acontece, y entonces tiene que darle pecho, cubrirla con una cobijita de animales azules, y cantarle una canción también antigua y sagrada como la niebla.
Tengo que decirles que mi idea de la niebla y lo sagrado surge en mí por la relación, al menos en imagen, que ella tiene con el humo. El humo siempre indica cambio. Surge de un fuego que no perdona, porque algo tiene que terminar para que la lumbre tenga principio. El humo entonces, será la huella, es decir, lo último que podrá enunciar lo que sea que se esté quemando. Y todo lo que exige un principio y un final en perpetua convivencia es sagrado, pero repito, debo de confesar que no sé si asuma por completo lo que implica esa palabra.
El autobús se dirige a Huejutla. Sé que es importante la palabra Huasteca. Pero interrumpen mis pensamientos las imágenes de Tom Cruise saltando de un helicóptero a un edificio en una misión imposible para cualquier ser humano que haya pisado alguno de estos siglos, pero no para él, porque su nombre es Tom, el maestro Tom y vino aquí para salvarnos de la banalidad.
Luego, por momentos, las luces de algunas casas buscan salir por en medio de esa masa entre gris y blanco, o entre blanco y noche, y pasa otra cosa, algo que se asemeja mucho a como miro desde hace unos meses con el ojo izquierdo. Ya sé que lo borroso de la vista de inmediato nos hace pensar en las nubes, pero así es como miro, aquí no estoy tratando de sobreponerme al lugar común para explicar mi padecimiento, la enfermedad ya es metáfora suficiente. Quizá esa imperfección nueva de mi ojo sea la única y definitiva manera que tenga en mi vida para saber qué forma tiene la perfección del cielo.
Cuando era pequeño, creía que la única posibilidad que tendría de tocar el cielo, sería atravesando la niebla. Allá en la sierra donde mi madre nació y la mayoría de los mitos que ahora me conforman, siempre de octubre en adelante, comenzaba a bajar el cielo, y corría con mis primos buscando beber una nube entera, casi con la misma hambre con que se muerde una sandía recién cosechada, después cerrábamos los ojos, contábamos hasta el veinte y empezábamos a perseguirnos hasta que nos gritaban para cenar. Un olor a encino bien seco, y una llama a veces verde por culpa de la resina aún presente en la madera se asomaba por la estufa de hierro. Y luego un pequeño tronido avisando que los leños, uno por uno, estaban pereciendo a favor de inflar nuestras tortillas, de calentar nuestros frijoles, de sentarnos a la mesa a narrar la historia de cómo las manos abiertas son iguales a las llamas del primer incendio, y es hermoso parecerse a lo que no tiene sombra.
Continúo mi viaje hacia una parte del mundo en la que nunca he estado. Las palabras son: Huejutla. Huasteca. Pero por mientras, me emociona mucho ir viendo el camino, aunque sea de noche porque me recuerda que la mayor parte de mi vida siempre me he estado moviendo. Así que no soy de ninguna parte y a la vez la geografía contradictoria de México me configura y me hace pensar las cosas que pienso, como decir que cada vez que miro el mar siento que alguien me explica cómo se inventaron las montañas, y cada vez que miro una montaña siento que alguien me describe lo que le pasa al mar cuando es de noche.
Nací en Chihuahua, pero crecí viendo el mar, y luego me regresé al desierto, y esa condición me hace entender la brutalidad de la naturaleza en tanto que quietud monumental y movimiento sin pausa, así, la bastedad, lo que carece de límites, me recuerda que el mundo no se acaba y que no sabe morir, pero yo sí sé.
El vidrio se cubre por completo de una humedad que bloquea el paisaje de falsas estrellas que algunas casas dejan encendidas por la noche por precaución. Juego al gato con lo empañado del cristal, y pierdo y gano esa partida al mismo tiempo. Terminó de limpiar con la cortina una buena porción de ventana para poder mirar hasta donde la noche permite. Me da risa que uno jamás abandona por completo la infancia, sólo la corrompe. Es triste, pero también es necesario.
Se detiene el camión, sube una mujer y su niña y ambas venden sabritas, chicles y refrescos. El brillo plateado de las bolsas de papitas seduce mi pupila, pero no traigo ni un cinco. Escucho como en otros asientos se destapan los refrescos y se arruga el aluminio de las frituras que llenarán de grasa sus dedos. Afuera vuelve a llover, pero ya no me interesa la necedad del agua recorriendo mi ventana.
En una de las pequeñas paradas nos dice el chofer que tenemos 20 minutos para ir al baño o comprar en la tiendita. El baño cuesta cinco pesos y de nuevo me llega el recordatorio de que no traigo nada, así que improviso un sanitario en una distancia que me proporciona una intimidad breve, pero al fin mía, y se acerca un perro del tipo perro de carretera, flaco, lleno de aceite para transmisión, casi puedo contar sus costillas, y yo sigo orinando como si sólo hubiera nacido para ese momento. Me despido del perro, dos hombres fuman con el gesto ya universal de la espera, como viendo hacia una hora que no viene en ningún reloj, pero que marca el pulso y los pensamientos de quien necesita estar ya en otro lado.
Hace frío, puedo ver mi respiración y la de los demás. Hay respiraciones más bruscas que otras, lo compruebo al ver que las nubes saliendo de las narices de los otros pasajeros se alargan o se contraen según sea el caso.
Hago algunos ejercicios de estiramiento. La mano a la punta del pie, y lo que se estira también son mis años. Aunque mi abuela se reiría si le digo que ya me siento viejo, diciéndome a la par de su risa, pues qué viejos los cerros. Se acerca el chofer al camión y uno a uno vamos subiendo a lo que por unas horas es nuestra residencia. Hogar que huele a cansancio, pies y entumecimiento de espalda baja, y lo que le sigue. Siempre lo que le sigue.
Tengo suerte, la persona que iba al lado de mí, se baja en un paraje sin nombre, en una oscuridad que no conozco, y a los pocos metros desaparece como si nunca hubiera existido. Así que esas 6 horas que nos acompañamos, que fuimos cómplices del olor a cuerpo abarcando el poliéster de un sillón sospechosamente cómodo, ya sólo serán relevantes en la brevedad de esta línea, pero ya no después. Jamás nos volveremos a ver, pero quien quiera que seas, ojalá hayas llegado bien a casa.
Llego a la central en un momento en el que la noche está apunto de ceder su color al color del día. No llevo maletas. Sólo mi mochila, y una chamarra que me ayuda a entender la madrugada en Huejutla. Sigue lloviendo, o algo parecido a la lluvia. Más bien, cae algo del cielo que moja las casas y los carros, y a los perros y a las personas. Le digo a un taxista que me lleve al hotel Juárez. Ya en la habitación, acomodo mis cosas de manera improvisada. El sol y los gallos van encontrando plenitud conforme se mete la luz por mi cortina. Duermo dos horas y me alisto para ir al evento al que fui invitado.
Veo pasar unos niños con mochilas tan grandes como si su vida entera estuviera acomodada en su espalda. A lo mejor sí lo está. Y una madre tratando de arreglarles el cabello. Mi cabello está desacomodado a propósito, en mi mochila llevo mi computadora, unos lentes de sol y un cuaderno, y pienso por un momento que mi vida sí depende de esas tres cosas. La madre deja a los niños en la puerta de la primaria Lázaro Cárdenas. Se queda la mujer un rato con los brazos cruzados cerciorándose de que los niños crucen el patio techado de la escuela. Y luego sigue caminando con una prisa que más o menos reconozco, y yo comienzo a caminar también cuidando de mirar a ambos lados cada vez que cruzo alguna calle de Huejutla, y también me lavaré las manos antes de comer, y por supuesto que diré gracias.