EL-SUR

Sábado 06 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

LA POLÍTICA ES ASÍ

Benito Juárez, luz y sombra

Ángel Aguirre Rivero

Marzo 27, 2026

E n México solemos hablar de los héroes como si fueran estatuas: firmes, inamovibles, perfectas. Pero la historia –cuando se le mira de frente– es menos cómoda. Y en ese terreno más humano, más complejo, aparece la figura de Benito Juárez: no como mito, sino como arquitecto de una nación que aún estaba en disputa.
Juárez no gobernó un país en paz. Gobernó un territorio fragmentado, endeudado, invadido, dividido entre visiones irreconciliables. No era un líder carismático en el sentido tradicional, pero sí uno de los más firmes y consistentes en la historia de México.
Su mayor aporte no fue la estabilidad –que no existía–, sino la decisión de imponer un orden: el de la ley. Y ese orden tuvo un momento fundacional: las Leyes de Reforma. Entre 1859 y 1863 Juárez encabezó un proceso que cambió la estructura misma del poder en México. Separó la Iglesia del Estado, nacionalizó los bienes eclesiásticos, estableció el registro civil y convirtió el matrimonio en un acto jurídico. No fue una reforma administrativa; fue una redefinición del país. Ahí nació el Estado laico mexicano.
Juárez dio muestras de su vocación liberal desde la invasión norteamericana, en la época de su “Alteza Serenísima”, Antonio López de Santa Anna, cuando perdimos más de la mitad de nuestro territorio. Oaxaca fue uno de los estados que más aportó a la lucha contra los invasores. Juárez predicaba con el ejemplo, pues antes de ser diputado, él mismo había cedido su sueldo como regente de la Corte de Justicia para donarlo todo al esfuerzo de la guerra en el norte.
Hay que admitir que, para algunos historiadores, Benito Juárez no encaja del todo en la cómoda categoría de héroe intocable. Le reprochan, con tono casi de fiscalía histórica, sus cercanías con el gobierno de Estados Unidos, como si en medio de invasiones, imperios y bancarrotas nacionales hubiera existido el lujo de elegir aliados perfectos. En ese juicio retrospectivo, su figura se vuelve incómoda: ni villano conveniente ni santo de altar, sino un político que, con pragmatismo quizá excesivo para los puristas, navegó en aguas donde la soberanía se defendía también con negociaciones incómodas.
Y luego está el otro señalamiento: su larga permanencia en el poder, esos 14 años que para algunos suenan a continuidad necesaria y para otros a tentación de eternidad. No falta quien sugiera, con un dejo de ironía histórica, que de no haber sido por la implacable angina de pecho que terminó con su vida, Juárez habría seguido gobernando, tal vez convencido de que aún quedaban reformas por consolidar o enemigos por contener. Así, entre críticas y reconocimientos, su figura permanece en ese punto incómodo donde los grandes personajes dejan de ser estatuas y vuelven a ser, inevitablemente, humanos.
Juárez no fue un gobernante de normalidad, fue un gobernante de crisis. Y en condiciones extraordinarias, se tienen que tomar decisiones complejas. A él le tocó vivir su tiempo en su exacta dimensión y hacer lo que le correspondía.
Y en esa historia, Guerrero –y particularmente Acapulco– no es un escenario menor.
En 1855, tras su exilio, Juárez llega al puerto de Acapulco en un momento decisivo.
Desde el exilio, mirando de lejos una patria herida, Benito Juárez decidió volver no como espectador, sino como parte de la tormenta. Llegó a Acapulco, no como héroe, sino como escribiente, como un hombre más entre los que creían que México aún podía levantarse. Y ahí, junto al general Juan Álvarez, en la entraña de la Revolución de Ayutla, empezó a cargar no solo papeles y decretos, sino el peso invisible de una nación que buscaba forma.
La llamada “Casona de Juárez”, en las inmediaciones del Fuerte de San Diego, más allá de la discusión historiográfica sobre su exactitud, representa algo más profundo: la presencia de Juárez en el sur, el punto donde el proyecto liberal tomó forma territorial. No es solo una anécdota local; es una pieza del rompecabezas nacional. Por eso, años después, el puerto adoptaría el nombre de Acapulco de Juárez. No como gesto decorativo, sino como reconocimiento político.
Acapulco no solo fue testigo del paso de Juárez; fue parte del proceso que hizo posible su ascenso.
La tentación de idealizarlo es grande. Pero más útil es entenderlo.
Juárez no fue perfecto. Fue necesario.
Y en esa necesidad –que también tocó las costas de Acapulco– se encuentra una de las raíces más profundas del México que hoy intentamos sostener.

Del anecdotario

¿Qué significa la frase “le hizo lo que el viento a Juárez”? Para algunos, significa la expresión de un monumento de Juárez en el Castillo de Chapultepec, donde la expresión del Benemérito no se inmuta.
Para otros, se trata de una leyenda: cuando el niño zapoteco se trasladaba en una canoa, fueron sorprendidos por un ventarrón y sus amigos tuvieron que salir nadando a la orilla del río; sin embargo, Juárez se mantuvo estoico, de pie, y ni siquiera se despeinó. Para algunos, esta es la versión más cercana, narrada por el historiador Fernando Benítez en su libro Un niño zapoteco.
En palabras llanas, “me hizo lo que el viento a Juárez” hoy es una expresión coloquial que se utiliza cuando alguien te quiere dañar o perjudicar y no lo consigue.
La política es así…