Adán Ramírez Serret
Enero 24, 2025
El nacimiento de la novela policiaca ha traído muchos beneficios a la humanidad. El primero, porque es brutal-mente entretenida y gracias a eso la vida es más feliz. Su estructura matemática y sus tiempos para desarrollar la trama ha des-lumbrado a grandes autores como Alfonso Reyes o Jorge Luis Borges, por tan sólo citar un par. También, con su desarrollo en la novela negra, el género policiaco dejó ver que los asesinos no son locos o seres extraños a una sociedad sino precisamente un producto de ella. Highsmith, Chandler o Hammet son la prueba de ello. El género policial se ha adaptado a lo que necesite el mundo combinando entreteni-miento –pues cuando este género está logrado no se lee, se devora– y también puede expresar aquello que sobrepasa a los noticieros y muchas veces se expresa tan sólo con números en la academia: los malestares de una sociedad expresados en una obra de arte.
Es el caso de la más reciente novela de Bernardo Esquinca (Guadalajara, 1972) La región crepuscular quien ya es desde hace varios años una referencia en el género del terror y policiaco en México y quien, con cada serie de relatos, saga de novelas o perfiles de asesinos va consolidando una obra cada vez más apasionante, capaz de generar lectores y lectoras a lo largo de todo México. Esquinca ya había hecho un perfil anterior sobre Juana Barraza, uno de los personajes más pintorescos de la nota roja en México, mejor conocida como la Mataviejitas; ahora vuelve para hablar del primer feminicida serial en México del que se tiene registro: Gregorio Cárdenas que es mejor conocido como el Goyo Cárdenas y que conmocionó a la sociedad mexicana y dejó una huella terrible del futuro que le esperaba a México y que hoy encarnamos.
La novela está contada a manera de bitácoras de los personajes –un velado homenaje a ese prodigio de novela que es Drácula de Bram Stoker–; narran en primera persona lo que vivieron. Está el detective quien va siguiendo dos casos a la vez, primero el de fetos encontrados en medio de parques, cañerías y baldíos de la ciudad y el arresto del feminicida Cárdenas y sus trampas y tribulaciones para fingir demencia una vez que está detenido. La novela es un cuadro de época: es el alemanismo de medio siglo en la Ciudad de México que está en pleno desarrollo, el momento de Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco en que los barrios crecen, la ciudad deja de ser eso para convertirse en un monstruo que lo devora todo. El mundo es más apacible, acaso se puede sentir nostalgia de esos días sin tanta contaminación y una economía funcional y sin narcotráfico. Pero la historia de Cárdenas y el género policiaco le da a Esquinca la posibilidad de expresar de manera certera, y por eso extremadamente dolorosa, que de ahí venimos, que esa violencia que nos devora, el machismo y la brutal misoginia ya estaban presentes y consolidadas en ese momento: las mujeres tienen que ir a lugares clandestinos a abortar, las empleadas domésticas sufren todos los abusos de manera explícita e impune, la violencia de género está al tope: se les exige a las mujeres ser madres, no deben trabajar y si lo hacen son objeto de burla y si descubren a un asesino, son olvidadas y su trabajo robado.
La región crepuscular es una novela en tonos ocres que recuerda Las muertas de Jorge Ibargüengoitia; en donde en medio de la sociedad mexicana, divertida, tragona y efusiva suceden los más terribles crímenes. Esta novela deja claro que el país es hermoso, la ciudad contundente y que hay allí una brutal misoginia que nos abraza y echa fuego en nuestra sociedad. Esquinca descubre, por terrible que parezca, que los feminicidas en muchos casos se alimentan del epicentro de esta sociedad. Y nosotros leemos, aprendemos y gozamos con el elixir de la pluma de Esquinca que nos da las felices pesadillas entre asesinos y fantasmas.
Bernardo Esquinca, La región crepuscular, Ciudad de México, Almadía, 2024. 186 páginas.