EL-SUR

Sábado 13 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Blancura: una reflexión anticlimática

Gibrán Ramírez Reyes

Marzo 14, 2018

Se dice por ahí que Tatiana Clouthier es lo mejor que pudo pasarle a la campaña de Andrés Manuel López Obrador. A juzgar por su desempeño en redes sociales, su conexión con un público habitualmente ajeno al lopezobradorismo, la identificación que han generado con ella muchos norteños –particularmente neoleoneses– y el ardor de más de una figura panista, enojada por el peso del apellido Clouthier, es cierto, y a mí me encanta. Pero es más interesante pensar las causas de la conexión o el carisma, aunque resulte antipático.
La coordinadora de campaña de López Obrador es desparpajada, expresiva, divertida, un personaje original. Sí, es todo eso, pero su éxito se debe también a la forma en que está estructurado nuestro espacio público. Por ejemplo, y más allá de sus chispazos indiscutibles, a Tatiana se le festejan palabras y formas que venidas de otros labios habrían sido condenables para muchos. Ya quisiera ver que, por ejemplo, a Irma Eréndira Sandoval, a Clara Brugada, quizá incluso a Luisa Alcalde o a cualquier otra mujer morena del lopezobradorismo, se le festejara tan espontáneamente haber dicho que resultaba “la más grande pendejada que haya escuchado” que, en caso de ganar, López Obrador convertiría a México en Venezuela.
Tengo la impresión de que, aunque muchos habríamos coincidido igual, pocos entre los campeones de la neutralidad la habrían bajado de soez, intolerante, vulgar, cosas por el estilo; y de que algún Krauze indignado habría salido a decir que hay que ver el nivel de una colaboradora del próximo presidente. Esto es, en cierta medida, porque somos un pueblo de piel oscura al que le gusta mirarse blanco en el espejo; eso, y la estética con que se le asocia, condiciona y significa los mismos actos de diferentes formas. Parte de la potencia de Clouthier como vocera depende de que no se le pueda descalificar del mismo modo que al lopezobradorista promedio –decirle morenaca, como dicen a muchos militantes, es, por ejemplo, casi impensable.
De la estructuración del espacio público no tiene la culpa Tatiana ni Morena. Bueno, Morena un poco, pero sólo por no oponerse con suficiencia a una inercia potentísima, de raíces coloniales –que además comparten todos los partidos. Así como, de acuerdo con el Inegi, las personas de tez más oscura suelen ser empleadas en actividades de baja calificación mientras los puestos de mando son ocupados por personas blancas; así como el color de la piel, con otras variables asociadas, condiciona de forma muy potente la movilidad social; así mismo, en la política suele suceder algo similar, aunque quizá por otros mecanismos.
No es una impresión mía, sino que hay prueba científica de ello. Adrián Santuario, varios lo recordarán, hace tiempo hizo un trabajo sobre el tono promedio del color de piel en las bancadas de la Cámara de Diputados. Y resultó que, siendo la composición del país la que es, algunos partidos tuvieron bancadas primordialmente blancas: el Verde, Encuentro Social, el PAN, Movimiento Ciudadano. Otros, más bien mezcladitas, siendo el PRD el partido de piel más oscura. Eso se explica quizá porque, como lo han establecido politólogos, el clientelismo tiende a ser democrático, permite la participación de gente común en la política y a menudo lo hace contra las élites ­­–y el PRD es fundamentalmente un partido de funcionamiento clientelar. Sería bastante deprimente, no obstante, que no hubiera alternativa entre elitismo y clientelismo como formas de determinación de la representación simbólica.
Seguramente un partido que quisiera reproducir en su representación política la composición de la población que hay en el país, incluidas las tonalidades de la piel, fracasaría llanamente. Primero, porque hay una vía elitista de acceso al poder dominada por personas que poseen capital social o capital a secas y usualmente son de piel blanca –de nuevo remito al Inegi–, y son ellas quienes en buena medida se hacen candidatas por su peso en el espacio público, por su fama, por sus relaciones –mientras que a otros, de todos los colores, les toca repartir volantes, hacer comités, talacha. Y por si fuera poco, hay un estudio que sugiere que la probabilidad de votar por alguien de quien no se tiene mucha información aumenta conforme su piel es más clara (lo escribió Rosario Aguilar, se llama Social and Political Consequences of Stereotypes Related to Racial Phenotypes in Mexico, es de 2011 y está disponible en el repositorio digital del CIDE). Por eso también, así como los productos se anuncian en publicidad con modelos mucho más claros que aquellos consumidores a quienes están dirigidos, los políticos y los partidos que conforman suelen allegarse blancura cuando hace falta. Basta ver los videos promocionales de las campañas para darse cuenta de que es así. Una excepción relativa fue la candidatura fallida de María de Jesús Patricio, Marichuy.
Siempre que se quiere ganar democráticamente hay que hacer cierto equilibrismo entre la aspiración utópica de transformación social y el estado de la sociedad tal como es –pues es ésta la que depositará los votos en las urnas. Se trata de realismo puro, duro y apestoso, pero necesario si no queremos ir por la vida de utopistas derrotados y contentos de tan congruentes. Hay, entonces, una tensión entre representación popular y representación de las élites que, casi irremediablemente, termina por incrementar el peso político de estas últimas, y entonces también su peso simbólico. Eso es evidente, pero tenemos que decirlo si no se quiere que, en esta tensión, la vocación de triunfo termine por llevarnos, con la liberación en la boca, a la pura reproducción de las inercias, estéticas y políticas, ora en la selección de candidatos, ora en la comunicación, ora en los votos.