EL-SUR

Viernes 21 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

¡Bombas contra escolares! Terror durante el desfile del 5 de mayo de 1920

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 06, 2023

La parada

El desfile cívico del 5 de Mayo de 1920, conmemorativo de la Batalla de Puebla, cubre un breve recorrido por las principales calles de Acapulco. Lo encabezan el Cabildo en pleno, así como los mandos militares y navales. Al frente marcha el alcalde don Juan H. Luz; embraza orgulloso el lábaro patrio.
Por entonces, todos los funcionarios públicos del puerto vestían traje riguroso, incluso en plena canícula. El mayor número usaba telas de algodón lino y buen dril en colores blanco, crema y caqui, si bien no faltaban quienes optaban por el negrísimo casimir inglés. Las camisas de seda, las corbatas chinas y los sombreros de fieltro y jipijapas procedían de la fayuca, necesariamente.
Por lo que hace a los contingentes escolares, los más disciplinados y gallardos pertenecían a las escuelas Miguel Hidalgo, para varones, e Ignacio M. Altamirano, para señoritas (Ya mixta, esta última seguirá siendo la mejor durante todo el siglo XX y más). Marcha al frente del contingente una mínima banda de guerra cuyos tambores enfatizan la marcha –un dos, un dos– con pasos muy cortos reafirmados con un deslizante pie derecho.

Los estallidos

Un primer estallido hace retumbar la tierra provocando la algarabía infantil creyéndolo parte de la celebración. Enseguida, uno similar provoca un largo eco procedente del cerro de Las Iguanas (barrio del Hospital), en cuya línea recta se localiza el Palacio Municipal por cuyo frente discurre el desfile. Un tercer disparo roza el tejado de la Casa Municipal .
–¡Son bombas de verdad!, ¡son bombas de verdad! –advierte a gritos un aterrorizado gendarme. ¡Corran, muchachillos corran, corran y métanse al palacio o la iglesia! (La Soledad). ¡Rápido, rápido, muchachillos, o no la cuentan! El los encabeza, por supuesto.
“Eran bombas las que cayeron cerca del desfile”, testimoniará más tarde el ex alcalde Jorge Joseph Piedra, pequeño actor de aquél drama. (En mi Viejo Acapulco).

Los artilleros

–¡Que pasa contigo, carajo!, eres bizco o dialtiro muy pendejo –reprende un superior al artillero del cañonero General Guerrero, nave desde la que se produce el bombardeo– ¡El blanco está en el cerro de La Pinzona y tú le estas tirando al cerro de Las Iguanas, diametralmente opuesto!… ¡Si serás pendejo!
–¡Perdón, mi teniente, pero es que me estorba el cerro! Y tenía razón.
El ataque sobre Acapulco se había iniciado cuando la nave cañonera navegaba paralela a la península de Las Playas, buscando la entrada a la bahía. La cruel acción tenía como objetivo silenciar las comunicaciones de la ciudad con el exterior. Básicamente la destrucción de la antena telegráfica, un vara altísima sostenida por cables, conocida simplemente como La Inalámbrica, localizada precisamente en el cerro de La Pinzona.
Muy de mañana de ese mismo 5 de Mayo habían entrado al puerto los mercantes San Basilio y Josefina, naves auxiliares del cañonero General Guerrero. Viajaban en ellos las tropas del general atoyaquense Silvestre Mariscal, a la reconquista de Acapulco.

El cañonero General Guerrero

El cañonero General Guerrero tenía en su haber acciones memorables al servicio del gobierno federal. Seis años atrás lo encontramos en aguas mazatlecas enfrentando ventajosamente al cañonero Tampico, que ha sido tomado por los revolucionarios al mando del joven teniente Hilario Rodríguez Malpica, veracruzano de 25 años. Lanza este un angustioso SOS al coronel Álvaro Obregón quien ordena de inmediato que uno de sus biplanos, Sonora, tripulado por el capitán Gustavo Salinas, vuele en su auxilio. La crónica:
“El capitán Salinas se elevó a una altura de 3 mil pies mar adentro hasta donde se encontraban el cañonero General Guerrero, arrojando sobre él racimos de granadas. Siembra el pánico entre los soldados enemigos y despierta una gran emoción entre los revolucionarios que presenciaron la hazaña”. ¿La primera batalla aeronaval de la historia? No obstante, el Tampico será finalmente inutilizado por el Guerrero, quedando a la deriva. La tripulación recibe la orden de abandonar la nave a la que se le han abierto las válvulas de fondo. Luego vendrá un desenlace con pinceladas de tragedia griega: el teniente Rodríguez Malpica desenfunda su pistola para llevarla a la boca y la disparar antes de ver a su nave tragada por el océano Pacífico. El calendario marcaba el 16 de junio de 1914”.
Ataque al puerto

El cañonero General Guerrero penetra aquél 5 de Mayo a la bahía de Acapulco y enfila sus baterías hacia los dos blancos ordenados por el general Mariscal: el fuerte de San Diego y el cerro de La Pinzona. Son tan malos los artilleros que algunas bombas no le atinan a la fortaleza pero sí impactan en la ciudad. El pánico se apoderada de los habitantes que huyen despavoridos. Madres angustiadas llaman a sus hijos con grandes voces, indagando los sitios donde se han refugiado los alumnos del desfile.
–¡Maldito Mariscal, mil veces maldito! ¿por qué nos haces esto, hijo de la gran puta? –fue el grito desgarrador de una mujer bajando en tropel, como muchas, de los cerros.
Las calles minutos antes repletas aplaudiendo a los contingentes del desfile lucirán vacías, impregnadas con el olor característico de la pólvora. Un mayor número de hombres, mujeres y niños se refugia en el Palacio Municipal y en la Parroquia de la Soledad. Allí, el padre Florentino Díaz ofrece, además de auxilios espirituales, atención a mujeres desfallecidas o presas de agudas crisis nerviosas.

Otro testimonio

El ex gobernador Alejandro Gómez Maganda, ofrece su testimonio: “El cañoneo naval dispersó a la gente más que de prisa, dando fin a la importante ceremonia cívica, todo ello entre la confusión de las fuerzas militares que tomaban dispositivos para resistir el desembarco” (Acapulco en mi vida y en mi tiempo).
El grito de “¡Maldito Mariscal, mil veces maldito!”, se repetirá aquél 5 de Mayo una y otra vez… ¡mil veces!
Mariscal, gobernador

Tres años atrás, el mismo Silvestre Mariscal compartía las funciones de gobernador de Guerrero y jefe de las Operaciones Militares de la entidad. Habiendo declarado a Acapulco como capital de la entidad, despachaba en una casona de la actual calle Felipe Valle. Allí mismo se reunirá el Congreso Constituyente de 1917 para promulgar la Constitución Política de Guerrero y entre cuyos firmantes figuraron los diputados acapulqueños Simón Funes y Ricardo Uruñuela.
Devuelto los poderes a Chilpancingo, Mariscal durará únicamente dos meses al frente del Ejecutivo. El presidente Carranza lo llama a Palacio Nacional para “arreglar asuntos urgentes”. No obstante tener a Mariscal entre sus consentidos, don Venus o el “Barbas de chivo” atenderá por primera vez las denuncias en su contra, presentadas por legisladores y personalidades de la entidad como Eduardo Neri, Adolfo Cienfuegos y Camus, Héctor López y Custodio Valverde.
Sucederá lo nunca esperado por Mariscal. Al llegar a la Ciudad de México acude a presentar sus respetos al ministro de Guerra y Marina y ahí mismo es arrestado bajo los cargos de abuso de autoridad, usurpación de mando e insubordinación. El atoyaquense encargará desde luego su defensa a varios abogados y entre ellos a su joven y bella esposa Eloísa García.

Mariscal, libre

Acosado por los matones de Carranza, Álvaro Obregón huye hacia Guerrero disfrazado de maquinista de ferrocarril. En tanto, Plutarco Elías Calles lanza el Plan de Agua Prieta desconociendo al presidente Carranza. Este, desesperado, no sólo ordena la libertad de Mariscal sino que lo nombra jefe de las Operaciones Militares de Guerrero. Confía en que su amplio conocimiento del terreno y su fuerte liderazgo social le permitirán acabar pronto con Obregón y sus muchos seguidores. Será el propio Primer Jefe quien ordene al capitán del cañonero General Guerrero, Hiram Hernández, conducir al profesor atoyaquense a la toma de Acapulco.

Nomás diez disparos

Advertido de tal amenaza, el jefe de la guarnición acapulqueña, coronel Antonio Martínez, había dispuesto la reparación de dos magníficas piezas de artillería Chaumont Mondragón, emplazadas en la fortaleza de San Diego. Un trabajo impecable del licenciado Crisóforo Cárdenas Salas y del teniente coronel retirado Miguel Velásquez, revelados como formidables artilleros.
Llegado el momento, 10 disparos de aquellas bocas relucientes bastarán para dejar fuera de combate al cañonero General Guerrero. El décimo le abrirá un boquete enorme sobre la línea de flotación obligándolo a huir humillado por dónde había llegado. Tras él irán los mercantes San Basilio y Josefina.

Ni pa’l arranque

La algarabía de los porteños al terminar aquella pesadilla, con mucho susto pero sin víctimas, no tendrá paralelo. El Zócalo se llena de música y los oficios religiosos en La Soledad lucen pletóricos como nunca.
–¡Ni para el arranque nos sirvieron esos hijos de la “chingoncha”!, –alardea Secundino, un viejo limosnero carente de ambos brazos agitando triunfal sus muñones. Le decían El menos dos y ocupaba la puerta principal de la parroquia de La Soledad.

El rescate

La fiesta se intensificará cuando se conozca el rescate de un grupo de jóvenes acapulqueños tomados como rehenes por Mariscal. Integraban la tripulación del barco guía de la Capitanía de Puerto. Ellos: Luis Mayani, Benjamín H. Luz, Juan Funes, Julio Vélez, José Díaz, Heraclio (Yaco) Bermúdez, Jesús García y Faustino Vélez.

Sesenta bombas

El recuento de los daños sufridos por la ciudad durante el bombardeo arroja cero víctimas y escasos los materiales. Eso sí: una gran peste a pólvora. Las mismas autoridades calcularán en 60 el número de impactos sobre la ciudad, afectando muchas techumbres de teja. Se encomiará la reacción inmediata y valiente de la población ante la artera agresión: hombres, mujeres y niños.

¡Bueno, bueno!

Huyendo a bordo del General Guerrero, a la altura de Pie de la Cuesta, Silvestre Mariscal logrará comunicación hasta Chilpancingo con Álvaro Obregón. Lo hará para ponerse ¡“a sus órdenes, mi general, para lo que usted disponga y mande!”. Señal que la Inalámbrica seguía de pie, no así el honor y la dignidad de la canalla.