EL-SUR

Sábado 13 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

Buscamos cómplices

Federico Vite

Febrero 28, 2017

George Pelecanos es un escritor estadunidense mundialmente conocido porque formó parte del equipo de guionistas de la serie televisiva The wire, pero antes de haber trabajo para HBO, Pelecanos ya daba de que hablar con sus primeras cuatro novelas: A firing offense (1992), Nick’s trip (1993), Shoe dog (1994) y Down by the river where the dead men go (1995), pero Drama city (Traducción Cristina Martín Sanz. España, Ediciones B, 2008, 327 páginas) llama la atención porque hay una variante en el entramado, fusiona el drama y el punch de la novela policiaca; trabaja una proposición distinta a la de Manuel Puig, el autor de La traición de Rita Hayworth.
En Drama city descubrimos la potencia del rencor social y la incapacidad de abandonar un mundo plagado por las drogas y por las armas. Estos hilos del relato tensarán constantemente al protagonista de esta historia: Lorenzo Brown. Pero en este libro, la fiereza tarda en llegar. El autor no tiene prisa. Traza con cuidado el paisaje, los personajes y el conflicto. No hay prisa, insisto, el autor cree firmemente en la exploración del bien y el mal que realiza; se agradece que no caiga en manierismos, que no se apoye en lugares comunes, sino que simple y sencillamente cuente cómo un chico malo, recién salido de prisión, vuelve al barrio y batalla diariamente por mantenerse a raya, lejos de los problemas. El suspenso del relato se fundamenta en saber cuándo ocurrirá la recaída, cuándo se consumará el error trágico del protagonista.
Lorenzo Brown estuvo en la cárcel por tráfico de drogas. Encuentra trabajo como policía de perros; es decir, vigila que los canes estén en buen estado y en un hábitat idóneo, sin abusos ni explotación de parte de los dueños. Adopta una cachorrita que salva de la perrera, asiste a charlas de Alcohólicos Anónimos, se acostumbra pues a su nueva vida. Debe trabajar en las zonas más peligrosas de su barrio e intenta no meterse en problemas, busca a toda costa mantenerse limpio para que su agente de libertad condicional, Rachel López, crea en el proceso de rehabilitación y relaje las inspecciones.
Una mañana cualquiera, Lorenzo encara a un tipo que maltrata brutalmente a un perro y al sentir la adrenalina, por la inminencia del combate, se revela una de las claves de la novela. “Habló con una voz diferente, como si no recordara que a él también le pertenecían las ofensas y las amenazas, el gruñido de un animal domesticado a punto de liberarse. Soltó el primero de los golpes. Se sintió vivo, en perfectas condiciones”, señala Pelecanos para indicar la pulsión latente por la violencia, la necesidad de confrontarse con alguien, no importa el motivo. Lo atractivo es que después de esta sacudida, tanto para el protagonista como para el lector, la novela cambia de ritmo, como si el espíritu del relato recibiera una descarga eléctrica, un golpeteo en la malla de la trama. Desde ese momento, a 100 páginas del inicio, los hilos del relato conectan y la furia acumulada por los personajes estalla. Pelecanos preparó el escenario para que un pleito de barrio pusiera en marcha un mecanismo de la novela y lejos de llevar la historia por rumbos melodramáticos ocurre la epifanía en el personaje, se reconoce y, como es evidente, modifica su conducta para estar más a tono consigo mismo. Recupera la mariguana, visita a los amigos del pasado (yonkis, dealers, gánsters) y piensa que si no fuera por el amor que tiene por su abuela, y el anhelo de ver crecer a su hija, daría con firmeza el siguiente paso: volver al hampa.
El título realmente muestra lo que es esa ciudad, Drama city, familias tristes, mujeres y hombres adictos, mártires y bribones, definidos por la inercia del mal que practican o combaten, pero sin exacerbar las emociones; justamente en eso radica el oficio del autor, en contener lo que sería un drama, sentimental y lacrimógeno, y modificar el cuerpo del relato a raíz de un hecho que, colocado en el momento exacto, transforma el tono y pone en marcha los engranes que muestran el ámbito salvaje y policiaco de esta historia, no sólo la disputa sentimental por el bien común sino el arrastre hacia el lado oscuro del alma.
Antes de publicar su primera novela, A firing offense, Pelecanos trabajó como mesero, cocinero, lavaplatos, vendedor de zapatos, entre otros empleos que le ayudaron a entender los motivos por los que algunas personas prefieren el sendero de la vida criminal, comentó una de las conferencias que dio en la Universidad de Georgetown, en Estados Unidos, en 2012. También contó que recorría su barrio (Pelecanos es de ascendencia griega) y pensaba en la cantidad de homicidios, de robos que ocurrían diariamente; pero sobre todo, pensaba en las batallas que la gente va librando día con día por no equivocarse, por no caer en el error trágico.
La pieza que detona todo el cambio de vía en la novela es Rachel López, la oficial que vigila el comportamiento de Lorenzo, es más, lo anima a que se aferre a la posibilidad de vivir retirado de los vicios y de las armas. Ella tiene problemas con el alcohol, cree que puede con ello, pero en cuanto decide comportarse con carácter y seguir estrictamente los lineamientos de una vida virtuosa: un tercer personaje dará el giro definitivo a la trama.
Drama city no busca la estridencia, tiene un gran engranaje, nada le sobra, bordea el melodrama y bucea en las honduras de la novela policiaca, fusiona los géneros para mostrar con precisión los bordes tormentosos de un personaje y sugiere la posibilidad de un cambio benéfico en el destino de los tipos rudos. No creo que la resolución de este libro sea la más original, pero sé que es la única que recobra el orden natural de una estructura que coquetea con el melodrama y con el género policial. Lo más atractivo es que el libro no busca un lector sino un cómplice. Que tengan un primaveral martes.