EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Campañas que humillan

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 23, 2018

Como actitud, el desprecio tiene expresiones colectivas y sociales. Y llega a tener aún expresiones institucionales y hasta estructurales. Las campañas electorales que se están desarrollando ahora incluyen el desprecio como parte de la estrategia política que los partidos y sus candidatos están impulsando para ganar votos. Para esto tienen que hacerlo mediante el desprecio encubierto, que ha resultado altamente eficaz en el pasado. Y le apuestan al desprecio y a la humillación de los votantes.
El desprecio encubierto a la dignidad de las personas, sobre todo de los pobres, ha sido parte de la estrategia política que lucra con la pobreza. Los ciudadanos no importan, importan sus votos. Y si para obtener esos votos es necesario humillarlos, hay diversas formas de hacerlo. No existe una ética política que sirva de criterio para discernir lo que se vale y lo que no se vale hacer para conseguir votantes. El criterio único y absoluto es el poder que se busca conseguir o mantener. Todo se vale.
Y, ¡vaya si hay mucha creatividad para encontrar formas de desprecio! Hay algunas muy conocidas que han hecho mucho daño a la democracia y a la misma actividad política. La compra descarada de votos, los acarreos, la manipulación de la información, la propagación de mentiras y de noticias falsas, el reparto de bienes y de servicios de primera necesidad y la propagación del miedo son algunas de esas formas.
A la persona se le pone un precio, así como los secuestradores ponen precio a su presa. Al fin, los partidos cuentan con un altísimo presupuesto que les alcanza para realizar un verdadero bandidaje electoral. El dinero de los contribuyentes es utilizado para humillar a los electores, que resultan ser los mismos. Y si a eso añadimos la práctica de los gobiernos que se dedican a administrar la pobreza de acuerdo a los interese políticos de los grupos de poder. El lucro político está presente en toda esa maraña del supuesto desarrollo social que se promueve desde el poder.
¿Qué puede esperarse de un partido político y de un candidato que acceden al poder mediante este bandidaje electoral que se sustentó en la humillación y el desprecio de los electores y abusando de circunstancias que los hacían vulnerables a las dádivas venenosas, a las promesas que muy pronto se evaporan y a la incertidumbre de los pobres y desprotegidos?
Lo que puede esperarse es exactamente lo que durante sexenios ha recibido el pueblo: desprecio y abandono. Nada bueno puede esperarse de los salteadores que despojan a la gente de la verdad y de la esperanza, de los que organizan la humillación colectiva de los pueblos y se valen de su ignorancia y de su postración.
Estas campañas podridas que reparten mentiras, pregonan promesas, polarizan pueblos, difunden odios, ponen precio a los ciudadanos, hacen trizas los derechos a la verdad, a la justicia, al desarrollo y la democracia, sólo transmiten desprecio a los votantes. Carecen del sentido de la dignidad humana, que es el valor fundamental de cualquier democracia y de cualquier civilización. Este tipo de campañas no generan ni fortalecen la democracia. Sólo son una escaramuza entre bandidos que pelean su presa, quienes ya se han robado la dignidad de la gente y se preparan para robarse su esperanza y su futuro. Si democracia queremos, se requieren campañas electorales dignas, sustentadas en la dignidad de las personas y de los pueblos, acompañadas de un profundo respeto, sobre todo, hacia los sectores más vulnerables.