Ángel Aguirre Rivero
Octubre 17, 2025
En la historia de México hay hombres cuya infancia no fue un preludio, sino un presagio. Lázaro Cárdenas del Río, nacido en Jiquilpan, Michoacán, el 21 de mayo de 1895, fue uno de ellos.
En los patios polvorientos de su pueblo, donde la pobreza se mezclaba con la dignidad de los oficios, aprendió que la justicia no era una idea abstracta, sino el pan que faltaba en la mesa y el abrigo que no llegaba al invierno.
Su padre, Dámaso Cárdenas, comerciante modesto, y su madre, Felícitas del Río, mujer fuerte y silenciosa, le inculcaron el valor del trabajo y la humildad del deber cumplido. A los catorce años ya trabajaba en las oficinas de rentas, y más tarde, en la imprenta de La Económica, donde descubrió el poder de la palabra escrita. Fue ahí, entre pliegos de tinta y tipos de plomo, donde se sembró en su espíritu la semilla de la educación como fuerza emancipadora.
Era la última etapa del Porfiriato, y México dolía. En los pueblos como Jiquilpan, los caciques imponían su voluntad y el hambre se confundía con el destino. Aquel joven que soñaba con letras y fusiles creció mirando la desigualdad como una enfermedad moral. Cuando su padre vio mermada su salud, Lázaro asumió la responsabilidad de su familia. Aprendió a mandar obedeciendo, a dirigir sirviendo. De esa escuela doméstica –de barro, deber y silencio– surgiría el temple que lo acompañaría hasta la Presidencia.
La Revolución lo llamó siendo apenas un adolescente. En 1913, bajo las órdenes del general Guillermo García Aragón, Cárdenas partió en campaña y cruzó las montañas del sur hasta el estado de Guerrero.
Aquella travesía militar, documentada en su hoja de servicios –del 20 de julio al 24 de octubre de 1913– fue más que una campaña: fue su primer encuentro con el México profundo. Atravesó la Tierra Caliente, donde el río Balsas muerde la tierra árida y los campesinos miran al sol con resignación. Vio la pobreza campesina, la dureza de la montaña, el abandono secular del sur. Guerrero no fue entonces una misión bélica, sino una revelación. Allí conoció la orografía de la injusticia y el coraje de los pueblos que sobreviven sin rendirse.
En Guerrero, el joven militar aprendió lo que ningún aula podía enseñar: que el Estado debía llegar donde no había esperanza.
Por eso, cuando el general Cárdenas llegó a la Presidencia (1934-1940), su proyecto no se limitó a gobernar: buscó redimir. La modestia de su infancia se volvió su ética; la disciplina, su método; la empatía campesina, su causa. Gobernó como quien sabe lo que pesa la necesidad, con la mirada del niño que alguna vez trabajó para sostener a los suyos. Su austeridad no fue una pose republicana, sino una forma de memoria: recordaba de dónde venía.
Yo, que también he recorrido Guerrero desde la Montaña hasta la Costa, entiendo esa mirada. Cárdenas no sólo caminó nuestro territorio: lo comprendió. Tal vez por eso, décadas después, sus políticas agrarias y educativas tocaron con justicia a las comunidades del sur. Cuando uno conoce la pobreza de cerca, ya no puede mirar al poder con frivolidad. Lo dijo alguna vez el propio general: “El poder sólo tiene sentido cuando se ejerce para servir”.
Por eso, su legado sigue vivo: porque fue forjado no en los salones del privilegio, sino en el polvo de los caminos donde México aprendió a ser pueblo.
Del anecdotario
Del anecdotario político de Antonio Lomelí Garduño, rescato este episodio del general Cárdenas en la Presidencia:
Siendo presidente de la República don Lázaro Cárdenas, gustaba de ostentar lo mismo su resistencia física que su predilección por los humildes.
Alguna vez citó a un joven ingeniero que pretendía presentarle un invento. Este llegó al filo de las ocho de la mañana, cuando se le había prevenido que estuviera a la hora del desayuno.
Cuál sería su sorpresa al encontrar al Presidente disponiéndose a salir a una gira, pues el desayuno había tenido lugar a las siete de la mañana.
Luego de visitar diversos pueblos y comarcas, cerca de la media tarde el presidente ordenó a un ayudante:
–Vete a buscar algo de comer y trae suficientes refrescos.
El sol era ardiente y apenas aquella sombra resultaba un consuelo. Pero hasta allí continuaban llegando comisiones de gente campesina.
Pronto regresó el ayudante, sudoroso, trayendo una caja de cartón con tres latas de sardina, dos enormes piezas de pan y media docena de refrescos a medio enfriar.
Los ojos del ingeniero, quien no había desayunado, se le salían de las órbitas y ya se imaginaba engullendo un par de sardinas y un refresco.
Al tiempo, una comisión de ocho o diez indígenas muy harapientos hizo su aparición con gran humildad.
–Acérquense, muchachos –les dijo el general Cárdenas.
–¿Comieron ya?
–No, siñor general –fue la respuesta.
–Bien, entonces llévense esto que aquí tenemos. Nosotros regresaremos a comer a nuestras casas –dijo el Presidente. Y después de ordenar que se les diera algún dinero, dispuso el regreso hacia los automóviles, que habían quedado a tres kilómetros de distancia.
Molesto, nuestro ingeniero hubiera deseado masticarse los planos de su proyecto. Por eso, cuando se hizo el regreso a la ciudad, estuvo a punto de estallar a la hora en que el Presidente le dijo:
–Véngase mañana temprano, ingeniero, y estudiaremos el proyecto ese…
La política es así…
Fuentes consultadas:
-Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México (INEHRM)-Lázaro Cárde-nas: biografía y hoja de servicios militares (1913).
-Biblioteca Nacional de Antropología e Historia (BNAH-INAH)-Archivo Personal del General Lázaro Cárdenas.
-Memoria Política de México-Biografía de Lázaro Cárdenas del Río.
-Nexos / Ricardo Pérez Montfort-Lázaro Cárdenas: el hombre detrás del mito.
-Gobierno de México / Enciclopedia Británica-Semblanza biográfica oficial.