EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Cazadores de especies

Octavio Klimek Alcaraz

Junio 29, 2019

 

La historia de los descubrimientos del mundo natural tiene su etapa más romántica y heroica desde mediados del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX. Esa etapa es desarrollada en el libro Cazadores de especies. Héroes, locos y la delirante búsqueda de la vida sobre la Tierra, del divulgador estadunidense Richard Conniff (FC, 2016).
En 24 capítulos, Conniff va narrando un conjunto de historia sobre los naturalistas que durante esa época colonial contribuyeron al descubrimiento y clasificación de nuevas especies.
Nuestro año de partida de esa época es 1735, cuando el botánico y médico sueco Carlos Linneo propone un sistema integral para identificar y clasificar especies. Linneo ideó por primera vez una pirámide de categorías, incluyendo reino, clase, orden, género y especie, en las que todas las formas de vida podrían encajar. Ese avance de tratar de ordenar las relaciones entre las especies, así como identificarlas en una nomenclatura fue un avance clave para comprender la vida en la tierra. Linneo logró que sus discípulos fueran enviados en viajes comerciales y de exploración a todas partes del mundo. Fue una época heroica de 19 alumnos de Linneo que emprendieron viajes de exploración en el extranjero murieron por lo menos nueve en esa encomienda. Quizás su alumno más famoso sea Daniel Solander, el naturalista sueco de a bordo durante el primer viaje alrededor del mundo del capitán James Cook, y quien trajo a Europa las primeras colecciones de plantas de Australia y del Pacífico Sur. Solander trabajó en la organización de las colecciones del Museo Británico, con lo que contribuyó a propagar el sistema de Linneo en el mundo.
Linneo enlista en la edición de 1758 de su Systema naturae 4 mil 400 especies animales conocidas, para fines del siglo XIX gracias a los viajes de exploración este número había crecido 100 veces más, a 415 mil 600 especies animales. A la fecha, la Enciclopedia de la Vida (EOL, por sus siglas en inglés), propuesta por el gran biólogo E. O. Wilson, calcula que se han descubierto 1.9 millones de especies. Aunque se cree que podrían existir tantas como 8.7 millones de especies vivas o más. Asimismo, se sabe que el 99 por ciento de todas las especies que han existido alguna vez en toda la historia de la tierra están extintas. Lo más grave es que se estima que en la actualidad existen un millón de especies en riesgo, muchas de ellas apenas descritas.
Regresando al libro, en medio de historias de aventuras que abarcan todo el mundo, Conniff narra un cambio histórico dramático, ya que esos naturalistas hicieron del descubrimiento y colecta de especies uno de los episodios más trascendentes de ese pasado colonial. Él comunica sobre los valientes hombres y algunas mujeres que fueron a los confines de la Tierra en busca de nuevas formas de vida. A lo largo del libro se van narrando episodios de expediciones europeas, así como de estadunidenses en tierras entonces ignotas y lejanas ubicadas en África, América del Sur y Australia y las propias tierras no exploradas por el hombre blanco de Norteamérica. En aquel entonces se hablaba de exploradores o de naturalistas. La denominación de biólogo no existía. Surgen historias de grandes naturalistas como Carlos Linneo, Georges-Louis Buffon, Joseph Banks, Alexander von Humboldt, Alfred Russel Wallace, Charles Darwin, Georges Cuvier o John James Audubon, que exploraron los rincones más peligrosos del planeta para descubrir nuevas formas de vida. Todos ellos cambiaron nuestra forma de ver el mundo. Todos ellos están nombrados en los muros de los museos de historia natural.
Esa es la era de “descubrimientos”, en la que un nuevo tipo de naturalista viajó por el mundo en busca de formas de vida previamente no identificadas, las recolectó y clasificó. Conniff reconoce que “descubrimiento” no necesariamente es el término exacto, ya que las poblaciones locales conocían esas especies desde tiempos ancestrales. Sin embargo, al recolectarlas y clasificarlas en una nomenclatura científica permitió que esa conocimiento estuviera disponible en todo el mundo, pero especialmente en la Europa colonial. De hecho, en muchos casos, al conocer el uso tradicional de especies, se dio lo que ahora conocemos como biopiratería, en especial en especies vegetales.
Pero convenir cómo nombrar esta acumulación de especies recién descubiertas no fue el único desafío que enfrentaron los naturalistas. Era difícil almacenar representantes de cada especie como materiales de referencia. Las colecciones de animales vivos eran difíciles de mantener e incluso los animales muertos eran de corta duración: cada espécimen montado duró solo tres o cuatro años antes de que finalmente sucumbiera a la descomposición. Sin embargo, el descubrimiento de las propiedades conservantes del arsénico (generalmente en forma de jabón arsénico) por el boticario y naturalista francés Jean-Baptiste Bécoeur a fines del siglo XVIII, provocó una revolución en la taxidermia. “Por primera vez, la idea de un espécimen tipo como un comprobante ligado permanentemente a la descripción original de una especie se volvió una realidad práctica que ayudaría a normalizar la nomenclatura y clasificación. La taxidermia también hizo posible que se construyeran las grandes colecciones que los naturalistas necesitaban para entender el mundo… Los pensadores de la biología, entre ellos Charles Darwin y Alfred Russel Wallace, ahora podían concentrarse en cómo variaban las especies y cómo estas variaciones reflejaban la distribución geográfica y, por lo tanto su evolución” ( p. 170).
Los naturalistas de los siglos XVIII y XIX en el centro de este libro eran de manera frecuente arrogantes buscadores de aventuras, pícaros, héroes, muchos hasta racistas, deseosos del reconocimiento que se tenía al poner sus nombres en especies que no habían sido descubiertas anteriormente. Pero a pesar de que rara vez fueron impulsados por un deseo puro de promover la ciencia, muchos de ellos estaban muy interesados en hacer las cosas bien y en entender cómo las especies encajaban en la naturaleza. En esos tiempos pasados no sólo había que ser un sabio conocedor de la ciencia natural de su tiempo, sino también ser capaz de luchar por sobrevivir en ambientes hostiles. En la actualidad ir a buscar nuevas especies no tiene nada que ver, en cuestión de horas puedes llegar al fin del mundo con toda la protección que esto conlleva. Así, que este libro sirve para recordarnos eso, las historias contadas son más que suficientes para que este libro valga la pena leerlo.