Adán Ramírez Serret
Julio 24, 2026
La lectura como buena pasión suele relacionarse con los fetiches, con momentos definitivos en donde la vida da un vuelco y lo que antes era parte del mundo se convierte en una obsesión. Así, una amiga, buscando de manera alfabética en una librería dio con el nombre de Jorge Luis Borges y se hizo ferviente admiradora, al grado de ser un centro de su vida este autor amante de laberintos y eternidades.
Por mi parte, por ahora confesar una obsesión recuerdo bien nítido el momento en que me hice aficionado u obsesivo o apasionado o loco por la lectura.
Fue una de esas mañanas cuando el mundo comienza a ser más amable y en esos días horribles de la adolescencia se ve una luz pequeñísima al fondo del túnel. Perdía el tiempo como buen adolescente. Escuchaba discos, miraba enciclopedias y pensaba en las chicas que me gustaban cuando todo esto dejó de ser suficiente, hubo un clic en mi cerebro que de un momento a otro comenzó a necesitar algo más; un nuevo estímulo que era una especie de sed, una especie de deseo intenso.
Algo sensual, sí, pero sobre todo desconocido y por lo tanto imprescindible. Con un halo inmenso de misterio y magia. Entonces, por la suerte inmensa que en mi casa hubiera libros me comencé a perder en el universo de unos pequeños libreros que estaban en la sala en un desorden absoluto.
Así, sin la menor idea de nada, cayó en mis manos El bello verano, de Cesare Pavese (Santo Stefano Belbo, 9 de septiembre de 1908-Turin, 27 de agosto de 1950) de quien yo no sabía absolutamente nada, pero cuya novela me atrapó en el instante con la sensacción de estar haciendo lo más hermoso que se pudiera hacer, la razón por la cual venir a este mundo.
Se trata de la historia de una joven que esta descubriendo el mundo, Gina, en los años cuarenta durante el Turín de la posguerra. Las cosas no son para nada fáciles, pero en la novela ya asoman algunos puntos que seran la piedra de toque de la literatura moderna.
Lo cual yo no lo sabía ni remotamente por esos días. Mentiría si dijera que fue exactamente lo que resultó fascinante de la novela. De manera intelectual, si esto quiere decir algo, creo que me gustó mucho la ambigüedad, que no fuera del todo claro de que se trataba la novela. Porque la historia es un descubrimento de la vida: de la fraternidad, del amor y de la vida adulta; pero no pasa mucho. Al menos en la trama, en donde sí que sucede es en el personaje. En donde hay unos cambios brutales en cuanto a su perspectiva, a su modo de entederse a sí misma, a su modo de describir su mundo.
Y he pensado en todo esto en esta ultima semana porque la Feria del Libro de Guadalajara tiene como invitado este año 2026 a Italia. El cual, de manera súper generosa, acaso divina, tuvo la gentileza de invitarnos a un grupo de periodistas a Italia para conocer sus inmensos y bellisimos lugares con los que todos soñamos, pero también aquellos que no conocemos tanto, como su deslumbrante tecnología automotriz o los proyectos que tienen con la NASA en donde diseñan satélites con una tecnología de los más altos vuelos.
Y entre todas estas alegrías de la vida sucedió que estuve en Turín en días recientes y recordé a Pavese, porque nació en un pueblo cercano y porque decidio irse de este mundo en esta ciudad, en donde aún se pueden recorrer las calles por donde él anduvo en una de las ciudades mas europeas de Italia, cerca de Francia y Suiza y en la cual se consolidó el Estado Italiano actual.
En estos días, pues, he traído en la mente El bello verano, su inolvidable impronta que se ha vuelto más profunda y hermosa recorriendo las calles de Turín, pensando en ese contundente oxímoron en donde el verano es bello de manera literal y de manera irónica.
Todo esto con la bellísima sensación en el corazón de esperar a Italia en la siguiente FIL de Guadalajara el próximo noviembre. En donde vendrán con todo: de san Francisco de Asis a Pinochio.
Cesare Pavese, El bello verano, Madrid, Catedra, 2003. 168 paginas.