EL-SUR

Miércoles 01 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Charlas breves sobre el columnismo mexicano

Alan Valdez

Agosto 30, 2025

Vida y muerte le han
faltado a mi vida.
De esa indigencia,
mi laborioso amor por estas minucias.
J. L. B.

I

Las escamas y el lomo del cuchillo se intercalan en el aire. Las lentejuelas del bailarín rojo queman su último brillo antes de caer sobre los otros restos de basura. El vendedor sortea navaja, piedra de afilar y huachinango. La música del comerciante sigue. El bailarín se va quedando sin traje. El día atraviesa las lonas que cubren el largo pasillo del mercado central de Acapulco.
Compramos 3 por 100.
Mi abuela duda de la oferta, pero el pescador es buen pregonero y hasta pilón nos ha echado.
3 mojarras y un jurel.
Pásele güerita, ándele mi jefita, qué le damos, tres por cien, mi jefa chula, tres por cien mi madrecita santa, ándele que se nos van nadando.
Yo cargo las dos morralillas.
El hombre se toma el permiso de abrir una de ellas y acomodar entre el kilo de jitomate y un manojo de cilantro, el bulto de pescados envuelto en papel periódico.
El periódico se humedece.
Es la primera plana.
Mi abuela saca el monedero de entre su vestido y el brasier.
Paga con un billetito exacto.
Regresa el monedero a su lugar a la vez que se acomoda el cabello y el vestido.
La noticia dice así:
Pleito a machetazos y conflicto en torno a La Parota.

II

Cada vez que mi madre recorre el peine en la cabeza de Carlos, el gel se acumula en los dientes del peine.
Mi hermano se queja. Su cabello parece tapizado en hule.
Mi madre se mira orgullosa y lo confirma en la contundencia que tiene para acomodarle el último botón de la camicita.
Tal disciplina no puede ser ofendida, así que, por estarme riendo de mi hermano, me mandan a meter a los perros y revisar que todas las cortinas de la casa estén cerradas antes de irnos.
Con dos ganchos para ropa agarro los pliegues de tela que cubren el hueco de la ventana más grande del cuarto.
En la bahía los barcos dejan un rastro de sal y un paracaidista es jalado por una lancha sin un propósito definido.
Me entretengo husmeando en esa otra vida hasta que mi madre.
Aaaalan, ámonos niño, que ya se nos hizo tarde.
Yo creo que ya estoy algo grande para una fiesta así, pero la promesa de los dulces y tronar cohetes en la calle cerrada sigue sonando coqueta.
Bajamos con cuidado el cerro. Mi madre nos hace prestar atención para no acabar ensuciándonos las ropas con el lodo que se ha formado con la lluvia de anoche.
Yo me ensucio, pero escondo la bastilla en un doblez dudoso.
Funciona.
Mi hermano, va, le da el regalo a su compañera, los niños se abrazan y los adultos aplauden.
Pasa un rato. Señores, tinas de aluminio con cerveza y refrescos de color naranja para los niños.
La piñata.
El niño ciego, y las varias vueltas para que pierda el tino.
No lo pierde.
El personaje animado es abierto de dos escobazos. Suelta jícamas y dulces. Yo obtengo la preciada pata y los otros me persiguen para despojarme de mi hallazgo.
Gano.
Me pongo la pata y presumo mi nueva anatomía de cartón y papel china.
Ante la sospecha de algunos dulces desperdigados sin reclamar, inicio una nueva búsqueda entre sandalias, zapatos deportivos y personajes descalzos. Todos, por razones quizá similares, mueven los pies al ritmo de algo. Lo único que encuentro sobre el suelo son pedazos de periódico. Piel recién magullada de la piñata combinada con papeles de colores.
Suerte.
Una bolsa intacta de tamarindos enchilados debajo de una noticia.
¡Adiós al Vocho! Sale de Puebla el último ejemplar del auto más querido de México.

III

Estamos en el Walmart. Ya fuimos advertidos desde antes de salir de casa. Vamos sólo por pintura. No juguetes. No dulces. Que no vamos a comer en Mc Donald´s. Que no, nada. Mis hermanos y yo aún así encontramos maneras de escabullirnos de tanta restricción y empezamos a correr entre los pasillos aventándonos pelotas y juguetes de playa.
Mi padre, con una mano en la cintura y el ceño fruncido, se inclina en uno de los anaqueles y algo lee en una cubeta de 20 litros. Se aprueba a sí mismo el precio y continúa ahora con su siguiente verificación en el lector de código de barras. Mi madre reniega de nosotros tres y nosotros tres corremos alrededor de ella como si fuera un árbol donde los animalitos se están persiguiendo la cola.
Mi padre habla con un señor de chaleco azul, pantalón negro. Mi madre le mide por encima una playera a uno de mis hermanos. La cuelga en el manubrio del carrito.
En la caja los empaques coloridos susurran hermosas canciones. Así que, tocamos uno tras otro como queriendo probar su contenido con la simple lengua que tenemos en la punta de nuestros pequeños dedos.
Conseguimos unos chicles.
Al carrito no lo podemos acercar a la banqueta para tomar el taxi. Mi madre se acerca hacia la calle para hacer la parada. Yo voy con ella. Cuánto nos cobra hasta Praderas de Costa Azul, de la terminal de camiones a la derecha.
Pasan dos taxis más. Por fin se detiene uno que responde como mi madre quiere. Y en el interior de un vocho blanco con fascias azules acomodamos dos cubetas de pintura para exteriores, tres niños, unos esposos y una bolsa de plástico con una playerita con todo y gancho.
Al llegar a casa, después de preparar la pintura, mi padre y mi madre pegan periódicos por todo el suelo. Nosotros jugamos a ayudarlos.
La pintura blanca crece transparente en el muro de block. Mis padres beben cerveza y vuelven a repasar rodillo y brocha. Las gotas van llenando de encorvados signos blancos los signos negros del periódico.
La noche aún no llega, pero desde allá, de aquella parte de la bahía, ya se avisan nubes gordas, gordas.
Mi madre se apura a meter unas sábanas blancas. Los perros corren de un lado a otro de la azotea persiguiendo con sus ladridos el poco sol que no se ha ido.
Nos sentamos a la orilla de las gradas a ver la lluvia.
Vicente Fox ganó hace unas semanas las elecciones. Su rostro y el logo del Partido Acción Nacional a blanco y negro detrás de él comienzan a distorsionarse con la humedad de las últimas aguas de julio.
Nosotros, por mientras, y que la lluvia termine para seguir pintando la casa.

IV

Ella no habla español y yo no hablo alemán. Ninguno de los dos sabemos inglés. Nos comunicamos haciendo dibujos en la arena a las afueras del Hotel Elcano. Yo ya no voy a la escuela. Ella está de vacaciones en Acapulco. Yo paso las tardes caminando junto al mar. Ella se llama Tanja.
La primera vez que hablamos, de regreso a casa, voy a la biblioteca de mi padre y hojeo uno de los seis volúmenes gordos de una enciclopedia por entregas, comprada a 24 pagos años atrás.
Ahí, de manera sistemática y encerrada, se explica la gramática alemana. Transcribo en un papel y al día siguiente vuelvo al mismo sitio.
Resolvemos varias cosas: por ejemplo, que viene de Düsseldorf, por ejemplo, que es maestra de kínder, por ejemplo, que en realidad nació en Rusia. Y por último, que solo estará tres días más.
Estamos horas mirando a la gente que pasa y concluimos que es más fácil decirnos con el movimiento de las manos. Yo dejé de ir a la preparatoria. Ella tiene dos hijos.
Me enseña fotos que trae en su cartera. Simula el movimiento del río Rinn, y yo trato de decirle que mi casa está en ese cerro que se mira desde aquí. Caminamos por la playa. A veces, las olas se detienen más en sus pies que en los míos y, a veces, pasa lo contrario.
La última tarde, de alguna forma, yo entiendo que quiere ir a comprar un sol y una luna de barro.
De alguna manera acordamos vernos la mañana antes de que se vaya.
Escribo con ayuda de la enciclopedia roja una nota de despedida. Desde mi casa, antes de salir a despedirme, veo los cerros y luego también el mar que se ve azul como de costumbre, pero también un poco lo contrario.
Al llegar a la Costera me detengo en un puesto de periódicos. El titular de ese día es Comando armado ataca comandancias en Renacimiento y Zapata; al menos siete muertos en Acapulco. Decido no regalar nada.
Tanja me da una carta. Tiene su email.
Avanza por la arena hasta llegar a la terraza del hotel y se voltea una vez más ondeando su mano. Yo hago lo mismo.
Cuando ya no la alcanzo a distinguir entre los otros huéspedes, después de atravesar la alberca, sigo mi camino.
Vuelvo al puesto de periódicos. Reviso la cartelera del Cinemahorro.
Soy un personaje desocupado.

V

Mi amigo Will tiene enmarcado en su pared un periódico. Es del día en que nació su hija Winona. Es un periódico local de Michigan. La noticia no es sangrienta, ni financiera, ni política. Solo es un evento que, salvo por las ropas de los involucrados, pudo haber ocurrido de igual forma, hace varios siglos atrás. Y también, estoy seguro, podrá seguir pasando, así, con la misma connotación, sin sal, sin cadencia, pero arbitraria en su manera de acontecer cada cierto número de veces por generación.
Indagamos un rato sobre las noticias que sucedieron el día que nosotros nacimos. Pero la pregunta pronto expira porque la bebé comienza a llorar.
Esa noche, antes de dormir busco periódicos de julio de 1992: en México se estaban cerrando las negociaciones del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), en Acapulco se hablaba de un repunte alarmante de violencia porque el número de homicidios pasó de 186 en 1991 a 390 en 1992, y se inauguraban los Juegos Olímpicos de Barcelona.
Creí leer algunas causas nítidas de por qué mi vida posterior a eso fue como fue, pero después, al quedarme dormido y despertar con las imágenes de un sueño donde moría y reencarnaba convertido en pez, cualquier pregunta por el tiempo me pareció un divertimiento ansioso.

VI

Escribo desde lejos sobre personas que están aún más lejos.
Escribo sobre ti, pero también sobre personas que no me conocen.
Aunque yo creo que de alguna manera usted y yo nos conocemos.
Nos hemos conocido desde siempre.
¿Oye usted eso?
¿Mira usted eso?
Vea cómo se mueve, y si usted va para aquel lado, la silueta también va para aquel lado.
Inténtelo una vez más.
Salte si quiere. Grite si quiere. No tenga miedo. No tenga vergüenza. No pasa nada.
¡Ya vio, le dije.
¿Y sabe usted con qué se limpian muy bien los espejos?
Exacto.

VII

Hoy esta columna cumple tres años. He aquí algo realmente misterioso: la vida de otras personas.