EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

China y Acapulco (I)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Abril 30, 2020

Los hermanos Robles Pérez, ejemplos de unidad familiar, lloran, y yo con ellos, la partida de Francisco. QEPD. Para Rodolfo, Chabela y Pily, mi cariño y solidaridad entrañables, extendidas desde luego a la familia de Chico.

Fa-Hsien

El monje y navegante chino Fa-Hsien es el primer extranjero que visita la bahía de Acapulco y por ello es considerado en China como el descubridor del Nuevo Mundo. Lo hace en el otoño del 412 de la Era Cristiana, año en el que la caballería de Atila hoya suelo europeo y se cumple un aniversario de la primera edición de La Ciudad de Dios, del buenazo de San Agustín.
El junco de Fa-Hsien había sido arrastrado por la corriente que mucho más tarde jalará al vasco Fray Andrés de Urdaneta, para encontrar el retorno de la ruta Filipinas-Acapulco. La nave de grandes dimensiones y coloridos velámenes penetra lentamente a la rada porteña, provocando alarma y zozobra en la población. Los caracoles resuenan con gran intensidad, provocando el escalamiento de mujeres y niños a los cerros mientras los guerreros se aprestan a la defensa del territorio. Así lo han hecho en diversas ocasiones, atacados por tribus enemigas. Pertenecen a la tribu yope, cuyos hombres gozan de fama de indómitos e invencibles, jamás conquistados por los aztecas.
Aquellos primeros acapulqueños se ciñen petos de algodón a la manera de armaduras y cargan con arcos y flechas, además de escudos de piel de caimán. El arma secreta de los guerreros es un tremendo garrote como de metro y medio que lleva en una punta el asta de un venado adulto y la otra está afilada como un lápiz de hoy. El encontronazo con los recién llegados no se da, felizmente, porque el presumible enemigo los descontrola con el sonoro golpeteo de objetos metálicos y chillidos estridentes. Sonidos jamás escuchados aquí, que provocan una suerte de embotamiento de los guerreros.
La beligerancia de los defensores quedará anulada cuando se produzca por parte de los presuntos invasores un despliegue de lazos multicolores y metales brillantes. Entonces los yopes arrojará sus armas para recibir un cúmulo de extraños y coloridos obsequios.

Yepotí

Seis monjes budistas integran el grupo líder a cuyo frente se encuentra el maestro Fa-Hsien, hombre sabio que se hará entender con el siempre eficaz lenguaje de señas (que los mexicanos de hoy hacen gala a la menor provocación). Los guerreros yopes, ya reunidos con sus familias en la playa, ofrecen la bienvenida a los extraños visitantes y responden a sus obsequios con frutas y manjares de su cocina del mar.
La estancia de los orientales se prolongará por casi medio año. Un día de los tantos, el maestro Fa Hsien da su paseo cotidiano por la playa cuando de pronto lanza un estridente aullido: “¡Yepotí! ¡Yepotí!”, una y otra vez, sin parar. Los monjes corren hacia él, pensando que algo malo le había ocurrido, pero él los recibe con gritos alborozados de “¡por fin lo he encontrado!, ¡por fin lo he encontrado!”
–¿Qué, maestro, que ha encontrado? –indagan sus alumnos.
–¡He encontrado, finalmente, el nombre que daremos a este lugar y a su entorno maravilloso, ¡se llamará Yepoti! (Lugar de tesoros naturales).
Tan distante y ajeno en el tiempo con el significado del Acapulco de los nahuas, una vez que han empujado a los yopes hacia la hoy Costa Grande: El lugar en el que fueron destruidos los carrizos. Epílogo trágico, según el jeroglífico, de un romance prohibido entre una hermosa princesa nahua y un apuesto mancebo yope llamado Carrizo. Desmembrado en la playa cuando dormía con la amada.

Fa Hsien, el descubridor

En su libo Fa- Hsien, descubridor de América, el escritor chino Ta Chien San se refiere a aquel encuentro. El grupo religioso permaneció en Yepoti por espacio de seis meses, manteniendo durante todo ese tiempo una convivencia armónica con los aborígenes. Intercambiarán conocimientos sobre agricultura, pesca, alfarería, etcétera. China era gobernada entonces por la dinastía Chin, memorable por el impulso notable que dio a la literatura.
Llegará el momento en el que los monjes emprendan su viaje hacia el norte hasta llegar a la gran Tenochtitlán, a la que el maestro Fa Hsien, maravillado por los avances de aquella civilización, la bautiza con el nombre de Fu Sang, o sea, El lugar donde nacen abundantes riquezas.
Los viajeros chinos regresan a Yepoti sólo para preparar el viaje de regreso a su país. Se harán a la mar el 16 de abril de 413, conmovidos y orgullosos los monjes de una despedida jamás imaginada por ellos . Todo la tribu yope reunida en torno a la bahía agitando los brazos en alto y sin faltar las la lágrimas derramadas por algunas bellas mujeres.

Identidades

En torno a las muchas identidades entre México y China, el escritor Ta Sien San se pregunta si el propio Quetzalcóalt no es producto de una influencia de su país. La serpiente emplumada tiene para él grandes semejanzas y atributos con el dragón chino en tanto que simboliza la unión entre lo terrestre con lo celestial. Otras:
a): ¿No fue el junco de Fa Hsien el grabado en una roca de La Quebrada, descubierta en 1920? Dinamitada más tarde en aras de la modernización del puerto, precisamente cuando un residente chino estudiaba el jeroglífico.
b): Las grandes semejanzas entre los calendarios azteca, maya y chino, particularmente las representaciones de animales como el conejo, el perro, el mono y la serpiente

La nao de la China

La palabra Yepoti se escuchará siglos más tarde, cuando se inaugure en ruta marítima entre Filipinas y Acapulco, a cargo de la Nao de la Manila, dedicada exclusivamente a la especiería. No en balde el archipiélago filipino, bautizado así en honor de Felipe II, rey de España, era conocido como el Archipiélago de las Especias. La nao San Juan Bautista inaugura la ruta comercial. Sale de Manila el 28 de julio de 1578 y llega a Acapulco el 27 de diciembre del mismo año. Un año más tarde, el 14 de abril de 1579, el mismo monarca firma la cédula real declarando a este puerto “único destinado a efectuar transacciones comerciales entre América y Asia”.
Ocupantes chinos de un zozobrante junco son auxiliados por una embarcación española y llevados sanos y salvos a Manila. Aquellos mismos naúfragos regresarán un año más tarde para agradecer a sus salvadores llevándoles obsequios artesanales de China. Deslumbrados por tan hermosas y exóticas chinerías, como empiezan a llamarlas, los mercaderes isleños decidirán incorporarlos en futuros cargamentos hacia la Nueva España. Figurarán entre ellos la porcelana, la loza, los muebles con incrustaciones de concha y carey, las sedas de Catay, el satín de Pekín y los metales. El arroz , el té, el mango de Manila, el tamarindo, la pimienta, el jengibre, la canela y el clavo de olor. Más tarde figurarán alfombras y tapetes de Persia, damascos, la cambaya, los crisantemos y las orquídeas.
Los “sangleyes” chinos, residentes en Filipinas, convertidos al cristianismo, eran expertos talladores de marfil; distinguidos, además, como hábiles mercadores. Dominan el comercio del sudeste asiático y particularmente el del archipiélago, donde harán escuela para imitar artesanías continentales.

Las trampas de China

La corrupción en la sociedad colonial alcanzaba niveles quizás similares a los mexicanos actuales. Los productos orientales no eran siempre originales ni de calidad óptima. Algunos tibores, por ejemplo, se convertían en tepalcates con un simple suspiro, las sedas se rasgaban con el viento y las lacas se descascaraban con el sol. A las imitaciones, lo chafa, el gato por liebre se les llamaba “las trampas de China” o “el fraude chinesco”.
La porcelana china, tenida como la más fina de todos los tiempos, se salvaba de tales imitaciones, por lo menos la que llegaba a Acapulco. Y era que ésta venía a dirigida precisamente a quienes la habían pedido a los fabricantes. Se dice, por ejemplo, que la familia Ahedo, de la Ciudad de México, conserva hoy mismo piezas de una de las primeras vajillas llegadas de Oriente. Una reja de oro destinada a la Catedral Metropolitana fue desembarcada aquí en 1730, transportada a la capital a lomo de mula. Había sido forjada en Macao, China, mediante la técnica de la tumbaga, voz malaya que significa aleación por mitades de oro y cobre, el famoso “oro chino”.
El galeón de Manila transportaba en cada viaje mercancías con valor oscilante entre los dos y medio y tres millones de pesos, aunque aquí se cubrían derechos de importación únicamente por el diez por ciento de tal suma. Los aduaneros se hacían de la vista gorda frente a grandes contrabandos (¡hoy no!), sin contar la fayuca bajada por funcionarios, militares, tripulantes, pasajeros y hasta monjes bajo las sotanas. La Nao de Acapulco, como era llamada a su arribo a Manila, transportando entonces pura plata.

La fortaleza de San Diego

Construida en 1617, la fortaleza de Acapulco, llamada San Diego en honor de su constructor, virrey Diego Fernández de Córdova, será destruida, junto con la ciudad, por el terremoto del 21 de abril de 1776. No faltarán entonces voces de pánico proponiendo reubicar la ciudad en el macizo peninsular llamado hoy Las Playas; sin eco, por supuesto. Lo que sí se atendió más o menos rápido fue el reclamo para reconstruir el Fuerte, necesario para la protección del puerto de los piratas. Y así se hará. Para finales de 1777 se aprueban los planos de una nueva fortaleza, cuyos trabajos se inician en marzo de 1778 para ser concluidos el 7 de julio de 1783. Se le bautiza con el nombre de San Carlos, en honor de su constructor, el rey Carlos II de España. La fuerza de la costumbre, sin embargo, la seguirá llamando San Diego.

El primer censo de población

La obra atraerá, como estaba previsto, mano de obra de toda la Colonia. Ello quedará reflejado en el censo de población levantado en 1777 por el alcalde Juan Josef Solórzano, el primer ejercicio de ese tipo en Acapulco, aunque también llegaba gente huyendo de las epidemias de sarampión y viruela negra declaradas en el altiplano. Se dará entonces la más alta concentración de chinos en Acapulco, sumando un total de 121 orientales, así desglosados: 63 hombres, 52 solteros, 35 casados , 3 viudos y 13 niños. Las damas sumaban 58, catorce solteras, 10 viudas y 8 niñas.
El censo referido reflejaba el número de otras etnias residente en Acapulco: mil 290 mulatos, los de mayor presencia en el puerto. Los indios sumaban 611, mientras que la casta de lobos alcanzaba los 279 individuos; 102 los mestizos y finalmente 112 negros. El total de habitantes de Acapulco era en 1777 de 2 mil 565.

La china poblana

Ante la expectación de miles de asistentes a la Feria de Acapulco, desembarca de la Nao de Malina una mujer identificada por todos como de origen chino, aunque en realidad era hindú. El rostro aceitunado de la joven de 18 años deslumbra por su exótica belleza, en tanto que su vestido será objeto de espectacular clamoreo. Consistía en camisa blanca ricamente bordada y gran escote. La falda ancha de lana carmesí, adornada con lentejuelas. Gruesas trenzas ceñidas a la cabeza con listón rojo y el calzado chinelas verdes.
Según otros cronistas, la dama identificada como princesa oriental viajaba en calidad de esclava en oferta y por ello aquí será adquirida por el comerciante poblano Miguel de Sosa. Esta la lleva a Puebla y allá nacerá la China Poblana, un personaje clásico de México cuyo atuendo forma parte del folclor nacional.