EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

China y Acapulco (III)

Anituy Rebolledo Ayerdi

Mayo 14, 2020

Muy agradecido al amigo y maestro Alejandro Martínez Carvajal, cronista non de Acapulco, por su generoso auxilio histórico de la entrega anterior.

Don Enrique Chonguín

Acapulco es la ciudad del futuro. Será el cruce de todos los caminos y el paraíso de todos los hedonismos. Los dólares correrán como verdes arroyuelos y el negocio, cualquiera que sea, rendirá pingües ganancias. Y las gringas, ¡ay, las gringas, cuñado! ¡Con ellas deberás tener mucho cuidado y sobre todo, administrarte!
Enrique Chonguín Chong rechaza la seductora utopía bordada por su cuñado Diego Cuadra. No obstante, se dice en su interior, quizás tenga algo de razón pues trabaja en la línea camionera Estrella de Oro y está en contacto con mucha gente de negocios. Los suyos, a propósito, van bien. Se trata de la concesión del comedor de la estación Ébano del ferrocarril San Luis Potosí-Tampico y de una tienda de abarrotes en Tamazca, a cargo de la esposa y su hijo único.
Años atrás el señor Chonguín había recibido diversas advertencias negativas sobre la tierra prometida llamada México. Nada, sin embargo, influirá en su ánimo cuando tome la decisión de abandonar su querido Hong Kong. Emprenderá una travesía continental en calidad de bulto, encerrado en las bodegas de un carguero, que odiará todos los días de su vida. Un único momento de júbilo: la mañana que aviste por una claraboya las costas de Manzanillo, Colima.
Después de dos horas en una larguísima cola de inmigrantes ante la oficina de Migración, Chonguín llega finalmente ante un burócrata sudando a chorros y francamente encabronado por no haber tenido tiempo de salir a comer. Y, por supuesto, sin ganas de descifrar un idioma oriental ni ningún otro.
–¿Cómo chingaos dice aquí que te llamas, paisano? ¡No entiendo ni madres a estos jeroglíficos chinos! ¡Y mira la pinche cola que ya dio la vuelta a la manzana! ¡Puta madre, aquí nos va agarrar la noche tratando de descifrar tu nombre, paisano! Pero oye esto, paisa, se me acaba de ocurrir una idea de poca madre! ¿Sabes qué?, para salir de este pinche atolladero te voy a poner un nombre mexicano. ¿Qué te parece, paisanito? ¡Pero no creas que cualquier nombre, un nombre de calendario mexicano! Vamos a ver, aquí está, el 15 de julio de 1918, o sea hoy, se festeja ¡San Enrique! ¿Ves, paisa, qué fácil fue? ¡A partir de hoy serás Enrique, Enrique Chonguín Chong. ¡Y más vale que te guste, paisano, porque oficialmente ya te llamas Enrique! ¡Y yo soy tu padrino! Que se diga algo del bautizado ¿no? ¡El que sigue, carajo!
Y Enrique será para siempre el señor Chonguín. El último pastel con el que lo festejen aquí los suyos, un 15 de julio, por supuesto, no tendrá velas por no haber espacio para a colocarlas pero si para tres números ¡102 años!

Por fin, Acapulco

¡Y por fin, Acapulco! Lo primero que hace don Enrique Chonguín al pisar suelo acapulqueño es visitar la playa, no para bañarse y tomar el sol, lo hace para dar gracias al océano Pacífico por haberlo traído sano y salvo a América. Enseguida se dedica a localizar un espacio en la vía pública donde instalarse con un cajón de abarrotes. Lo encuentra en la calle 5 de Mayo, muy cerca del mercado de la ciudad, que toma el nombre de la plazoleta Zaragoza, en la que se ubica (hoy Juan R. Escudero, entre Woolworth y Chedraui ). Plaza que había sustituido al primer mercado formal del puerto localizado en la plaza Álvarez, hasta que el ciclón de 1912 lo lance por los aires.
Cuando se construya el nuevo mercado de Acapulco llamado El Parazal, obra del gobernador Rafael Catalán Calvo (1942), don Enrique será beneficiado con un local de aquellas modernas instalaciones. Se muda inmediatamente a ellas no sin antes agradecer a don Lorenzo Flores haberle arrendado por varios años un local en Mina y Velázquez de León.
El nombre de El Parazal le venía al mercado por haber sido edificado en un predio lacustre sembrado con zacate “pará”, dedicado al pastoreo de las recuas de los arrieros que abastecían de casi todo al puerto. Un servicio extra de don Ignacio Fernández para los huéspedes de su mesón, con entrada por la calle 5 de Mayo.
La Campana será nombre de todos los establecimientos comerciales don Enrique en Acapulco. El último que atienda personalmente se localizaba en el actual mercado de Constituyentes y Diego Hurtado de Mendoza. Cansado y enfermo, a los 90 años. pasará la estafeta a su hijo Próspero.

Próspero Chonguín

Al llegar al puerto, el hijo único de don Enrique Chonguín se inscribe en la Escuela Secundaria Federal número 22 , donde es acogido con respeto y cariño por maestros y compañeros. Nunca sus ojos rasgados fueron objeto de burlas o discriminación (hoy bullying) como lo habían sido en las escuelas del norte país. No escapará, sin embargo, a una infantil rima alusiva a los orientales, muy popular entre los niños de todo México:
Chino, chino, japonés,
come caca y no me des.

General Z. Martínez

Picado desde joven con el gusanito del periodismo, Próspero Chonguín logra incorporarse a la redacción del diario Trópico, el de mayor prestigio y credibilidad en el puerto, dirigido por don Manuel Pérez Rodríguez. Hombre respetuoso, discreto y laborioso, logró asimilarse pronto a un equipo que ciertamente no compartía sus virtudes orientales. Será memorable en el gremio su actitud valiente como reportero de la fuente policiaca.
–¡Chale, chale, con la preguntita del chale!, pone a raya el general Miguel Z. Martínez al reportero de Trópico, francamente encabronado por una pregunta de éste, relacionada con la manera poco ortodoxa del comandante militar de combatir el crimen en Guerrero.
–¡Le exijo respeto para mí y para el periódico que represento, señor general! –responde Chonguín con el rostro encendido como tomate. ¡Mi obligación como reportero es preguntar , decidiendo usted si me contesta o no!
Sacado de onda por la respuesta valiente de, para él, un vil mequetrefe, Z. Martínez da por terminado el encuentro con una advertencia: “Y luego no me anden preguntando pendejadas!”.
Digamos que el general Miguel Z. Martínez era entonces tan famoso como temido por no necesitar de fiscales ni jueces para aplicar una justicia “pronta, expedita y clavadista”. Esto último porque su paredón particular, o Quebrada propia, era la Frente del Diablo, en el camino a Pie de la Cuesta, desde cuyos acantilados arrojaba al mar a todo aquél que apresaba. No los ataba de las manos para darles oportunidad de nadar si caían vivos. Ora que su argumento era irrefutable: “resulta más barato que la ley fuga porque no se gasta en balas”.

No llegó a la Frente del Diablo

Por cierto, uno que se salvó de la Frente del Diablo fue el profesor Miguel Aroche Parra, dirigente del Partido Comunista Mexicano, por organizar un bloqueo en la carretera Acapulco-Tecpan de Galeana, alterando la gira del presidente Miguel Alemán por la Costa Grande.
Echando fuego por todos sus orificios, el General Z., como simplemente era conocido, lanza su feroz jauría en contra el “pinche agitador comunista, que se atrevió a incomodar a nuestro señorpresidentedelarepública”. Para tal osadía solo existirá una orden: tiren a matar
Doña María de la O será el ángel guardián del perseguido cuando ha logrado llegar al puerto. Lo refugia en su domicilio del barrio del Pozo de la Nación, que muy pronto será rodeado por tropas federales. Ella misma se las ingenia para sacar al profe como uno más de un grupo de estudiantes de la UNAM, visitando en aquél momento la Casa del Pueblo, como era conocido el domicilio de la legendaria luchadora social.

El primer súper de Acapulco

En la calle Velázquez de León, la misma en la que don Enrique Chonguín tuvo su segundo negocio, se establecerá con el suyo propio Próspero Chonguín. Corre el año de 1957. No es un tendajón como el primero de su señor padre, sino un establecimiento moderno, respondiendo al concepto estadunidense del autoservicio, el primero de la ciudad.
Próspero no estará solo en el Supermercado Acapulco, lo acompañará su esposa Juanita Camacho, originaria de Tecpan de Galeana y más tarde sus hijos, Enrique, Marcelino, Martín, Juventina, Guadalupe, Hortensia y Clara. Juventina Chonguín estudió periodismo y lo ejerció aquí por poco tiempo. Dos bisnietos recordarán al bisabuelo bautizado como Enrique por un malhumorado burócrata migratorio: Enrique y Juan Enrique. Además, Juan, Mai Lai, Lay Sin y Mildori, acapulqueños todos ellos.

Los barrios chinos

El viaje de Acapulco a Filipinas en la Nao de Manila duraba entre 50 y 60 días porque el galón aprovechaba los vientos del noroeste. El regreso, por el contrario, podía consumir de cinco a seis meses porque los vientos contralisios formaban una barrera impenetrable. La experiencia hará ver a los navegantes que los días de viaje se acortaban si seguían la corriente y vientos favorables a lo que era entonces la Alta California. Tal ahorro de tiempo hará que el virrey de la Nueva España ordene fundar un puerto de escala con el nombre de San Francisco. El galeón de reabastecía en él , los marinos se emborrachaban y deslumbraban a sus damas con exóticas “chinerías” y sin faltar quienes comerciaran con fayuca. El alegre mercado chino de San Francisco será transformado con el tiempo en barrio enigmático y peligroso.

Lyn May

Por su parte, el Barrio Chino de la Ciudad de México nació contemplando una sola cuadra de la céntrica calle de Dolores, concentrándose en ella los clásicos cafés de chino, restaurantes de comida cantonesa y giros de todos colores. Uno de aquellos restaurantes, El Siete Mares, fue atendido por la acapulqueña Lyn May cuando estuvo casada con un chino auténtico.
La vedette de grupa generosísima nació en realidad en Nuxco, Costa Grande, con el nombre de Guadalupe Mendiola Mayares. Aquí vivió con una paisana en el barrio de Los Naranjos, para convertirse más tarde en cotizada estrella del burlesque e incluso del cine. No obstante, siguió frecuentando el puerto para, disciplinada, seguir tomando clases con la contorsionsita Talúa, “la diosa blanca de los ritmos negros”, dueña y señora de las noches de la Zonaja.