EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Ciudadanos, de usuarios a productores

Jesús Mendoza Zaragoza

Noviembre 27, 2006

Se está dando en la cultura y en la política un proceso de ciudadanización, un enfoque muy
particular a través del cual se mira todo, desde lo ciudadano. El ciudadano está, poco a
poco, reconociendo su lugar en todas las esferas de la vida pública, cosa que no ha
resultado fácil por las inercias de muchos años de infantilismo social, producido por un
sistema autoritario que le arrebataba sus responsabilidades públicas y le asignaba un
papel de súbdito, ni más ni menos. El hombre domina a la mujer, la mujer a los hijos; los
adultos dominan a los jóvenes y a los niños; los ricos hacen sentir el poder de su dinero
ante los pobres mientras que los gobernantes se autoinvisten de un poder para mantener
a raya a los ciudadanos comunes y corrientes.
La cuestión es que a muchos ciudadanos no nos cae el veinte en cuanto a asumir, de
manera íntegra, la ciudadanía en forma de responsabilidad pública. Los gobiernos, y con
ellos las demás instituciones clásicas como las escuelas, las familias, las iglesias, las
empresas y otras, se encargaba de “resolver” los problemas de la gente a cambio de un
consenso y de una docilidad ciega. En una palabra, fuimos educados para obedecer y no
para participar. Y no acabamos de largar este lastre, que es cultural y político a la vez.
Ser ciudadano se ha convertido, en muchos casos, en una manera cómoda e inmadura de
acomodarse en el sistema social y político evadiendo todo lo que sea responsabilidad
pública. Hay quienes se acomodan reduciéndose a repartir culpas de los males que
aquejan a la comunidad pero sin mover un dedo para participar en las soluciones. La
estructura infantil de los ciudadanos comodinos que sólo esperan que les sean resueltos
sus problemas con sólo exigir, protestar y gritar no da para mucho. Estamos ante una
ciudadanía castrada de su más fundamental componente: la participación.
Hay en el fondo una pretensión, consciente o inconsciente, de que la sociedad sea
perfecta, o al menos, que disponga de todos los instrumentos, oportunidades, recursos y
condiciones que faciliten la vida de los ciudadanos, que conciben la democracia como un
producto terminado que simplemente hay que consumir. Los ciudadanos serían meros
usuarios o consumidores de los beneficios de la democracia y de las oportunidades
sociales de que se disponen.
En principio hay que aceptar que una democracia avanzada tiene que abrir las legítimas
oportunidades para todos. Pero nuestro caso es muy otro. Nuestra democracia es algo que
empezamos a construir con la participación de todos y que requiere una dosis mayúscula
de responsabilidad social. No podemos comportarnos como niños que saben manejar a
sus padres mediante berrinches programados para arrancarles beneficios. Esta es una
actitud que nos fija en el pasado y nos frena en cuanto a madurez social y democrática.
Si bien es necesario que el Estado y todas sus instituciones y ordenamientos legales
faciliten las cosas para que los ciudadanos cubran sus necesidades elementales, ya las
materiales y las espirituales, también es necesario que los ciudadanos asumamos, cada
uno en la medida de sus recursos y posibilidades, las responsabilidades sociales que nos
tocan. La ciudadanía es una cuestión de derechos y de responsabilidades. Una ciudadanía
que se polariza por el lado de los derechos es demasiado frágil e inconsistente porque se
centra en el consumo de los bienes producidos por la sociedad. La ciudadanía tiene que ir
al fondo. Y el fondo es la participación responsable y solidaria de todos y de cada uno. La
democracia no es un producto mágico que viene a cubrir las necesidades de los
ciudadanos. Es el fruto del esfuerzo y la colaboración de todos.
Necesitamos transitar hacia una concepción madura de la ciudadanía en la que al tiempo
que exigimos el respeto a nuestros derechos ofrecemos el cumplimiento de nuestras
responsabilidades. Los ciudadanos, en este sentido, somos conscientes de que la
sociedad es así, inequitativa, injusta, ineficiente y excluyente porque nosotros lo
permitimos. Permitimos, también, que muchos de los gobernantes sean corruptos,
convenencieros e irresponsables. Nos conformamos con lo que diga y haga la autoridad o
con gritar nuestras frustraciones e inconformidades pero no vamos más allá. No
cuestionamos, no proponemos ni nos organizamos para poner en juego nuestra
participación de una manera constructiva. La participación ciudadana es uno de los
remedios eficaces de los males que dañan nuestra sociedad. Si los ciudadanos nos
ponemos las pilas podríamos convertir a la sociedad en un interlocutor permanente de los
gobernantes, manteniendo una vigilancia eficiente para que cumplan sus
responsabilidades que les tocan. Los ciudadanos podríamos establecer las agendas
públicas de los gobiernos comenzando por los municipios.
Se ha estado hablando y discutiendo acerca de una necesaria reforma del Estado que
implique una nueva Constitución con reglas que garanticen los derechos de todos los
ciudadanos mediante instituciones democráticas y eficaces. Se habla de una reforma
electoral y de una reforma política. Son bienvenidas todas las reformas que sean
necesarias para mejorar las condiciones de vida de todos los mexicanos. Pero una cosa
es oportuna y decisiva: que estas reformas le otorguen a los ciudadanos el lugar que les
toca en toda la trama social.
Esta reforma tiene que tocar la misma cultura política, que necesita una transformación de
fondo. El ciudadano tiene que aprender a ser ciudadano porque en el fondo seguimos
siendo súbditos y nos manejamos como tales al no asumir nuestras responsabilidades
sociales y políticas al permitir que los políticos “profesionales”, los que están en el
gobierno y los que están en la oposición sigan comportándose como amos medievales
que toman sus decisiones al margen de los intereses sociales. A los legisladores no les
interesa la opinión de sus representados y se limitan a votar a partir de lo que ellos
consideran “políticamente correcto”, y lo políticamente correcto es estar en el poder. A los
gobernantes no les interesan las agendas ciudadanas pues tienen hechas las suyas para
pagar favores y construir privilegios.
La reforma del Estado que se avecina tiene que recuperar al ciudadano como tal con todas
las potencialidades de que es portador, para el bien de todos. Otro mundo sería posible
cuando esto pudiera suceder. De nada servirían todas las reformas si no recuperamos al
ciudadano común de manera que se sienta implicado en la gran tarea de construir mejores
condiciones de vida para todos.