EL-SUR

Viernes 01 de Diciembre de 2023

Guerrero, México

Opinión

¿Cómo depredan las editoriales trasnacionales?

Federico Vite

Abril 19, 2022

El argentino Guillermo Willie Schavelzon funda en Buenos Aires, en 1998, la agencia literaria Guillermo Schavelzon & Asoc. Cinco años más tarde se mudó a Barcelona. Posee un catálogo de aproximadamente cien autores; la mayoría son latinoamericanos. Algunos de los escritores más conocidos que representa tienen una trayectoria sobresaliente: Elena Poniatowska, Paul Auster, Claudia Piñeiro, Gioconda Belli y Alberto Manguel. Desde el 2015 la agencia se denomina Schavelzon-Graham.
Willie tiene un blog (https://elblogdeguillermoschavelzon.wordpress.com) en el que suele comentar con frecuencia algunas ideas acerca del Continente Literario hispanoamericano. En diciembre pasado hizo pública una reflexión sobre lo que implica una renovación editorial en Latinoamérica: “Este blog ha estado centrado casi siempre en cuestiones referentes a los autores. Hablar de la situación de la edición no es una distracción, sino intentar saber un poco más sobre los cambios que se están produciendo, y que sin duda afectarán al autor.
Los cuatro problemas de Latinoamérica
1.- El mercado interno de cada país no alcanza para sostener una industria editorial local.
2.- España, con una posición dominante de los mercados internacionales, ha convertido en importadores a los países latinoamericanos que antes exportaban, lo que dificulta el crecimiento de las editoriales locales.
3.- La presión de las grandes editoriales sobre sus filiales para vender lo que más se vende, libros dirigidos al lector mainstream, no genera nuevos lectores, lo que atenta contra el futuro del negocio.
4.- Las librerías grandes, al centrarse en las novedades, se uniformaron. Las chicas, ven emigrar a una parte de sus clientes hacia el comercio online”.
Son apreciaciones puntuales y palmarias que hace un conocedor del negocio. Habrá, sin duda, que plantearse otras preguntas para tener un diagnóstico mucho más preciso, pero puesto así, con los alfileres de esta realidad, se preguntaría uno, ¿por qué las empresas editoriales de Latinoamérica no exportan a las españolas? Más bien, me gustaría retroceder un poco y hacer la interrogante pertinente, ¿por qué dejaron de exportar las editoriales latinoamericanas?
Según Schavelzon, en los años 70 del siglo pasado, los grandes best sellers internacionales los publicaban y exportaban las editoriales Emecé y Sudamericana; los libros de psicología y ciencias sociales estaban en manos de Paidós. Son tres editoriales argentinas. Los grandes libros de ensayo los vendía el Fondo de Cultura Económica; los libros que acompañaron las tendencias políticas de los años 70 los exportaba Siglo XXI, y los libros de teoría política y de autoayuda los vendía Grijalbo. Son tres editoriales mexicanas. Los libros de texto los publicaban editoriales locales de cada país; por ejemplo, Trillas en México, Norma en Colombia, y Kapelusz y Estrada en Argentina.
Esa estructura ya no existe. La editorial Siglo XXI, aunque cambió la propiedad, sigue siendo latinoamericana; el Fondo de Cultura Económica se ha convertido en la editorial del Estado y, eso amerita un artículo aparte, sufre una transformación que lo aleja de un ideal de excelencia. Desde hace tres años parece un centro de reclutamiento ideológico. Pero vamos, no se trata de ejercitar la nostalgia. No. Esto es una industria y como tal deben buscarse negociaciones que rompan con las cadenas habituales de producción del libro. Se pide a gritos un cambio para que las trasnacionales, las empresas ávidas de best-sellers, sigan abogando por mantener a sus lectores, no por generar nuevos, ni mucho menos por expandir los territorios de la experiencia de lectura.
El caso de las editoriales independientes, a las que Willie llama editoriales antialgoritmos, es doblemente atractivo su presente porque conforman la industria editorial local (la que no pertenece a grandes grupos internacionales). Su tarea consiste en acrecentar el número de lectores, pero no es sostenible el crecimiento si no exportan. Es decir, su techo de crecimiento es bajo si no “alimentan” a las trasnacionales. Hay otra forma de supervivencia. Me refiero a la exportación digital, pues aparte de que no requiere fletes, ni aduanas, evita los engorrosos problemas de la burocracia. Tampoco depende del papel, ni de la industria gráfica. “No hay estadísticas que reflejen este nuevo concepto de exportación, porque ni siquiera sabemos cómo nombrar a muchas de estas cosas que han cambiado y cambiarán más. Trabajar en lo que todavía no es fácil nombrar, es una posibilidad”, señala Schavelzon.
Lo mejor de la literatura latinoamericana reposa en las editoriales independientes y, como bien sabe, esas editoriales trabajaron muy bien vía internet durante la encerrona de la pandemia; es decir, fueron localizadas y solicitadas por gente que ya leía, por gente habituada a ciertos libros, a documentos no edulcorados. Estas editoriales mantienen la salud de un mercado local. Acerca de este asunto, la sanidad del mercado local que evita la uniformidad del pensamiento y evita también que todos los libros tengan la apariencia de haber sido escritos por la misma persona, hay un dato escalofriante enunciado por Schavelzon: “Antes de la pandemia, España vendía libros a México por cien millones de dólares anuales, mientras que México le vendía a España un millón y medio. Una desigualdad difícil de explicar”.
Esto pone de manifiesto otro factor, la molestia de varios autores para quienes es imperante salirse de ese circuito literario medio aniñado, medio complaciente, de editoriales trasnacionales que sólo utilizan los textos que consideran rentables y explotan muy bien a los escritores. Pero volviendo al grano: ¿cuál podría ser la válvula de escape para la renovación? Para Schavelzon la clave está en la modernidad del negocio: “Los productores de hoy son individuos cuya localización no importa, la mayoría con pocos gastos fijos, sin oficinas ni estudios propios, que siempre están ahí, y actúan con velocidad. Zoom les enseñó que se puede hacer mucho sin viajar, aunque el encuentro presencial siga siendo un valor, y no es contrario a la digitalización. El negocio del productor de hoy, reside en identificar contenidos, reservar esos derechos, organizar el equipo necesario para desarrollar un proyecto y presentarlo a alguna gran plataforma de distribución que, cuando decide comprarlo, aporta todo el dinero necesario para concretarlo. Cada producción implica millones de dólares. Cuando estos productores son exitosos y tienen una administración rigurosa, crecen a gran velocidad”.
Puesto así, nos falta asimilar la experiencia del encierro impuesta por la pandemia; sobre todo, porque la inflación, los altos costos de la canasta básica nuevamente pondrán en crisis a la industria editorial. Sólo quien entienda el proceso de identificar contenidos, reservar derechos, organizar el equipo para desarrollar un proyecto y colocarlo en la plataforma de distribución adecuada podrá sentirse menos asfixiado.
Resta decir que no hay nada más chic para un agente literario que hablar de la industria que conoce a la perfección desde una plataforma electrónica. Eso dice mucho.