Octavio Klimek Alcaraz
Febrero 15, 2025
Las montañas, los ríos, las ciudades e incluso las bahías tienen nombres. Generalmente existe consenso sobre cómo se llama un lugar. ¿Puede entonces un presidente estadunidense decidir simplemente cambiar el nombre del Golfo de México?
La toponimia -–la ciencia que estudia los nombres geográficos y las reglas según las cuales se asignan– ha sumado ahora dos casos espectaculares: el presidente estadunidense Donald Trump, ordenó por decreto cambiar el nombre de dos lugares poco después de su investidura, el 20 de enero de 2025. Por un lado, la responsable “Junta de Nombres Geográficos de Estados Unidos” debería retirar el nombre indígena “Denali” de la montaña más alta de América del Norte, de 6 mil 190 metros sobre el nivel del mar, y cambiarle el nombre a “Monte McKinley”. Por otra parte, las zonas costeras del “Golfo de México” pasarán a llamarse “Golfo de América”.
Se observa poco positivo en el decreto de Trump. El presidente estadunidense ha creado un malestar innecesario, cuando se entiende que proceso de denominación geográfica debe ser de forma cooperativa y por consenso.
En Estados Unidos, las reacciones ante los decretos de los antiguos y nuevos presidentes estadunidenses reflejan la falta de consenso interno. Los indígenas de Alaska hablan de una afrenta por haber luchado duramente para que su montaña, considerada sagrada, recuperara su nombre original, “Denali”. Probablemente durante mucho tiempo se llamó Denali, que significa “El Grande” en el idioma de la tribu indígena norteamericana Koyukon. En 1917 pasó a llamarse Monte McKinley. En 2015, bajo la presidencia de Barack Obama, la montaña, que se considera sagrada, recuperó su nombre indígena antes de que Donald Trump la rebautizara como Monte McKinley por decreto.
En un artículo publicado en el The New York Times de Levitt y Wallace del 14 de febrero de 2025 (https://www.nytimes.com/es/interactive/2025/02/14/espanol/america-latina/golfo-mexico-trump.html), señalan que según cálculos de Sovereign Limits, una base de datos de fronteras internacionales, sumando el mar territorial, las zonas económicas y de alta mar, México reivindica el 49 por ciento del Golfo de México (757 mil 300 km2), Estados Unidos reivindica el 46.0 por ciento (707 mil 600 Km2) y Cuba el 6.0 por ciento (82 mil Km2). Es decir, son tres países los que comparten el Golfo de México, con una enorme biodiversidad expresada además en su riqueza pesquera, no solo eso, su lecho marino es rico en petróleo, gas y diversos minerales. Nada es fortuito en la búsqueda del cambio de nombre, no es un capricho del presidente Trump.
El decreto de Trump se refería explícitamente sólo a la plataforma continental estadunidense en el Golfo de México, una zona costera controlada por Estados Unidos. Es decir, su gobierno no puede obligar a otros países a utilizar un nuevo nombre.
Por ello, gobiernos de países europeos como Alemania han expresado que seguirán usando los nombres válidos de la IHO, entre los que no se encuentra el “Golfo de América”.
La Enciclopedia Británica, la enciclopedia más reconocida a nivel global, ha señalado en la Red X (@Britannica), que va a seguir utilizando “Golfo de México” por las siguientes razones: atiende a una audiencia internacional, la mayoría de la cual se encuentra fuera de Estados Unidos; y el Golfo de México es un cuerpo de agua internacional y la autoridad de Estados Unidos para cambiarle el nombre es ambigua; se le llama Golfo de México desde hace más de 425 años. De hecho, presenta el mapa de la ahora América del Norte y Central en su primera edición de 1768 donde aparece ya claramente el nombre de Golfo de México.
Sin embargo, gigantes tecnológicos como Google y Apple obedecieron y cambiaron la denominación en sus instrumentos de navegación. Google ahora no sólo muestra el nombre “Golfo de América” a sus usuarios en Estados Unidos, sino que el término también ha sido añadido entre paréntesis en otras versiones de otros idiomas, y esto incluso se aplica a todo el Golfo, en lugar de sólo a la parte cercana a la costa estadunidense. Las propias autoridades estadunidenses aparentemente no tienen del todo claro qué significan exactamente el decreto. La directiva de Trump se refería explícitamente sólo a la parte estadunidense del Golfo. Sin embargo, diversos medios de información señalan que el nuevo secretario del Interior estadunidense, Doug Burgum, ordenó a la Junta de Nombres Geográficos, haciendo referencia al decreto presidencial, renombrar el área actualmente conocida como Golfo de México como Golfo de América, lo que aparentemente llevó a la interpretación de Google.
En el caso de los medios de información, la agencia de noticias estadunidense Associated Press (AP) ha sido vetada en sus trabajos informativos por la Casa Blanca. Esto, en tanto no cumpla con el requerimiento de la administración del presidente Trump de escribir Golfo de América. Los representantes de AP han señalado que no adoptaban la nueva denominación porque su audiencia es global, y solo Estados Unidos ha decidido cambiar el nombre. Aunque anunciaron además, su intención, siempre que mencionaran el Golfo, de añadir a continuación que el gobierno de su país ha decidido llamarlo de otra manera, pero pese a ello existe el veto. No solo AP continúa en Estados Unidos usando la denominación antigua. También Bloomberg News, Los Angeles Times, Reuters, The New York Times y The New Yorker, entre otros reconocidos medios de información en Estados Unidos, optan aún por escribir Golfo de México.
Es importante entender que la necesidad de dar nombre a los lugares geográficos es debido a que los seres humanos somos seres territoriales, la constante es que queremos estructurar y comprender el mundo que nos rodea.
Los primeros mapas que los primeros humanos tallaron en las paredes de cuevas no contenían nombres de lugares debido a la falta de escritura. Pero se puede suponer que las montañas, los ríos y otras características del paisaje recibieron nombres que se transmitieron oralmente mucho antes de las primeras culturas escritas. En las culturas indígenas, además de la orientación en el espacio, también jugaban un papel las ideas religiosas naturales, como qué deidad o espíritu vive en determinados lugares. Diversas culturas desarrollaron mapas narrativos en forma de canciones memorizadas que les mostraban el camino en sus migraciones de larga distancia.
Muy a menudo, los nombres servían para reivindicar de forma permanente los territorios conquistados. Las potencias coloniales europeas, en particular, ignoraron los nombres indígenas e inscribieron en sus mapas los nombres de sus propios exploradores y conquistadores.
Por eso los nombres geográficos tienen mucho que ver con cuestiones de poder, con la colonización, con la adquisición de tierras o, más generalmente, con procesos históricos de territorialización.
Hacia finales del siglo XIX se inició un cambio en el pensamiento. Debido al aumento del comercio mundial, la comunicación global y la cooperación internacional en materia de investigación, los países de repente vieron una ventaja en trabajar más estrechamente juntos para nombrar la Tierra y tratar de estandarizar los nombres.
Pero ¿Cómo funciona realmente la denominación de montañas, regiones, bahías y mares enteros? ¿Quién tiene derecho a hacerlo? ¿Qué reglas se aplican? ¿Y qué pasa si los países no pueden ponerse de acuerdo sobre los nombres?
El cambio de nombre es un asunto que compete a los Estados nacionales. Cambiar el nombre de una montaña en el propio territorio es una cuestión que compete a cada país. Sin embargo, en el Golfo de México, que es un espacio marítimo internacional, lo que se aplica no es lo que quiera un país individual, sino lo que determine una organización intergubernamental, la Organización Hidrográfica Internacional (IHO por su acrónimo en inglés), con sede en Mónaco.
El IHO tiene su antecedente en 1899, el 7º Congreso Internacional de Geógrafos en Berlín creó una comisión para dar a los fondos marinos un nombre uniforme en todo el mundo. A principios del siglo XX, el príncipe Alberto I de Mónaco fundó un gran proyecto científico llamado Carta Batimétrica General de los Océanos, todavía en curso, para medir todo el océano. No fue hasta diciembre de 2024 que los científicos celebraron como un éxito el mapeo detallado de una parte del océano Ártico. Las iniciativas de esa época contribuyeron en última instancia a la fundación de la IHO en Mónaco en 1921, que es una organización intergubernamental independiente con estatus de observador en las Naciones Unidas. El objetivo de la convención es “lograr la mayor uniformidad posible de las cartas y documentos náuticos”.
El papel de la IHO es trabajar para lograr una denominación uniforme y consensuada. La regla internacional es que el nombre utilizado para las áreas marinas debe ser siempre el que aparece en los mapas de la IHO. Sin embargo, no existen regulaciones vinculantes que impidan a los Estados nacionales seguir su propio camino. Básicamente, cada país puede mantener la designación como quiera, la IHO no es una especie de tribunal de arbitraje supranacional ni un órgano de toma de decisiones.
Mucho antes de la actual disputa sobre el Golfo de México, otros nombres de mares eran controvertidos; algunos todavía lo son hoy. No sólo Irán, sino muchos países alrededor del mundo hablan del Golfo Pérsico, mientras que Arabia Saudita tiene un Golfo de Arabia en sus mapas. Desde la década de 1990, existe un conflicto entre Japón y Corea del Sur sobre cómo llamar a la zona marítima entre los dos países: Mar de Japón o Mar del Este.
Finalmente, a mediados del siglo XX, cobraron impulso los esfuerzos por estandarizar la denominación de la Tierra en su conjunto, incluida la tierra firme. En 1959 las Naciones Unidas fundaron su propio organismo, el Grupo de Expertos de las Naciones Unidas en Nombres Geográficos (UNGEGN por su acrónimo en inglés). Su misión es trabajar hacia la estandarización de los nombres geográficos. Se trata de principios comunes basados en el consenso. Además, el objetivo es garantizar que cada país disponga de los recursos y las competencias necesarias para gestionar los nombres geográficos. La UNGEGN no discute casos individuales, sino sólo principios generales. Por tanto, las decisiones adoptadas por los 80 países que asisten periódicamente a las reuniones de la organización no constituyen formalmente derecho internacional.
Es decir, existen esfuerzos de casi un siglo, tanto en el mar como en tierra, para estandarizar los nombres geográficos por consenso, pero no existe ninguna autoridad global que pueda obligar a los Estados nación a utilizar determinados nombres.
La necesidad de estandarización sigue siendo grande. Después de siglos en los que autoridades, gobiernos, exploradores y conquistadores han inspeccionado la superficie de la tierra y la han cubierto con una red invisible de nombres, han quedado dos tipos básicos: los endónimos, términos geográficos utilizados por los habitantes de una región o del propio estado respectivo, y los exónimos, por otro lado, son nombres diferentes que otras comunidades de hablantes usan. Por ejemplo, en alemán se dice Deutschland y en español Alemania, en alemán se dice Dresden y en español Dresde. El número de estos exónimos es mucho mayor que el número de nombres propios.
Desde su fundación, el Grupo de Expertos de las Naciones Unidas en Nombres Geográficos ha insistido en dar prioridad a los endónimos, es decir, respetar las designaciones propias. Sin embargo, esta cuestión ha sido objeto de un apasionado debate en el organismo de la ONU durante algún tiempo. La posición tradicional rechaza los exónimos porque se considera que expresarían una forma de propiedad. Aunque también se puede considerar más positivamente como signos de familiaridad con el lugar mencionado. A esto se suma la exigencia de un mayor respeto por los nombres indígenas, como en el caso del monte Denali en Alaska.
Lo que está fundamentalmente claro en las diferentes reacciones al decreto del presidente Trump es que los nombres de montañas, ríos, paisajes y zonas marinas son importantes para muchas personas e incluso para países enteros, como México, y forman parte de su identidad. El cambio de nombre, especialmente el cambio de nombre forzado socava esta identidad.