EL-SUR

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Guerrero, México

Opinión

Como si un genio tocara una noche

Federico Vite

Enero 24, 2017

Vivía de escribir, pero básicamente dedicaba su existencia a husmear en los linderos de la humanidad. Stefan Zweig, biógrafo y ensayista, narrador de gran talento, escribía, les digo, y lo hacía bastante y con fortuna. No tenía miedo de equivocarse o pánico a no salir en las listas de mejores libros del año; de él, los críticos pensaban que gastaba tinta en temas bobos, extraños y esotéricos. Llenaba planas perfilando los contornos de personajes profundamente contradictorios. Por ejemplo, Genio de una noche y otros relatos históricos (Traducción de Berta Vías Mahou. España, Ediciones Ulises, 2014, 232 páginas). Este documento reúne siete historias que el autor consideró “Momentos estelares de la humanidad”. Más que narraciones con estructura cerrada, Zweig manifiesta su asombro por lo humano. Dio cuenta de los detalles que le dieron un cariz novedoso al mundo, lo cambiaron, y en cierta forma le otorgaron una densidad que no conocía. En este libro presenciamos pequeñas revelaciones.
Narrado sin mayor pretensión que la de dar cuenta de una historia asombrosa, el escriba recurre a una prosa sin adornos, digna de un reportero que transcribe la realidad al instante en el que ocurre, y a veces escurre, el presente. Data los hechos y señala a los involucrados con precisión periodística, no abusa de las descripciones ni de los diálogos. Cuenta lo esencial y con ello contagia el interés por la historia.
Genio de una noche y otros relatos históricos fue vendido como un libro de pasajes históricos, y el lector, más que contagiarse de las novedades de su tiempo, comprende que no hay temas malos. Esa es la lección más importante.
Estamos ante un libro ambicioso, un documento que expone la realidad justamente a manera de relato; por ejemplo, la caída de Bizancio. El autor desarrolla esa batalla como una partida memorable de ajedrez; los esfuerzos del presidente de Estados Unidos de Norteamérica, Woodrow Wilson, por afianzar las bases de una paz justa y eterna en Europa tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Otro hallazgo, visto como un texto de corte noir, es el viaje secreto de Lenin, quien se subió a un tren desde Suiza hasta Rusia, en 1917, y con ese hecho se pone en marcha la revolución soviética. Este viaje es el principio de los 10 días que estremecieron al mundo. Pero la historia que sin duda alguna parece dictada por una irónica inteligencia narrativa es la del compositor de La marsellesa, un cuento, no puedo llamarle de otra manera, que muestra el oropel y el lodo; de igual modo sondea los misterios de la creación.
El 10 de mayo de 1792 se declaró en París la guerra contra Austria. Cuando el alcalde de Estrasburgo se entera de la noticia, invita a cenar, a manera de coloquio, a un grupo de oficiales militares. Uno de los invitados fue Claude-Joseph Rouget de Lisle, capitán de ingenieros de la guarnición de Estrasburgo. El alcalde le pidió que creara un himno patriótico para el acontecimiento que celebraban. Rouget de Lisle compuso Chant de guerre pour l’armée du Rhin (Canto de guerra para el ejército del Rin) y se lo dedicó al mariscal Luckner. El 22 de junio, el futuro general del ejército egipcio, Françoise Mireur, recién egresado de la facultad de medicina de Montpellier, se encontraba en Marsella, preparaba la marcha de los voluntarios de Montpellier y de Marsella. Había oído el himno en Montpellier durante algunos funerales oficiales y lo presentó a su gente con el título de Chant de guerre aux armées des frontières (Canto de guerra para los ejércitos de las fronteras). La tropa se aprendió la canción y la divulgó durante sus marchas. Entraron a París cantando marcialmente el himno de Rouget de Lisle. Los parisinos recibieron esa composición con gran entusiasmo y bautizaron el cántico como La Marsellesa. Más que la mera anécdota de la composición, Zweig narra cómo se devana el cerebro el compositor, pues él deseaba hacer una obra de arte, pero al oír interpretada la pieza se dio cuenta que había hecho una melodía mediocre y se lamentaba por eso. Se sentía un traidor del arte y un patriota al mismo tiempo. Hizo en una noche el canto por el que, a la postre, fue considerado un traidor de la patria; también fue ungido como un hijo pródigo de Francia. Le pasó de todo por entonar: “Qu’un sang impur/ Abreuve nos sillons!” Adorado y odiado por una ocurrencia, presenciamos en el libro a un Rouget de Lisle que siempre quiso ser un poeta.
Otra de las maravillas narradas en este ejemplar es la empresa titánica de instalar el primer telégrafo trasatlántico, la manera en la que se hizo el cableado desde Inglaterra hasta Estados Unidos. Un proyecto que tuvo diversos fracasos, desencantos, traiciones e incluso una revuelta en alta mar, pero todo ello fue recompensando con la grandiosa certeza de que al otro lado del mundo un humano enviaba saludos y preguntaba, ¿cómo están hoy?
El autor reinterpreta la historia para explicarla, recurre a las técnicas narrativas para desmenuzar los momentos estelares de la humanidad y lo hace con mucha fortuna.
Para Zweig, la creación artística se asemeja a la criminología. Y clarifica el panorama diciendo: “Los poetas, los escritores, nos describen en sus libros, con fuerza maravillosa y con pormenores magistrales, cualquier viaje que hacen, toda aventura que les sucede, cada sentimiento que los agita. Ellos sólo pueden crear un mundo imaginario olvidándose del mundo real”. En cierta forma, Zweig nos explica que el genio de una noche es una de las tantas variantes de la puerta que escoge la creación para manifestar un humor justamente inimitable.
Zweig fue un escritor enormemente popular. Su obra se caracteriza por la sensibilidad y la hondura sicológica de sus personajes. Se suicida en el exilio, en Brasil (Petrópolis), en 1942. A menudo pienso que él debió escribir la biografía de Copi, un autor argentino que, entre otras piezas, hizo La ciudad de las ratas, texto del que hablaremos en la siguiente entrega. Que tengan un sabroso martes.