Julio Moguel
Noviembre 29, 2025
LASCAS
Memoria y acontecimiento
Nota introductoria. Las entregas que forman esta breve serie pueden ubicarse en el género de la novela policiaca, lo que quiere decir que se mueve literalmente en el plano ficcional. Obviamente, el que tenga como eje los asesinatos de Ximena Guzmán y de José Muñoz el pasado 20 de mayo en la Calzada de Tlalpan, le da elementos relacionados con “lo real”, pero sus líneas de integración global están tejidas en el cuerpo de una obra estrictamente literaria. Así es que cualquier elemento que no corresponda a hechos “duros” del proceso que corre a lo largo del relato tienen que ser considerados literalmente como una construcción armada a partir de “la verdad de la mentira”. Presentaré en esta serie sólo tres entregas de la obra, para “abrir bocado” con relación a una novela de 12 capítulos que aparecerá en 2026, con la síntesis de algunos capítulos para no ser spoiler de los contenidos finales de la historia. Tomo ello como “un intermezzo” decembrino, pues en enero de 2026 volveré con dos piezas finales sobre el caminar histórico del EZLN (en dos entregas, justificadas por la conmemoración del 42 aniversario de la insurrección zapatista). ¿Sólo tres entregas para abrir la ruta de los contenidos de la novela? Sí: se vale para descansar un poco la mirada y ofrecer al lector algunos “indicios” de la mencionada novela. Lo que me conviene, sin duda, pues no seré spoiler de mis propios escritos de tal naturaleza. Espero que esta lectura abra la mente del lector a un tema que, por razones aún inexplicables, se ha dejado de mencionar entre los medios. Sus razones tendrán, lo que acaso ya pudiera ser un “elemento indiciario” que dé señales sobre el asunto.
1
Ese día, ya envuelto en las sombras vespertinas de una habitación cuyas cortinas macizas impedían la entrada de las luces felinas de un Sol que no sabía rendirse fácilmente en las mudanzas, Gael Valtierra descubrió sin aviso de ninguna especie el sentido pleno de sentirse en casa.
¿Sentirse en casa? No lo pensó desde el lugar común del hacer o del quehacer cotidiano del repliegue necesario para descansar las acostumbradas horas de la noche en las que el cuerpo se repone para reanudar y caminar los días. El sentirse en casa fue desde ese instante, para Gael, la forma de pensar y de sentir otra manera de habitar la vida y el tiempo de lo propio. En una intimidad a piel que ya no respondía a ningún acuerdo o pacto de formalidad escriturada bajo el encuadre de reglas a cumplir frente a un Dios soberbio y quisquilloso. En adelante mandaría sólo el latir de los saberes y el sentir de los afectos. Mandaría el alma en sus adentros.
Pensó Gael que toda esa vivencia del momento sería a partir de entonces su secreto. Pero no hizo más que ver los ojos de su amada para darse cuenta, en su mirada, que no habría mucho que explicar sobre el milagro. Un solo gesto de ella bastó para saber que, en cuerpo y alma, ya ella lo sabía. Hicieron entonces el amor como si ambos cuerpos entrelazaran sus almas. Cuerpo a cuerpo, en libre y decidida entrega, haciendo a un lado las cicatrices y los dolores de los acumulados tiempos grises de “su pasado inmediato y su presente”.
2
Al día siguiente, todavía somnoliento, Gael habría de tener fija en la piel y en la memoria la imagen de las uñas pulcramente recortadas de una de sus manos recorriendo con cierta fuerza de presión amorosa la desnuda espalda de su amada, en un deambulante recorrido que iba desde el microespacio en el que la espalda pierde su sagrado nombre hasta el tenso pero tierno hueco de la nuca. Brumosa a la vez era la imagen de unas suaves manos blancas que se habían convertido de repente en anguilas ardientes y nerviosas que vagaban por todo el continente de su cuerpo.
Cuando Luna despertó sus ojos y su mente recorrieron en segundos el espacio en el que se había consumado el milagro de ese extraño renacer adolescente de los cuerpos, a sabiendas de que pronto –acaso ahora demasiado pronto– tendrían que volver a esa vida cotidiana que en los últimos tiempos era generalmente ruda y exigente. Mas la piel de ambos personajes amorosos había sido curtida durante largos y no siempre felices tiempos de las guerras. Por ello la idea de volver al mundo del quehacer cotidiano en el hormigueo y en los palpitares de la truculenta urbe que habitaban no era ni castigo divino ni condena. La hora que Gael y Luna Sofía se dieron para cerrar la charla de esa mañana vigorosa quedó marcada entonces por los planes del quehacer de la semana.
Y rieron, animados, cuando Luna comparó esa charla de una hora previa a la inmersión de ambos en las turbulencias del afuera con la de aquellos buzos que, emergiendo desde las profundidades oceánicas del mundo, tienen que esperar un tiempo calculado para despresurizar sus cuerpos y volver a las luces solares de la vida.
En contra de su voluntad, Gael entendió de pronto que no habría forma de alargar ese clímax y esa paz que con un profundo amor de voluntad de ser en esos divinos momentos matutinos le regalaba Sofía. Entró a la regadera como un ciclón y se vistió en segundos porque el reloj le decía impiadosamente que ya era hora de salir. Tenía que enfrentarse en lo que seguía a las realidades cotidianas de un oficio que le daba casi únicamente para comer, para pagar la renta, y ayudar a su hijo de 17 años y a su hermano Virginio que, por razones que más adelante se revelarán, vivía, si ello era vivir en realidad, en una añosa y casi destartalada silla de ruedas.
3
La llamada telefónica que le cambiaría la vida aquel 20 de mayo de 2025 apareció en su celular a las 8 horas y 13 minutos de la mañana. Una voz que él conocía con familiaridad sencillamente le soltó: “Te busca la jefa. Quiere que le metas al asunto del asesinato de Ximena y de José. Y quiere que le metas porque no confía en algunos de los que ya están investigando.” “En chinga”, agregó la voz que Gael escuchaba como si se tratara de una especie de broma; de un simple cuento. Pero entendió que sí era algo realmente serio pues la voz que le decía remató con un “Te veo ahora mismo donde siempre. Yo ya estoy aquí, así es que vente a la velocidad de la luz.”
Gael no tuvo oportunidad de preguntar de qué diablos le estaba hablando su partner, su viejo camarada de guerras santas y de guerras sucias, en las que en ellas casi siempre habían actuado como “pareja”, aunque su socio, formado en el rubro de “investigaciones especiales”, era frío y calculador, con un grado de humor e inteligencia similar a la de aquellos que, en Auschwitz, jalaban la palanca de la muerte para después irse a cenar cómodamente con la esposa, los hijos o los nietos.
Se dolió en ese momento de haber apagado su teléfono celular durante el curso de la noche y las primeras horas de la mañana en que había tenido su mágico encuentro con Luna Sofía. Un investigador privado, se decía a sí mismo repetidamente, tiene que estar siempre al corriente, minuto a minuto, de casos que lo implican o que lo pueden implicar en su función de investigar algún delito o algún crimen.
Pero después de colgar con “su contacto” y antes de ir a verlo a ese “lugar de siempre” se ocupó de ver los mensajes que le habían dejado entre las 7.45 y las 8 y minutos de la mañana, particularmente el del su hermano Virginio. El whats’up de su carnal, adolorido, le daba pelos y señales de lo que se sabía hasta el momento. En la primera línea le decía que pasaditas las 7 de la mañana habían asesinado a Ximena y a Pepe en la Calzada de Tlalpan. Y agregó detalles que Gael ya no quiso escuchar. Sabía en todo caso que el teléfono no era el mejor medio para comunicarse en torno a cualquier asunto criminal de relevancia.
“!Diablos!”, pensó en ese momento Gael, asqueado de antemano por lo que parecía ser el encargo más difícil y doloroso de su vida. El llanto marcó su rostro durante unos momentos, mientras la rabia se agolpó en su pecho. Y entonces, con un repentino mareo, se lanzó a la velocidad de un rayo a la cita convenida. Caminaba aturdido, como si estuviera vencido por algunos tragos de alcohol. Los elementos del paisaje que observaba quedaban por ese mismo hecho convertidos en un desbarajuste total. Los objetos no entraban en sintonía. Llegó al restaurante La Blanca para ver a su enlace, quien se encontraba sentado en la mesa de una de las esquinas del recinto sin mostrar en su rostro y en su cuerpo nerviosismo o preocupación alguna.
–Qué jais, mi firuflais. Toño –así le llamaban al “enlace”– lo miró fijamente a los ojos, y, mientras daba un sorbo a su café, con una voz casi inaudible, le dijo “siéntate acá, a mi lado derecho, acércate con discreción, y escucha. Pero escucha bien”. Y escuchó todo lo que en ese momento tenía que saber, sin necesidad de preguntar tema o detalle, pues Toño en realidad sabía muy poco sobre el asunto, desplegando conjeturas que a Gael le parecían basura simple, y de la mala.
Salió del restaurante tres cuartos de hora después, sin haberse tomado el café con leche que le había servido Patricia, su amiga la mesera. Toño, su partner, le había dicho que era necesario moverse rápido, porque antes de que cambiara el día se esperaba tener alguna buena pista en torno al “quienes” y al “por qué” de aquel crimen extraño, que al parecer se trataba simple y llanamente de un crimen perfecto.