EL-SUR

Martes 09 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

Con la mirada al cielo (novela 2)

Julio Moguel

Diciembre 12, 2025

LASCAS

Memoria y acontecimiento.

Nota bene. En la entrega anterior entregamos una síntesis de la primera parte de la novela (en proceso) que escribo bajo el nombre de Con la mirada al cielo, en la que el investigador privado, Gael Valtierra, después de una noche de ensueño en la que su amada (Luna Sofía) y él, en un espacio-tiempo extraordinario, funden sus cuerpos y almas en una relación sexual que les abre la mente hacia un futuro promisorio y seguro, en la inmanencia sin parangón de lo que parece eterno. Es el 19 de mayo de 2025, y Gael no sabrá, sino hasta el día siguiente en el que, esperanzados por el camino que se les ha abierto por las maravillosas fuerzas del azar o de los cielos, se entera del asesinato de Ximena Guzmán y de José Muñoz perpetrado a las 7 de la mañana en la Calzada de Tlalpan. “Su contacto” de años, conocido simplemente como “Toño”, se comunica con él para decirle que “la jefa” quiere que intervenga personalmente en la investigación del asunto, y lo convoca a verse en el restaurante La Blanca para definir la ruta que habría que seguir para desanudar el nudo. Esta entrega (síntesis del capítulo 3 de la novela), sigue los primeros pasos que tomará el investigador Gael para cuadrar el círculo. Veamos.

I

(El último párrafo de la entrega anterior dice: “Salió del restaurante tres cuartos de hora después, sin haberse tomado el café con leche que le había servido Patricia, su amiga la mesera. Toño, su partner, le había dicho que era necesario moverse rápido, porque antes de que cambiara el día se esperaba tener alguna buena pista en torno al “quienes” y al “por qué” de aquel crimen extraño, que al parecer se trataba simple y llanamente de un crimen perfecto.”).
¿Prisa? Gael no podía tener prisa en ese momento pues el crimen de la Calzada de Tlalpan había dañado también sus capacidades motrices. Eran casi las 10 de la mañana y sus pies se mantenían pegados al asfalto de las calles céntricas de la gran ciudad, en el entendido de que para Gael aquello de “la prisa” no tenía sentido alguno. La línea recta era una curva imperfecta, había dicho en su momento el buen y desdichado Nietzsche, y él seguía esa pauta con toda literalidad. ¿Empezar a revisar cajones? ¿Buscar debajo del tapete? ¿Revisar la estadística de crímenes “de altura” en los últimos años en la ciudad capital o en el país? Pensar de entrada que el asesinato se parecía o no en su “perfección” al asesinato de Colosio le parecía una simple pérdida de tiempo. Lo mismo si el comparativo se hacía con el caso del asesinato de Ruiz Massieu. No, en definitiva. Lo primero que Gael sabía que tenía que hacer era ordenar sus ideas y reparar los daños que afloraban sin recato de su masa cerebral. Tenía que caminar en el centro. Perderse en la multitud. Aplacar el latir severo de su ahora débil corazón con el latir de los corazones de muchos en el tum-tum y ruidos diversos que hacían su fiesta desbocada cada día en el centro de la urbe.
Fue entonces cuando empezó a serenar su cuerpo y su cerebro. En el tramo recorrido se había perdido en la multitud y en el ruido brumoso de tantas voces sin voz y de tantas caras sin rostro. Sería en los pocos minutos del trayecto uno más entre miles. Nadie voltearía a verlo pasar y nadie le daría el “hola” o los “buenos días” de esa mañana imposible. Pero para poder entrar en ese estado de ánimo tenía que alejarse de la plaza del Zócalo, apropiada en ese momento por un aguerrido campamento de la CNTE, organización con la que antaño simpatizaba pero que ahora le parecía centavera y sin un genuino proyecto.
Tomó la calle de Brasil y se dirigió hacia los viejos espacio de Tepito, caminando y pensando sin pensar por las calles más populares y populosas de la urbe. Un perro muerto a la orilla de la calle le dio un extraño sentido de la realidad que ahora estaba viviendo. El perro callejero había sido sin duda atropellado por un automóvil o un camión porque estaba a la orilla de la calle. La cara del animal asesinado por un vehículo equis o zeta no estaba dañada. El cuerpo es el que estaba destrozado, con un charco de sangre que aún fluía hacia el asfalto inerte. Pero la cara del perro era la cara de un perro ángel: sin raspaduras ni nada, como viendo fijamente hacia los cielos; como si así hubiera querido morir.
Nunca se había sentido tan adolorido por un perro muerto encontrado en el camino. Ahora sí. Estaba no sólo adolorido. Estaba aterrorizado. ¿Era ésta la señal de su propia desgracia? ¿Era ésta alguna señal para él relacionada con los muertos de la calzada de Tlalpan? Pensó en Ximena y en José. Muertos porque sí. Así nomás. Seguramente ambos destrozados por las balas pero con los ojos abiertos en dirección al cielo.

2

La mente de Gael se convirtió entonces, de pronto, en un Aleph auraucano, revisitado mucho tiempo después por su amadísimo Borges. Vio, sin piedra tornasolada de por medio, imágenes instantáneas que venían desde su infancia y que recorrían en segundos toda su vida en el momento en que su cerebro se encontraba en trance de perderse en la Nada.
Desconcertado y casi en el punto de morir de ahogo, se paró en el hueco de una calle y vomitó. Extraña materia que salía por su boca y que parecía tener la consistencia y el color de un asqueroso mogote de puritita mierda. Y ya no quería pensar. No quería recordar. Quería simplemente perderse en la multitud.
Y no supo por qué en ese preciso momento recordó a Julio Cortázar haciendo decir a Zavalita: ¿cuándo fue que se jodió el Perú?”.

3

El mismo día del crimen, pero ya en la tarde, Gael entró en materia y dio los pasos prácticos a lo que estaba obligado a dar. Se dirigió a la escena del crimen, entrevistó a cuanto cristiano supuso que tendría que entrevistar, revisó todas las pistas que se habían señalado a nivel oficial y, con sus propios contactos en el Ejército y en otros niveles oficiales, empezó a armar un expediente “base” sobre el asunto. El denominado expediente, sabía, tenía que ser una primera plataforma de datos, sin incorporar en ella sus propios juicios y consideraciones sobre cada uno de los puntos que tendría que “clasificar”.
El asesinato se había consumado un poco después de las 7 am de esa mañana, hora en la que día a día, de lunes a viernes, Ximena recogía a José en la salida del Metro Xola para llegar juntos al trabajo. La camioneta de Ximena Guzmán Cuevas era una Audi negra con placas C50-BHK, registro éste que no necesariamente tenía que hacer Gael, pero estamos hablando aquí de un obsesivo demencial que no quiere dejar pasar ningún detalle en el asunto.
Ximena llegó ese 20 de mayo al punto del encuentro con José, deteniendo su auto frente al número 676 de la Calzada de Tlalpan, casi esquina con la calle Napoleón, junto al bajo puente de la Colonia Moderna. Tres minutos después, justo cuando Ximena abrió la puerta para que se incorpora José, un hombre joven se colocaba de pie frente al parabrisas, para empezar a detonar su arma, una Sig Sauer 9 mm que llevaba ajustado un silenciador. Fueron cuatro los primeros disparos dirigidos muy directamente a la conductora del auto en un círculo milimétrico de aproximación que puede generar envidia de la buena en cualquier disparador profesional. El asesino era un experto.
Pero no bastaron esos cuatro tiros. No al menos en la mentalidad adiestrada del tirador. Porque el asesino dio unos pasos precisos hacia la puerta del conductor, y lanzó cuatro tiros más para que no hubiera ninguna posibilidad de falla en la encomienda. No había pasado el tiempo de un respiro cuando el tirador se dirigió a paso de tigre hacia la parte en la que José estaba por subir al automóvil, y sin decir agua va disparó cuatro tiros más dirigidos a José, quien no tuvo tiempo de entender nada de lo que estaba pasando. Cuatro, más cuatro, más cuatro. Doce balas en total, de las quince que contenía la carga del arma infatigable.