EL-SUR

Martes 16 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Confesiones

Alan Valdez

Marzo 08, 2025

Cuando pensé en cómo titular el texto me di cuenta de que ni he leído a San Agustín ni a Jean-Jacques Rousseau, o como se le dice en español, el señorísimo don Juan Jacobo Rusó. Para nada me siento obligado a titular una columna con el nombre de textos que nunca he leído. Hay personas que nombran a esto tener deudas. Y bajo esa especie de moral lectora, yo debo confesar que le debo mucho al erario de la lectura.
Pero hablando de Juan, voy a invitar a la conversación a otro queridísimo Juan para declararle que usted me regaló las Confesiones de Rusó en junio del año pasado. Y déjeme además decirle no solo eso, sino que efectivamente, insisto, yo a Las Confesiones nunca las he leído, pero de todas formas gracias por el obsequio.
En esa lógica de estar adeudado con el sistema de valores literarios no es que yo no haya tenido la oportunidad de leer, sino que, en realidad, leo muy lento. Y no creo que tenga algo de malo leer lento, ¿o sí? Pero hay algo, entre que me digo que cada quién lee lo que quiere, entre que me secretea el pensamiento de que al leer tan despacio algo incumplo y algo descuido. Me pregunto si es porque suena a su muy cercano compañero de oficina, el tránsito lento, en sus ambas acepciones, la automovilística y la otra gran carretera intestinal. O si porque lo lento, fácilmente lo relacionamos con la pereza. Y pienso también si será porque en este mundo, al parecer el que se tarda, pierde.
Seguro. Eso de que hay que apurarse, hacer una carrera, tener un trabajo, sacar un crédito, pagar el crédito, generar intereses, pagar, generar, pagar, generar. Generar ya sea en contra o a favor, pero hay que producir, replicar, decir, decir, no importa que sea lo mismo y que de tantas veces que se dice ya es pura madera hueca.
Pero toco madera, yo estoy agradecido de vivir en este siglo. Tampoco es que conozca muy bien otros. Así que como una vez alguien me dijo: se baila lo que hay, se canta lo que hay, se come lo que hay y se bebe lo que hay. Las cuatro necesidades básicas del cuerpo moderno. Pero luego, aún y con el aprecio hacia mi siglo, hay veces que simplemente no entiendo cómo habitarlo. Hay gente que está a favor de agradecer las cosas que se tienen porque siempre podría ser peor y, por otro lado, los protagonistas, figuras esculpidas por el dedo bueno de Dios que recomiendan no conformarse, que mejor renegar la siempre insatisfacción de lo presente, desear lo otro, desear. Pero no el deseo que se venera a sí mismo, onanista y dios niño necesario, sino el otro deseo que ni siquiera deseo es, que nació caduco, que en sus intenciones solo está la más estilizada forma del capitalismo.
De todas formas, me levanto, trato de hacer las cosas rutinariamente. A veces me tardo más, a veces me tardo menos. Ahorita hace frío, desde hace quince días reviso si la nieve sigue acá en el Midwest americano, o si ya se oyen más los Pechito rojos en los abedules afuera de mi casa. Sin embargo, tengo la sensación de que llevo prisa. Y no se trata de la puntualidad porque, en realidad, a mí no me gusta llegar tarde, así que, con tiempo de sobra, yo me dirijo a los lugares. Traigo prisa, pero no sé cuál es la urgencia que me apura. Y voy, todos los días. Amanece, luego ocurre lo contrario. Siento que cada día es una prolongación dudosa del anterior.
Traigo reloj en la muñeca derecha.
Recuerdo que hace unos meses, en mi primera semana en la Universidad de Iowa, en una de las actividades de “Conoce tu campus”, me tocó convivir con un estudiante de Vietnam. Me dijo que era de Hanói. Le respondí que sabía muy poco de su país. El contestó que igual, que sabía de Cancún y de El Chavo. De Vietnam solo sigo sabiendo dos cosas. El napalm y Estados Unidos.
Hablé muy poco con el vietnamita que usaba un nombre gringo para no tener que pasar por el largo proceso de repetir cada letra de su nombre. Se hacía llamar Billy. Pensé que, en efecto, sí me daba la impresión de que se llamara Billy. Me habló de su novia en Hanói. Él se comía apresurado su pedazo de pizza llena de cátsup, la cual, en cada mordida se salpicaba en su playera blanca rotulada con la palabra Nintendo. Yo comía manzana. Sentí envidia y me dio hambre de verdad.
Cuando me levanté y le di la mano, me dijo que por qué usaba el reloj en la mano derecha. La última palabra que dijo fue mujeres. No recuerdo qué le contesté. Apretamos una vez más las manos. Dije See you around Billy! mientras me alejaba por un pasillo lleno de estudiantes esperando por su comida y Billy ondeaba la mano al mismo tiempo que mordía de nuevo la pizza llena de cátsup.
Me entretuve unos segundos más indagando por qué históricamente los hombres usarían el reloj en la mano izquierda y las mujeres en la mano derecha, después pensé en lo que realmente quería decirme y fue sobre qué clase de idea se habrá hecho Billy sobre mi sexualidad. Si Billy hacía un censo chismoso donde contaba el reloj en la mano derecha, el arete, el cabello y otras cosas más.
La oreja que tengo perforada es la derecha. Lo hice en una estancia de dos semanas en Xalapa. Yo tenía 21 años. Ese verano además de la argolla en la oreja, adquirí un libro de Rimbaud y la primera idea de la imaginación al escuchar una conferencia en la Universidad Veracruzana.
Después de la conferencia fui a mi habitación de hotel. Dejé mis cuadernos y acabé de tomar el dinero que quedaba sobre el buró. Me fui a comer un pedazo de pizza. A mi lado estaban estudiantes de preparatoria. Una de las estudiantes repartía los pedazos de pizza, otra las servilletas, más tarde pasaban el bote de cátsup de un lado a otro, la salsa inglesa y la salsa de soya. Le echaban salsa Valentina también. Cuando era el turno de la salsa Búfalo, una de las muchachas, ya sin muchas opciones, decidió golpear el bote de La Costeña más fuerte de lo normal. El chorro fue certero y muy generoso. Y su amiga, coleta, pelo recogido hacia atrás, se replegó para esquivar. No esquivó. Imposible. Comenzaron a gritar. Yo, por la tarde, regresé a Chihuahua.
Era octubre. Los inicios. La ciudad de Chihuahua en esas primeras semanas de otoño no es severa. El sol calienta, pero no ahorca y las noches son frescas. Falto por tercera vez en la misma semana a las clases. No pienso en las posibles represalias, solo continúo mi danza insípida pero entretenida donde voy de un cuarto a otro, bebiendo con personajes de los que recuerdo la risa, sobre todo. Me divertí. Vi los principios más llenos de tacto que cualquier historia necesita para no desheredarse sola.
Estaba yo con el personaje principal de una de esas historias. El reconocido Chuy Cara de Loco que, por un tiempo, presumo, fue mi mejor amigo.
El dueño de la casa donde ocurre la historia deja solos a cinco universitarios y al 35añero de Chuy que cursaba el tercer semestre en Lengua Inglesa. Andamos todos bien bruja, sin feria, no efe, nada de nada. Pasa que se compran colchones, refrigeradores, estufas. Melvin, dueño y su esposa se habían ido. Esperaban al dealer al lado del carrito de Hot Dogs, cerca del puente de la Av. Pacheco. Nosotros quién sabe qué esperamos. Ellos se tardan. Chuy, oficio y talento, chifla, señala, saluda, oferta y pacta. Chuy Cara de Loco carga sobre su espalda la estufa Whirlpool. Mientras la va moviendo a la salida, a la estufa se le caen unos pliegos papel de aluminio llenos de aceite y una de las hornillas. Chuy funda un mito. Consigue 150 pesos. Y se beben unas caguamas y una bolsa grande de Chips Jalapeño.
Con mis amigos de la universidad no hablo. Me fui de la ciudad y pronto procuré pausar toda forma de comunicación. Ese año viajé por primera vez a Michigan. Era el 2017. Cuando regresé a Chihuahua después de esos primeros seis meses en Estados Unidos, mi relación con mis amigos dejó de ser la misma. Nos encontramos en un territorio aparentemente conocido, pero pronto dejamos de reírnos de las mismas bromas.
El año pasado vi a mi amigo Octavio. Sentados en el patio de enfrente de la casa. Carros sobre Avenida Abolición de la Esclavitud y niños yendo a practicar al Taekwondo del gimnasio de al lado. Compartimos cigarros, algunas observaciones sobre lo mucho y lo nada. Los acuerdos nos los aplaudimos rápidamente, pero las diferencias, esas las guardamos para después. Me contaste sobre tu padre enfermo. No supe qué decirte. Oímos música que nos generaba complicidad desde la universidad. Nos recordamos ahí, en las bancas del Jardín de Epicuro en la Facultad de Filosofía, hablando de las morras que a veces nos hablaban y de estar leyendo el Quijote en clase. Tú acabaste el Quijote. Yo no pude leerlo. Solo hojeé sus casi 1200 páginas en la edición conmemorativa. La había conseguido en usados a 200 pesos. La compré en abonos.
En el 2023 estuve en un curso del Quijote, de nuevo, por circunstancias que, aunque parezcan erráticas, en realidad están más que decididas. No lo leí otra vez, pero hice otras cosas. Vivía en la calle Isabel La Católica esquina Fernando de Alva Ixtlilxóchitl.
Ahora que de nuevo estoy estudiando, tengo una clase de Literatura Colonial. La maestra pregunta que cuál fue la razón de elegir su materia. La palabra otro se menciona, pero pronto se olvida y se comienzan a contar anécdotas de Sudamérica y sus comidas. Se inicia la clase con una de las entradas del diario de Colón. 12 de Octubre de 1492. D´e ellos son del color de los canarios, ni negros ni blancos, y d´ellos de lo que fallan. Somos de diferentes lugares de Latinoamérica. Perú, Argentina, Venezuela, México, Guatemala, Bolivia.
Los últimos minutos de la clase los usamos para repartir las presentaciones que tenemos que hacer a lo largo del semestre. Leo el nombre, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl en la lista de textos a discutir.
Cuando tenía que dar instrucciones para llegar a mi departamento en la Colonia Obrera, se me hacía más sencillo dar el nombre del Motel de al lado del negocio Suajes y Suajado Rodo que decir la calle Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, ahí justo esquina con Isabel La Católica.
Confieso que ahora que llegué a este punto donde tengo que comenzar a hablar del lugar en el que estoy viviendo para terminar de hilar la narración, no sé realmente qué decir. Me ocurre desde hace semanas que siento que llevo prisa, bastante, así que soy más horario que persona. Si realmente puedo confesar algo, es que hace mucho no sé por dónde empezar.