EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Construyendo una cultura de paz

Jesús Mendoza Zaragoza

Noviembre 11, 2024

¡Cuánto duelen y seguirán doliendo acciones violentas que ya rebasaron las que ya conocíamos! Ya no hay seguridad ni para los niños, ni en la propia vivienda, la que ya no puede considerarse como un espacio seguro. Duele Tres Palos, duele Cuajinicuilapa, duele Tecpan de Galeana, duele Acapulco, por hablar sólo de la costa guerrerense. Si ampliamos el horizonte, decimos también, duele Chilpancingo, duele Taxco, duele Iguala, duelen los pueblos de la Montaña y de la Sierra y duele toda la Tierra Caliente. Si miramos el país, podemos decir que duele Chiapas, duele Sinaloa, duele Guanajuato, duele Michoacán. Cuánto dolor acumulado a lo largo de los años y, sobre todo, de los últimos.
Tanto dolor requiere respuestas, las respuestas necesarias para ayudar a resistir y a sanar ese dolor que amenaza con destruir a personas, familias y comunidades. ¿Cuáles han sido las respuestas que ha dado la sociedad como tal? ¿Y los gobiernos? ¿Y las universidades? ¿Y las empresas? ¿Y las iglesias? Ha habido de respuestas a respuestas. O, al menos, intentos de respuestas. Algunas de ellas han ayudado a calmar el dolor y otras lo han acrecentado. Otras respuestas han puesto de manifiesto la indiferencia ante el dolor. Esa indiferencia duele más que el mismo dolor.
Convocada por el Consejo Interreligioso de Guerrero, del cual es parte la Arquidiócesis de Acapulco, una marcha por la paz para el día 17 de junio del año 2006, como la primera acción pública, de carácter ecuménico, se dio en Acapulco. Con la así llamada “guerra contra el narcotráfico” del entonces presidente Felipe Calderón se sucedieron por aquellos años una serie de acciones violentas que incluyeron el enfrentamiento de la Garita entre policías preventivos y pistoleros del Cártel de Sinaloa, el 24 de enero de ese año, que dio pie a la posterior exhibición de tres cabezas, precisamente en dicho lugar. La marcha convocada por las iglesias era una respuesta al ambiente de violencia de ese tiempo.
Desde ese momento, se sucedieron asesinatos, desapariciones y secuestros, mientras que el arzobispado de Acapulco hacía llamados a la paz, mismos que no eran escuchados y, por lo mismo, tenían escaso impacto. En el año 2010, la Conferencia del Episcopado Mexicano publicó la exhortación pastoral “Que en Cristo nuestra paz, México tenga vida digna”, que exponía una estrategia pastoral para que las diócesis mexicanas se animaran a construir la paz desde los ámbitos eclesiales. En Acapulco se dedicó tiempo para estudiar esta estrategia pastoral con el fin de adaptarla a nuestro contexto. Se creó la Comisión de Justicia, Paz y Reconciliación que coordinaría las acciones diocesanas orientadas a la construcción de la paz. De esta manera se desarrollaron algunos proyectos como el acompañamiento a víctimas de las violencias, los grupos de apoyo a mujeres, jóvenes constructores de paz, catequesis para la construcción de la paz y otros más. El proyecto que tuvo más expansión ha sido el de acompañamiento a víctimas, que se han compartido con otras diócesis de México, de Honduras y de El Salvador.
Concebimos la construcción de paz como una forma de evangelizar en contextos de violencia, cuando se destaca la dimensión misericordiosa y pacificadora del Evangelio de Jesús para transformar las conciencias de personas y comunidades. De este modo, construir la paz no ha significado una tarea alternativa, puesto que es parte de la misión de la Iglesia. Construir la paz ha sido la forma de activar la dimensión espiritual de la paz, que tendría que ser secundada por acciones sociales, políticas y económicas.
En el año 2020 la Arquidiócesis de Acapulco se planteó cuáles tendrían que ser las tareas específicas de la Iglesia para el tema de construcción de paz –en nuestro VI Plan Diocesano de Pastoral– y se llegó a la determinación de que tendría que ser la construcción de una cultura de paz. Y se propuso convertirla en la primera prioridad pastoral de las parroquias de la costa guerrerense, que nos abriría nuevos horizontes específicos. Esta decisión ayudaría a proyectar la dimensión cultural del Evangelio, es decir, su inculturación que busca transformar con la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad, que están en contraste con la palabra de Dios y con el designio de salvación. El reto significa que desde el mensaje del Evangelio surgen pensamientos de paz, sentimientos de paz, actitudes de paz, capacidades y habilidades personales y comunitarias que faciliten procesos de paz en las parroquias y en las regiones en las que tenemos presencia.
Los valores del Evangelio de Jesús que facilitan la construcción de esta cultura han sido la misericordia, la compasión y el amor fraterno. Al lado de estas actitudes, el VI Plan Diocesano de Pastoral propuso la pastoral de la consolación y la pastoral de la esperanza. Sin excluir los demás valores, estos se convirtieron en una fuente de solidaridad con las víctimas de las violencias, valores que fueron promovidos con especial interés. ¿Qué busca la Iglesia hacer con el acompañamiento a las víctimas? Este programa pastoral fue concebido como un camino de prevención de nuevas violencias puesto que, si las víctimas no son atendidas, fácilmente pueden dar el paso para convertirse en victimarias. De hecho, casi todos los victimarios han sido, previamente, víctimas de violencia en su infancia o juventud. Como no tuvieron el acompañamiento necesario, dieron el paso para convertirse en actores violentos. Además, la Iglesia buscaba que ellas mismas se convirtieran en constructoras de paz a partir del dolor transformado en solidaridad con otras víctimas.
Una consecuencia de la construcción de cultura de paz, será el fortalecimiento o la reconstrucción del tejido social, forjando lazos comunitarios mediante la presencia de animadores. El tejido social ha experimentado en los últimos años un gran desgaste debido a la desconfianza, a la desesperación y al miedo que se ha sembrado en las conciencias y en las familias. Cuando el tejido social de las comunidades urbanas, campesinas o indígenas es fortalecido, éstas cuentan con un gran potencial para procesos de concientización, de organización y de movilización con una trayectoria de construcción de paz. Abandonan la resignación y fortalecen la esperanza para hacer caminos específicos de solidaridad y de ayuda a quienes son aún más vulnerables.
La construcción de una cultura de paz implica procesos educativos que suelen ser sencillos o complejos según sus propios contextos. El enfoque educativo se dirige a la conciencia para que se convierta en un espacio crítico, con el objeto de liberarse de prejuicios, generar actitudes que ayuden a mirar la realidad y para tomar decisiones enfocadas a desarrollar caminos sostenibles de reconstrucción del tejido social y de fortalecimiento comunitario. Este camino educativo implica capacidades para el encuentro, para el diálogo, para el perdón y para la solidaridad y para la reconciliación.
Cuando la Iglesia, desde el ámbito espiritual, propone la cultura de paz como una mediación necesaria para la construcción de la paz, se abren caminos en la conciencia personal y –como consecuencia– también en la conciencia comunitaria se generan actitudes fundamentales para establecer relaciones horizontales de fraternidad y de vida comunitaria. Se aprende a desactivar las violencias internas –en las personas y en las familias–, a resolver conflictos de manera pacífica y a manejar constructivamente las emociones del miedo, la tristeza y la rabia.
La cultura de paz está sostenida en actitudes, convicciones y conductas que se orientan a la construcción de paz. Hace capaces a las personas de resolver sus conflictos internos y de ayudar a resolver conflictos en la familia y en la comunidad, de resolver las invisibles violencias que suelen darse en el entorno familiar, de sanar las heridas del pasado que todos traemos y de cumplir con las leyes buscando el bien común, entre otras cosas.
Las familias necesitan de un espacio seguro en su casa, libre de violencias, para el cabal desarrollo de cada uno de sus miembros. Con la cultura de paz se pueden resolver -en términos de posibilidad- todas las violencias con actitudes de paz. Se protege a los niños no nacidos, se cuida a la familia, a los hijos, a los vecinos, se acompaña de diferentes maneras a quienes sufren o han sido violentados. Las familias resultan las primeras beneficiadas por la cultura de paz.
Esta es una tarea que la Arquidiócesis de Acapulco está intentando hacer para contribuir, al lado de otros actores sociales, a la construcción de la paz en los territorios en los que tiene presencia. La cultura de paz es semejante a la preparación del terreno para sembrar semillas de paz, es poner condiciones subjetivas –en personas, familias y comunidades– para que la paz sea posible y cada quien haga lo propio en esta tarea fundamental de poner las condiciones necesarias para vivir en paz.