EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Conversación a las 6 de la tarde

Alan Valdez

Junio 24, 2023

COSAS QUE LA GENTE OLVIDA

Para los que se fueron
y para los que no se han ido.

Pasaron 10 años para volver a reírme así, dijiste. No entendí de inmediato a qué te referías. Primero creí de manera muy ingenua que en realidad hacía 10 años que no te reías para nada, pero abandoné esa idea rápidamente, porque nadie, o al menos eso quiero suponer, podría pasar una década sin arrugar los cachetes en un espasmo sonoro que indicara la aceptación de una deformidad en el mundo, que, hasta antes de haber sido revelada en el humor, no sospechabas que existía.
Pero aquí no es momento para elaborar una teoría de la risa ¿Cuándo lo es?, me podrían preguntar ustedes. Bueno, no lo sé. Miren por su ventana, seguramente Dios se acaba de resbalar con la cáscara de un plátano primigenio y absoluto y el universo, gracias a esa caída, volvió a ser inventado. Y qué lástima, porque todo sigue siendo exactamente igual. Yo, por ejemplo, no he ido a pagar la luz y mañana la cortan. Así que me río, sobre todo de los CFEmáticos que nunca funcionan.
La siguiente cosa que pensé y que en realidad ya no seguí indagando, es que entre tu humor y el mío había algo que estaba completamente intacto como para que el reflejo venido de quién sabe qué lugar del pasado, se volviera articular de la misma manera. Supongo que es verdad cuando dicen que la gente nunca cambia. Supongo que es verdad también cuando dicen que todo, siempre está cambiando. Yo qué voy a saber de esas cosas, pero les propongo de nuevo mirar por la ventana y pensar si el yo que no miraba y que ahora observa a través del cristal, es el mismo. Luego platicamos de eso.
El reencuentro iba dirigido de manera natural y predecible hacia una plática que tendría como principal motivo, ponernos al día (¿si uno no se quiere acordar de algo entonces se dirá, quitarnos al día?). Hablar de lo demás, pues, de lo que no se salva de la violencia de los años. Una enumeración enteramente caótica para el que escucha, porque reacomodar la vida en una conversación, lleva consigo la condena de nunca abarcar el orden cronológico y preciso de los hechos, en favor de intentar compartir la emoción de lo que, para uno, que está narrando, es la cosa realmente importante. Lo que duele y lo que se ha amado. Lo que se pervirtió y lo que acaba de nacer. Lo que se quiso decir y lo que jamás, jamás se dijo.
Cuando uno se reencuentra con alguien lo que está en juego nunca será el presente, porque no hay tal cosa entre dos personas que hace bastante no se ven. Así que la gran acrobacia de este tipo de situaciones, es fundar un mundo a partir del recuento de las virtudes y los daños de vidas separadas, ni siquiera para asumirse en esta hora como dos seres humanos que comparten el siglo, sino porque ante tanto tiempo transcurrido, un café a las 6 de la tarde parece una broma que sólo es posible aplacar diciendo, te acuerdas cuando solíamos ir a no sé dónde, y pues que sí nos acordamos.
Esa combinación de datos regalados por el otro, además de enmarcarse bajo el ánimo de la generosidad, también revela que todos los seres humanos estamos hechos para contar. La única diferencia es que algunos tienen la tremenda osadía de volver eso un oficio y aún más desvergonzado, ganar dinero haciendo tal cosa. Pero yo tampoco sé de eso.
Así que uno va eligiendo, según qué tan exitoso sea el otro, las mejores versiones de las cosas nimias o importantes que creemos, se adecuan para darle una buena impresión al que tan atentamente (¿sí?) nos está escuchando. Decidimos cuáles escenas vamos a compartir para que nuestra vida suene lo más ambiciosa, amable y dolorosa posible según lo que el otro nos haya contado.
Si el otro es más exitoso que uno, entonces jugamos la carta de que la vida ha sido tan injusta, porque un tremendo sueldo laboral y vacaciones en Europa no van a opacar, al menos en esa conversación, un divorcio, la pérdida de familiares o la enfermedad de un niño pequeño.
No se trata de vergüenza únicamente por sentirnos juzgados o minimizados a partir de la vida ajena, sino es una situación mucho más amplia, que implica saber qué tanto el otro sigue siendo ese ser humano inicial que solíamos conocer. La medida de los fracasos, dolores o logros de ese otro, sirven en ese momento del café de las 6 de la tarde, para aceptar qué tan distinta y desconocida ya es esa otra persona, porque no podemos dimensionar todo lo que le ha pasado y está bien, siempre ocurre.
El verdadero reencuentro, el que pretende ser una irrupción del presente, se da, no por el gesto de compartir la bitácora del dolor o la alegría, sino solo es en el vaivén donde ambos protagonistas de la conversación admiten situaciones tan similares y excesivamente recíprocas, que la vida ajena, renunciando a ser lección o guía para el éxito, se advierte como se solía distinguir antes del desprendimiento: un pleno y total anuncio en nosotros de que el pulso de quien está enfrente es también el nuestro como alguna vez lo fue.
Y uno siente casi como si estuviera respirando el aire que recorría el mundo hace una década, porque ambos por fin se reconocen y se abrazan con la vista y se sonríen porque por segunda vez en el siglo tuvieron la oportunidad de conocerse de nuevo. Esto es hermoso, sin necesidad de elaborar literariamente nada.
En la Odisea, cuando Ulises por fin llega a Ítaca pasados 20 años de travesías por el exterior y el interior humano, el único que no le compra su disfraz de mendigo es Argos, su perro. Animalito imposible que vivió 2 décadas sólo para esperar ese reencuentro con Ulises. Ni siquiera Penélope, su esposa, la eterna costurera, lo pudo reconocer de inmediato con ese disfraz que Odiseo le solicitó a Atenea, para no ser descubierto por los pretendientes que estaban dispuestos a matarlo tan pronto como él llegara a la isla.
Ulises se da cuenta de que su perro lo ha reconocido, ambas vidas se cruzan nuevamente con todo el peso que sólo 20 años pueden darle al cuerpo. Es ahí donde la reciprocidad de ambas esperas se cumple, es en esas circunstancias tan similares donde la ambición de dos cuerpos separados está clausurada, y tanto es así, que el perrito, después de ese reencuentro, muere.
En nuestra conversación que inició a las 6 de la tarde, ninguno de los dos, afortunadamente, murió después de habernos visto, pero ocurrió que tuvimos que buscarnos en esa maraña de cuerpo atravesado por los años en que nos habíamos convertido. Esta cosa de abandonar la fisionomía adolescente para concretar cuerpos enteramente adultos. Ese disfraz de personas comprometidas con el movimiento asquerosamente competitivo que regula al mundo, esas caras que habían sido delineadas ahora con años de estar mirando hacia en frente para saber si había algo más que sólo aire y polvo.
Y aunque nadie lo dijera explícitamente, los dos estábamos haciendo lo mismo: investigábamos la figura que cada quién había adoptado. Allá unas canas, acá unas arrugas. Allí unas cicatrices visibles, acá otras invisibles pero que se sugerían en la última palabra de cada oración dicha en nuestra plática.
Pedimos la cuenta. Hicimos un comentario sobre el clima que más bien trataba de rellenar un silencio no incómodo, pero sí consecuente con estar hablando casi dos horas sin parar. Quisimos arrebatarle más presente al presente y decidimos caminar por las veredas que recorríamos cuando éramos apenas unos adolescentes creyéndose adultos.
Ahí los árboles se miraban, no diría que igual, porque hubiera sido excesivamente reduccionista, sino que estaban recordándose en el ciclo de lo que vive y muere, pero sin mostrase rendidos, porque ellos saben que esto de estar aquí no se trata de una degradación biológica simplemente, sino que existir en esta hora, es, ante todo, una metáfora contra la nada, y sólo en las metáforas contra la nada es posible sí, la tristeza, sí, la corrupción del cuerpo y sí, el veneno, pero también el amor y todas sus maneras.
Nos despedimos y en el abrazo nos fue regalado a ambos la imagen del abismo que habíamos construido por 10 años de no sabernos, pero también en ese mismo abrazo nos fue dicha una pequeña y breve verdad: qué gusto verte y qué hermoso es estar vivos.
Seguí caminando mientras veía tu auto alejarse. Recordé que antes de subirte nos dijimos que estaría bien vernos pronto, que nos mantuviéramos en contacto. Todas esas cosas que uno dice animado por la emoción de lo que no se ve. No tengo idea de cuándo nos volveremos a ver. No sé si sea mañana cuando hayas leído esto. No sé si en otros 10 años. En realidad, no tengo idea, pero sabes una cosa, está bien, la necedad de saberlo todo es peligrosa y yo ahora no tengo prisa de llegar al día siguiente.
Caminé en realidad bastante tiempo. Tanto que pensé que la noche no me alcanzaría. Pero me alcanzó. Toqué la puerta de una casa en la que hacía bastante no estaba. Me abrió un yo que hace mucho no veía. Nos abrazamos. Sentí anunciarse otro abismo y también sentí cómo desapareció en ese mismo momento. Me dijo, ¿dónde habías estado? Y yo sólo contesté, has escuchado de esa terquedad que tienen algunas personas no sólo de contar su vida, sino que además se atreven a cobrar por hacer eso. Bueno, pues eso he estado haciendo.
Me preguntó también si había sido suficiente, si ahora entendía más esa cosa que vive adentro de uno y que regularmente se aparece justo en ese momento de silencio cuando se han terminado de comer las 12 uvas en la fiesta de año nuevo. Me empezó a hacer tantas preguntas sin darme chance a contestar que tuve que decirle, Oye, qué harás mañana a las 6 de la tarde, hace bastante que no nos vemos, estaría bien platicar y quitarnos al día.