EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Corrupción en Acapulco

Anituy Rebolledo Ayerdi

Abril 07, 2016

Vírgenes de contrabando

El cura párroco de La Soledad encabeza una manifestación de feligreses marchando por la playa Grande hasta llegar a la punta de Tlacopanocha, embarcadero de la nao de Manila. Allí exigen la entrega de dos imágenes religiosas incluidas en un cargamento declarado ilegal y por ello incautado por los oficiales reales. Ni las súplicas con pase automático al reino celestial y tampoco las posteriores anatemas luciferinas ablandan a tan estrictos servidores del virrey. Rechazan hurgar en el cargamento embargado en busca de dos imágenes de la virgen del Rosario, embarcadas en Perú con destino a la parroquia acapulqueña. Por lo demás, ya no había tiempo porque la nave había empezado a moverse rumbo al virreinato peruano. Los protestantes regresan indignados al templo sin las esperadas imágenes, mentando madres pero solamente con el pensamiento.

Los penales

Los custodios de la cárcel de Acapulco y de todas las de la Nueva España tenían la obligación de bajar a los calabozos por lo menos dos veces al mes. Verificaban si los presos seguían en sus celdas y si allí estaban exhortarlos a confesar sus delitos sin necesidad de lavativas de ácido o fierros candentes. Se darán casos en que tal revisión se desatienda por meses, como será el caso de la reclusa Catalina de Campos, acusada de asesinar al marido, cuyo cuerpo fue encontrado comido por las ratas.
Los mismos custodios acostumbraban a quedarse con el producto de los hurtos de los ladrones que caían en sus manos: dinero, joyas, sedas, porcelanas chinas, encajes de Flandes, etc., impidiendo que llegaran a las autoridades judiciales. A cambio, los reclusos gozaban de privilegios como recibir comida de sus familiares y disfrutar de visitas femeninas. El médico de la prisión entraba en componendas con los reclusos para declarar a un reo víctima de una enfermedad contagiosa, recomendando su excarcelación para evitar su propagación en el penal. Lo que costaba un ojo de la cara.

Marquesado de Acapulco

El rey Felipe V de España declara el Marquesado de Acapulco justificándolo en razón de “la gran importancia alcanzada por el puerto”. Una importancia que ya sumaba dos siglos, por cierto. Expide en consecuencia –el 18 de noviembre de 1728–, el título de Marqués de Acapulco a favor del señor Gonzalo Mesía de la Cerda y Valdivia. Paisano y conocido suyo, por supuesto y rico sin duda. La marquesa, doña Luisa Pérez Vargas y Suárez de Mesia de la Cerda es la más entusiasmada con el título. A ver ahora quien se atreverá llamarla “Licha” o “Lichita” y no señora marquesa.
A propósito, la primera visita de la marquesa Pérez Vargas a sus dominios será inolvidable. Apenas pisa suelo acapulqueño empieza a sufrir bochornos y sofocos uno tras otro hasta llegar a un soponcio con pérdida de los sentidos. La temperatura canicular del puerto le daba una bochornosa bienvenida, agravada por lo vaporoso del vestido. Y era que para impresionar a sus vasallos, doña Luisa vestía a imagen y semejanza de la reina de España, doña Bárbara de Braganza. Envuelta en ropajes de pies a cabeza. Sobre la piel los calzones, gruesos necesariamente por si en Acapulco había violadores, seguían las calzas y las enaguas de lino. Venían enseguida los fajos y refajos para lograr la ansiada “cintura de avispa”, acumulándose enseguida crinolinas, sedas brocadas, satines, terciopelos, cofias y joyas, muchas joyas.
Tan mal se sentía la marquesa que ordenará la salida inmediata de aquella hornilla. Suplirá sus ropajes con sencillas enaguas y blusa de algodón prestadas por una negritilla a su servicio. ¡Coñetas, a lo que puede llegar una amiga de reyes! Ya en plena huida reprochará al marido haber aceptado “un pedazo de infierno” como marquesado junto con la advertencia de nunca más volver. Y una última sentencia: “¡Nada más que yo sepa que lo compraste, viejo pendejo!”.
Los marqueses de Acapulco durante la primera mitad del siglo XX sumarán seis, todos pertenecientes a la dinastía original de los Mesía y de la Cerda. Vendrán enseguida los marqueses Del Prado con varios segundos apellidos: Marín, Lisboa, O’Neill, Rúspoli y Narváez. Este último, José Miguel del Prado y Narváez, se ostentaba en 1991 como el XI marqués de Acapulco y quizás aún lo sea.
Como aquí nunca en siglos se ha sabido nada sobre la existencia de tal marquesado –residencias, negocios, amigos, socios, etcétera–, bueno sería estar alertas. No sea que un día de estos se presente el tal Marqués de Acapulco a reclamar su bahía. Y que no venga solo sino acompañado por la Séptima Flota del Pacífico, a ver que vamos a hacer. Una cosa será cierta: no faltarán las bienvenidas entusiastas y los panegíricos lacayunos por parte de preclaros ciudadanos acapulqueños. Como siempre, pues.

Don Hernando, el marqués

Un marquesado pequeño geográficamente y muy pobre económicamente será este de Acapulco comparado con el marquesado del Valle de Oaxaca. Fue otorgado a Hernán Cortés por el rey Carlos V “por sus servicios a la corona y especialmente por el descubrimiento y poblado de la Nueva España”. Una superficie que comprendían porciones de la ciudad de México y de los estados de Veracruz, Morelos y México. Y dentro de estas últimas la bahía vecina llamada justamente “puerto del Marqués”, de don Hernando y de nadie más. El vasallaje del conquistador superaba los 20 mil individuos, todos bajo su tutela civil y militar, además haciendas y no pocos ingenios azucareros.
Cuando el todopoderoso marqués del Valle de Oaxaca viaje a España y allá muera, su vasto señorío quedará en manos de sus hijos Martín Cortés, hispano y marqués, y Martín Cortés, mestizo y caballerango. Ambos se comportan como el padre osando incluso conspirar contra el rey Felipe II. Arrastran en el movimiento a los hijos de varios otros conquistadores. El monarca descabeza de un plumazo el movimiento y expulsa a los hermanos Cortés de la Nueva España, condenándolos a nunca más volver a estas tierras. El resto de los conspiradores sufrirán cárcel u horca.

Fragata Santa Rosa

La adquisición de la fragata Santa Rosa, recién llegada de Nueva Gra-nada cargada con cacao, es acordada por el virrey Joaquín de Monserrat. La convertirán en barco de guerra para defender al puerto de los piratas. El propietario de la embarcación, Antonio Pimentel y Sotomayor, de Lima, Perú, cierra la operación en la ciudad de México corriendo el año de 1761. Ya con la bandera española en su palo mayor, asume el mando de la nave el marino gallego Francisco Xavier Estorgo Gallegos.
El avalúo de la embarcación era un procedimiento exigido por el virrey haciéndose cargo del mismo Manuel Ramírez Arellano, contador real de las cajas de Acapulco, y don Alonso de Mella, contador mayor decano del Tribunal de Cuentas de México. Ambos tendrán la facultad de autorizar los gastos que sean necesarios para la conversión de la fragata.
Su capitán Estorgo Gallegos verifica la instalación de los 12 cañones y aprueba la colocación del palo del trinquete, por cierto, cortado y labrado en Chilpancingo. Más tarde se las verá con el capellán de a bordo, Rafael Pacheco, negándose a partir por haber visto en el cielo presagios de un desastre. Mientras convence al curita, el capitán dispone la instalación de siete cañones de repuesto, con 400 balas y dos culebrinas. Finalmente y una vez que el padre Pacheco lo ha bañado con agua bendita, el Santa Rosa inicia su viaje de prueba.

¿Corrupción?

La nave va. Ésta, la corrupción, se destapa cuando apenas ha zarpado el Santa Rosa. Los reclamos empezarán entre funcionarios hacendarios culpándose unos a otros el haber inflado los costos de la conversión. Se reprocharán haber rechazado el presupuesto por 45 mil pesos presentado por el capitán Estorgo Gallegos, para aceptar el de Vicente Vera que ascendía a 73 mil 336 pesos con dos tomines y seis granos. No podrá confrontarse a los valuadores porque Vera, traído especialmente de Veracruz, había muerto misteriosamente en su hospedería.
Se sumará a la serie de irregularidades la exigencia de salarios caídos por parte de los jornaleros de la Santa Rosa y entre ellos Marcos Sánchez, Joseph Chavelas, Joseph Velarde y los hermanos Josef y Pablo Simón. Irritado, el gobernador Fernando de Monserrat ordenará el pago a estos trabadores con recursos de las Cajas Reales.
Quien pagará el pato y hasta los platos rotos será Esteban de la Carrera, tesorero de Acapulco, llevado prisionero a la capital de la Nueva España. Se le acusará de haber manejado en su beneficio el presupuesto para rehabilitar la Santa Rosa y por ello sus bienes serán confiscados. Correrá la misma suerte Juan Varela, oficial mayor de las Cajas Reales.

De Gálvez

El visitador general José de Gálvez es un bicho raro para quien la corrupción es un crimen y como tal debe castigarse. Es por ello que apenas llega al puerto empieza su lucha contra los corruptos. Está dispuesto a desterrar la fama de Acapulco como “el puerto más corrompido de la Nueva España”.
Para empezar envía a la hoguera el reglamento confeccionado a modo para regular el comercio asiático y suspende al personal aduanal con malos antecedentes: oficiales reales, escribanos y demás. Él mismo se pone al frente de los funcionarios encargados de valorar la mercancía a bordo de las naves, con el propósito de determinar el monto de las alcabalas. La primera ocasión en que lo hizo se encontró con un cargamento reportado con valor de 132 mil 500 pesos y que él mismo valorará en 797 mil 759 pesos. Esto es solo el principio, se dijo.
La respuesta del poderoso comercio transoceánico no se hizo esperar. Acusan a Gálvez de vulnerar costumbres inveteradas y amenazan con parar sus actividades si no se regresaba a los tradicionales usos y costumbres. Gálvez se entera entonces que lucha contra una de las muchas caras de la propia monarquía. Grupos con influencias en las más altas esferas reales incluido –“nadie lo hubiera imaginado”–, el Consejo de Indias de Sevilla, responsable del gobierno de las colonias. Gálvez es obligado a renunciar. “Se trata de una cuerpo criminal mejor organizado aun que el propio virreinato”, sentencia al regresar al terruño.

La pareja virreinal

José de Iturrigaray, el virrey número 56 de los 62 que gobernaron la Nueva España, segundo del siglo XIX, favorito de Manuel Godoy, a su vez “la niña de los ojos” del rey Carlos IV, excederá en rapacidad a todos sus predecesores en el Nuevo Mundo. Dictamen implacable de sus gobernados quienes, no obstante repudiarlo, tendrán que soportarlo durante cinco años. Y es que ya eran mexicanos, pues.
Desde que bajaron del galeón que los trajo a Veracruz, José de Iturrigaray y la señora De Iturrigaray permitieron con su trato y maneras un juicio acertadísimo de las mujeres veracruzanas: “Luego se ve que la vieja guanga esa manda al viejo pendejo”. Y en efecto, en la pareja doña Inés de Jáuregui y Arástegui tenía la última palabra. La dirá cuando el marido le urja prontitud para salir inmediatamente a la capital. “Lo siento, Pepe, pero antes voy a vender algunas chácharas que me estorban”.
Ante el azoro del atildado virrey, la dama abre dos grandes baúles de su equipaje para poner a la venta sus remilgos: camisones, batas, vestidos, zapatos, mantillas y mil chucherías. La multitud reunida en los muelles se agolpa en torno a la señora de Iturrigaray y en un santiamén dan cuenta de aquella mercancía de segunda mano. Ya a bordo de la diligencia con destinos a la ciudad de México, ella presume su ganancia: 119 mil pesos. Si así son todos los novohispanos, Pepe, nos vamos a regresar millonarios, vaticina.
Apenas Iturrigaray asume el virreinato, doña Martita, perdón, doña Inesita se adueña de los controles de las fuentes productivas de la Nueva España. Ella tendrá que ver con la venta de empleos, el comercio del papel para cigarrillos, del azogue para el beneficio de los minerales e incluso de la confección de uniformes para el ejército y la burocracia. Otorga concesiones para minas y salinas además de permisos para ferias, garitos y palenques de gallos. Mantendrá un riguroso control sobre la nao de Manila y de la Feria de Acapulco, exigiendo su parte siempre generosa.

Humboldt

Por cierto, a dos meses de la llegada de la “pareja virreinal”, lo hace a Acapulco el barón Alejandro de Humboldt. Los inspectores aduanales asaltan su barco a mitad de la bahía pues sospechan la existencia de un contrabando millonario. Será el propio científico germano quien les ofrece la bienvenida a bordo y sin muchas explicaciones extiende a los servidores reales un documento cuya rápida lectura los deja patidifusos, o sea, un poco pendejos. Decía:
“Ordena su majestad el rey Carlos IV a los virreyes, capitanes generales, comandantes, gobernadores, corregidores y demás justicias no impidan por ningún motivo la conducción de los instrumentos de física, química, astronomía y matemáticas ni el hacer en todas las posesiones de ultramarinas las observaciones que considere útiles el señor Humboldt, como tampoco colectar libremente plantas, animales, semillas, y minerales; medir la altura de los montes, examinar la naturaleza de estos y hacer observaciones astronómicas y descubrimientos útiles para el progreso de las ciencias; pues por el contrario, quiere el rey que todas las personas a quienes corresponda den al Barón de Humboldt todo favor auxilio y protección que necesite. En Aranjuez a 7 de mayo de 1799”.
Pero volvamos con la pareja virreinal y sus trapacerías.

Adiós virreyes

Cuando el rey de España ordena echar a los Iturrigaray de la Nueva España (cuyas ánimas se quedarán en México para anidar 200 años más tarde en una similar), se conocerá la inmensa fortuna acumulada por la pareja virreinal.
Se descubren en el palacio virreinal acciones de empresas mineras por 400 mil pesos; 30 talegas de monedas con mil pesos cada una y cuatro libranzas con valor de 100 mil pesos también cada una. Varios servicios para mesa de oro puro y del mismo metal dijes, joyas e incluso el escritorio de la ñora. Muchos diamantes y perlas además de cincuenta servicios de plata y tabaqueras de ese metal. Un cofre oculto debajo de una cama con el marbete “Dulces de Querétaro,” contenía siete lingotes y mil 383 onzas de oro.
José Iturrigaray será conducido a España para ser juzgado con la severidad del caso. Será sentenciado en 1808 a pagar una multa de 435 mil pesos y nada más. “¡Pelillos a la mar!” festejará la marquesa doña Inés.

Más cacomixtles

Don Vito Alessio Robles termina su reseña de rapacerías virreinales con estas joyas: el virrey Juan Mendoza y Luna, marqués de Monteclaros, es destituido por cargos de robo. Mismos por los que fueron acusados los virreyes marqueses de Cerralvo y de Cadereyta. El virrey don Diego López Pacheco y Bobadilla, marqués de Villena y duque de Escalona, fue beneficiario de la venta de empleos públicos. El virrey Joaquín de Monserrat, marqués de Cruillas, fue acusado de ser jefe de una banda de contrabandistas. El marqués de Branciforte fue señalado como un funcionario venal y sin escrúpulos. Miguel de la Grúa Talamanca cuya corrupción galopante marca el principio de la decadencia del virreinato. Nada pasará, sin embargo, en tanto los corruptos sean juzgados por sus iguales, otros corruptos. (Acapulco en la Historia y en la Leyenda).