EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Corrupción en Acapulco

Anituy Rebolledo Ayerdi

Marzo 24, 2016

Por cuánto me lo das

Debe saberse que los empleos en la Nueva España se vendían a tanto más cuánto y hasta en cómodos abonos. Así, el teniente Francisco de Meca y Falces compra en 1690 la plaza de contador real de Acapulco. Le cuesta 6 mil pesos y él lo justifica diciendo que lo hace solo por “ayudar al amigo”, el alcalde mayor.
Por su parte, don Pedro Gil de la Sierpe y Romero adquiere el jugosísimo cargo de tesorero y factor de la misma contaduría. Abona 6 mil 200 pesos y firma documentos por la misma cantidad, además de la promesa de cubrir más tarde una suma igual. Esto cuando llegue de España el general Gaspar Manuel de Velasco, “quesquelmerochinguetas”…

No pos no

Ya entrado el nuevo siglo, el señor de la Sierpe y Romero continúa como tesorero de Acapulco. Un día obedecerá la orden de enviar la paga de los oficiales reales al puerto de Veracruz, donde impera el caos por la presencia amenazante de naves extranjeras. Los 22 mil 723 pesos de la nómina nunca llegarán a sus destinatarios, se entiende que por el amago bélico, pero tampoco regresarán a Acapulco. Una duda anidará entonces en torno a los enviados: ¿muertos o vivales?

Gran fraude

El “alcalde del crimen” de la real audiencia, Pedro Sánchez Alcázar, se presenta en Acapulco en febrero de 1712 y viene con la espada desenvainada. Lo ha enviado el virrey Fernando de Alencastre Noroña y Silva, duque de Linares y marqués de Valdefuentes, para investigar un fraude que involucra a altos funcionarios del puerto.
Estos habrían autorizado la salida del galeón Nuestra Señora de Borgoña sin cubrir los derechos por 600 mil pesos, valor de un cargamento de plata. El funcionario no es como lo pintan, un “hijodesú”, por el contrario, concede al diálogo la solución de todos los problemas. Platica con los responsables del ilícito y les ofrece dos sopas: o pagan o calabozo de la Real Fuerza (fuerte de San Diego). Aquellos escogen la primera opción: apoquinarán los 220 mil pesos de la evasión fiscal, peso sobre peso. El alcalde del crimen, que venía siendo lo que es hoy un procurador de justicia, ingresa los dineros inmediatamente a la caja de Acapulco.
Considerando que aquellos hombres habían sido “bastante honestos” al aceptar el delito y regresar lo robado, el virrey no solo los absuelve de cualquier ilícito, los mantiene en sus cargos. Cuando el rey Felipe V se entera de los hechos, repudia el indulto pero así deja las cosas. No desea molestar al virrey Alencastre, a quien tiene como un funcionario de honradez acrisolada. Y de esos no hay muchos, piensa el monarca.

El conde de Santiago

El licenciado Félix Juárez de Figueroa libra en beneficio del conde de Santiago los derechos de la Hacienda del Conde. Comprendía ésta seis leguas de latitud y dieciocho de circunferencia, con varios asentamientos Entre ellos los conocidos como La Sabana y Tres Palos. Corría el año de 1717, 12 de junio para más señas.
Confía Juárez de Figueroa que su jefe, el conde, recobre con tal documento la tranquilidad perdida a causa de las constantes amenazas de la plebe agraria. Quienes exigen con mayor coraje la reivindicación de aquellas tierras son los sabaneños y los sanmarqueños. ¡Y cuidao! ¿eh?
Urgido por cobrar sus emolumentos para abandonar cuanto antes el puerto, el abogado Juárez esconderá al conde español un dato importantísimo. Que la adjudicación de aquella superficie se había logrado aun sin la exhibición de los títulos originales. ¡Que hartos “tlacos” le había costado! A bordo de la nao que lo llevará muy lejos, el huizachero recordará sonriente una recomendación de su jefe:
–Oiga, mi lic, para apantallar a estos pendejos pronuncie delante de ellos mi nombre recio y completo: Nicolás Valera Altamirano y Castilla, conde de Santiago y marqués de Salinas Cormonas. ¡Nomás!

Todos roban

El administrador de la Aduana de México, Ignacio Cubas, atiende en 1766 la sugerencia del visitador José de Galvez, enviado del rey Carlos III. La de instalar retenes efectivos en el camino Acapulco-México, al término de la feria anual del puerto. No los retenes habituales que solo sirven para corromper a los guardas, le advierte. Retenes operados por gente probada que revise maleta por maleta, envoltorio por envoltorio y recua por recua.
El resultado de tal operativo será calificado sorprendente, pero a la vez desconsolador. ¿Pero es que en este pinche pueblo no hay gente honrada? La mayoría de los ferieros regresaban cargando mercaderías ilegales. Unos más, otros menos, pero todos corrompidos. Los recuas, ni se diga, cargadas con mercaderías sin pago de derechos y para completarla la vergüenza grande de que los propios oficiales del rey portaban alforjas repletas de contrabando.
Enterado de lo que pasaba en sus tierras ultramarinas, el monarca lanza coños y coñetas al momento de ordenar la remoción del virrey Joaquín Monserrat, marqués de Cruillas. Y con él todo el personal del virreinato y muy especialmente el sobrinito Cruillas que capitanea una banda de contrabandistas. Carlos III nombrará entonces a Teodoro de Croix como Castellano de Acapulco. Le impone la obligación de permanecer en el puerto a partir del arribo de la nao de Manila y hasta su regreso a Filipinas. Ganará 6 mil pesos anuales.
Teodoro de Croix escribirá en su diario: “Nadie puede figurar las bribonadas que he descubierto: ha habido algunos de mis predecesores que se robaron hasta doscientos cincuenta mil libras al año, tolerando y aun practicando ellos mismos el contrabando. En cuanto a mí se refiere, yo prefiero partir pobre de aquí que enriquecerme a ese precio”.
Una historia escrita todos los días, desde endenantes.

Géneros

Mujeres acapulqueñas de aquel entonces, siempre calladas, siempre obedientes, serán sin pretenderlo actoras y autoras de una decisión del rey de España. Estará dirigida a cambiar los procedimientos sobre determinados decomisos por evasión de impuestos. Se referirá concretamente a los géneros, telas y ropa en general almacenados indefinidamente en bodegas de Acapulco, sujetos al deterioro del tiempo.
La respuesta la dará Fernando VI, el 19 de octubre de 1753, ordenando el remate de toda la existencia en aquellas bodegas. La fecha de la subasta fue de fiesta para las mujeres de aquí y venidas de otras partes. Saldrán a remate tafetanes, terciopelos, sedas, rasos, damascos, colchas, cortinas, manteles, mantones de Manila, alfombras persas, lana de camello y mantas. Damas indígenas, mestizas, negras, mulatas y chino-filipinas lucirán emperifolladas a partir de ese día. (Tal era la conformación étnica del puerto y ni por pienso una mujer española).
Guarda mayor

Pedro Antonio Salcedo toma posesión en 1786 como administrador de alcabalas y guarda mayor de Acapulco, dependiente de la real hacienda.
Su salario como administrador, el usual de 14 por ciento de la recaudación aduanal, más una prima de 250 pesos anuales. Como guarda ganará 500 pesos también anuales.
Hispano necesariamente, Salcedo está obligado presentar fiadores de la región y lo hace presentando a dos de los hacendados y comerciantes más influyentes de la región. Se trata de los señores Juan José Galeana de Tecpan, y Víctor Bravo de Tixtla. Relación que el comercio local acusará más tarde como sospechosa.
Salcedo responderá exhibiendo a los tenderos del puerto como abusivos hambreadores al elevar hasta en un 200 por ciento los precios de las subsistencias populares. Acción criminal en temporada de lluvias, denuncia. Los hace responsables, además, de la mala fama alcanzada por Acapulco de ser “uno de los lugares más lucrativos de la Nueva España”. “Son unos defraudadores contumaces del fisco”, les dice.
Pedro Antonio será derrotado finalmente por los comerciantes. Cuando en Guayaquil se descubra un cuantioso contrabando a bordo de un galeón despachado en Acapulco. El funcionario es encarcelado no obstante su negativa de haber extendido tal despacho. Su hermano José María no paga abogados, pero sí a dos carceleros para que propicien su fuga de la Real Fuerza (fuerte de San Diego). Y allá va José Antonio con destino a Manila.
Aquí, el gobernador Diego Carrillo ordena encarcelar al hermano José María y no por haber propiciado la fuga sino porque tal era la costumbre de entonces: el pariente más cercano la pagaba. La historia terminará a las pocas semanas cuando los tribunales declaren la inocencia de Pedro Antonio y ordenen, incluso, su reincorporación a los cargos.
–¡Palospendejos!–, será la respuesta de Pedro Antonio cuando José María le proponga volver a Acapulco.

Juan José Galeana

Juan José Galeana Valdeolivar, uno de los fiadores del guarda mayor Salcedo, es propietario de la hacienda de El Zanjón (hoy San Jerónimo de Juárez). Recibe al cura Morelos a su paso por Tecpan, en la misión encomendada por el padrecito Hidalgo. El rico hacendado pone a disposición de la causa a la familia Galeana completa, a sus trabajadores, a sus amigos y el cañón El Niño usado en las fiestas del pueblo. La primera pieza de artillería del ejército libertador.
Allí están Juan José, su hermano José Antonio con sus hijos Luis y Pablo y el primo Hermenegildo Galeana de Bargas, quien, por cierto, había estado un buen tiempo al frente de El Zanjón.
Ascendido por Morelos a coronel, Juan José Galeana Valdeolivar peleará a sus 62 años en la toma de Acapulco. Morirá en Tamo, Michoacán, luchando esta vez al lado del general Vicente Guerrero. José Antonio |y Luis caerán en el sitio de Cuautla.
Pablo Galeana de los Ríos, por su parte, se cubrirá de gloria con el asalto a La Roqueta, siempre al cuidado del tío Hermenegildo, permitiéndole con ello al Jefe Chemita tomar la fortaleza de San Diego. Consumada la independencia volverá a cultivar la tierra en el Zanjón. Por lo que hace a las hermanas de Juan José, Josefa, María Teresa y María Venancia Galeana Valdeolivar, estas no permanecerán ociosas. Se dedicarán a hacer acopio de recursos para la causa siendo perseguidas e incluso prisioneras en la fortaleza de San Diego. (Regino Ocampo Bello, del mero “Teypan”)

Hermenegildo Galeana

También teypaneco, Arturo Ríos Ruiz es el único historiador que ha profundizado la investigación en torno a la familia Galeana. Revela, por ejemplo, que don Hermenegildo estuvo casado con la atoyaquense Rafaela Ayerdi. Y para el que escribe es una pena enorme que no haya habido descendencia porque, de lo contrario, hoy se ufanaría de ser descendiente del guerrero más íntegro, leal y valiente de Morelos. Tanto que un día lo hará mariscal, “a pesar de no saber escribir, pero sí por su valor, trabajo y bellas circunstancias”.
No por nada, al caer Galeana en Coyuca el jefe Chemita exclamará desolado: “¡se acabaron mis dos brazos, ya no soy nada!”. Antes había perdido a “su brazo derecho”, el cura Mariana Matamoros, fusilado en Valladolid no obstante el ofrecimiento de Morelos de 200 realistas por la vida del sacerdote guerrero.
Soldado espartano, sin duda, el valor de Tata Gildo será reconocido incluso por sus feroces asesinos, quienes lo decapitan al ser derribado de su caballo por la rama de un árbol. “Esta es la cabeza de un hombre valiente, respétenla, cabrones”, ordena iracundo el realista Avilés cuando la tropa jugaba con ella, escarneciéndola. Luego ser exhibida en la plaza de Coyuca (hoy de Benítez) será sepultada por sus soldados.
(Arturo Ríos Ruiz, Hermenegildo y los Galeana. El brazo fuerte de Morelos, IPN 2007).