EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Crónica de la cuarentena

Silvestre Pacheco León

Mayo 11, 2020

–Segunda parte–

En nuestra familia nos hemos preparado desde hace años para enfrentar confinados un problema como la epidemia del coronavirus.
No recuerdo cuándo ni exactamente por qué pensamos en atender esa necesidad. Quizá por los temblores cuya magnitud ha ido in crescendo en la costa, junto con la amenaza de los tsunamis, o por las epidemias recientes como el ébola y la neumonía del H1N1. Pero tenemos diseñada y hemos recorrido la ruta de evacuación para la parte alta del cerro Viejo en caso de una inundación, y muy clara la determinación de que en situaciones imprevistas lo primero es ponerse a salvo.
Por esa previsión que ensayamos desde hace tiempo una vez se nos pudrió una cierta cantidad de arroz que almacenamos mal, y durante buen tiempo vivimos con una sobrecarga de garrafones de agua cuya utilidad hasta hoy la valoramos.
Desde hace siete años, por iniciativa de Palmira, adoptamos la meditación y la yoga como sistema de vida y salud. Tomamos clases para aprender a estar en equilibrio y a vivir en conciencia la alegría de la vida cada día.
Por eso se nos ha hecho relativamente fácil la vida en confinamiento, superando sin dificultad los pequeños incidentes y desencuentros que provoca la vida familiar más intensa sin posibilidad de las evasiones callejeras. Desde el inicio de la cuarentena Carlos, nuestros yerno, nos hace el favor de comprar y traernos por quincena los víveres que necesitamos. Así no hemos tenido ningún pretexto para salir a la calle, y nos dedicamos a vivir plenamente cada día haciendo yoga y aumentamos nuestro tiempo de lectura (buscamos los libros más gordos para que nos duren), mirando la serie de televisión que a cada quien le gusta, o jugando a cualquier hora una partida de scrabble. Luego, cada quien en lo suyo, Palmira en su costura, yo arreglando el jardín y, por intervalos, hacemos limpieza y aseo de la casa, y juntos preparamos los alimentos.
En eso pensamos que se ocupan los millones de mexicanos que ahora disponen de la pensión universal y de todas aquellas familias que se han beneficiado por los programas de Bienestar, blindados precisamente para enfrentar al enemigo invisible del virus que no conoce fronteras.
Hemos tratado de encontrar el lado positivo de la crisis porque entendemos que la estridencia noticiosa sobre el impacto de la pandemia en la economía nos ha impedido ver otros hechos que son relevantes, como la actitud responsable que desde el primer momento asumió la gran mayoría de los mexicanos para guardar cuarentena en sus casas como la mejor manera de combate, y la respuesta de la naturaleza al desequilibrio ambiental en el mundo.
Nos sorprende que las aves y los animales estén trasponiendo los límites impuestos por el urbanismo. Los pavorreales en las calles de Madrid, el avistamiento de un oso en la zona urbana de Monterrey; la bioluminiscencia de las olas en la playa de Puerto Marqués, un hecho que quizá no es novedoso pero que ahora se hizo apreciable por la ausencia de turistas en la playa.
Los cambios son vastos. He constatado que en el presente año, por la disminución del ruido citadino, se escuchan más pájaros que con su perceptible y diverso canto se hacen notar en su gran diversidad.
En nuestro pequeño jardín nos estamos acostumbrando a la convivencia con una variedad creciente de aves y animales.
Cuando el sol calienta los zanates entran al jardín. Bajan de los alambres del alumbrado público y de los árboles vecinos. Todos con los mismo movimientos nerviosos y vigilantes entran a escena, uno a la vez como para no hacer ostensible su presencia van directo al traste que contiene la comida de los gatos callejeros, toman una galleta con el pico y luego para ablandarla y poderla tragar la remojan en el agua de la fuente (quien los viera). Así repiten la misma operación para darle lugar al que sigue. Luego vuelan por donde llegaron.
Antes ya pasaron por aquí dos chupamirtos, uno color ladrillo de tamaño ordinario y otro minúsculo, de un intenso y reluciente color negro, de largo pico curvo, que se detiene a descansar un momento sobre la cuerda atada a la campana que a veces la hace repicar. Liban primero la miel de las flores blancas y lilas de la planta de algodón silvestre que nació en el prado como cualquier hierba y ahora nos da sombra con sus ramas que han crecido altas como un arbusto, acaso procedente de las que cultivaban en la época prehispánica nuestros ancestros para tejer sus propios atuendos y también para elaborar varas y varas de manta como tributo que entregaban al imperio azteca.
Después del paso, o vuelo, de los chupamirtos o colibríes, de vez en cuando viene una paloma de cola blanca que vive y canta en los árboles vecinos, a la que no parece incomodarle el ruido que cada mañana hace el pájaro carpintero tratando de taladrar con su pico el vidrio que lo refleja en la ventana. Luego aparecen las primaveras, esos pájaros cafés de pico y patas blanquísimos con tenues y tornasolados colores de gris al naranja en pescuezo y alas.
Por las noches, cuando ya cantó la lechuza, además de los gatos, entran al jardín los tlacuaches que dan cuenta de la comida y del agua de la fuente, sin hacer caso de los ladridos desesperados de los perros vecinos que desde su encierro los han descubierto.
Las únicas que se mantienen alejadas de esta fauna son las ardillas ruidosas que se alimentan con las almendras, y las iguanas que dan cuenta de todos los retoños de las plantas.
Pero la enajenación en la que nos mantienen las noticias del coronavirus puso de relieve el impacto de las medidas de inmovilidad en el sector turístico y a la clase patronal organizada demandando, como siempre, los apoyos del gobierno como si fuese la más necesitada, opacando el drama de quienes viven al día y cargan no sólo con el riesgo de quedarse sin ingresos, sino con el miedo de ser infectados ante la necesidad de andar en la calle.
En vez de eso, para acentuar nuestro ánimo angustiado la noticia fueron nuestros puertos con sus playas vacías y no tanto las protestas de las y los vendedores de la zona federal reclamando su derecho de ejercer el comercio.
Después, en medio de los actos de fuerza en muchos pueblos de la Montaña, zona Norte, Tierra Caliente, Costa Chica, Costa Grande y hasta en la zona Centro, que cerraron sus fronteras y prohibieron la movilidad de sus habitantes, se abrió un espacio de debate entre quienes piensan que el llamado a quedarse en casa debía ser enérgico y obligatorio frente a quienes sostienen que se trata de persuadir y no violentar los derechos humanos sobre el libre tránsito, lo cual nos remite a la cuestionada legitimidad de los gobiernos que se han distanciado tanto del pueblo que no le informan claramente de la gravedad de la epidemia.