EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

CRONICA MUNICIPALISTA

Silvestre Pacheco León

Enero 12, 2004

 

  Río Azul con basura en lugar de peces

 

Se le empezó a llamar Circuito Azul durante el gobierno de Alejandro Cervantes Delgado y fue durante su gestión que se abrió el camino que ahora comunica la cañada de la Zona Centro del estado con Chilapa, que es la puerta a la región de La Montaña.

Antes del gobierno cervantista era una proeza visitar las grutas de Juxtlahuaca cuyo camino de terracería sólo la línea de camiones Río Azul lo transitaban con sus chilolos y gacelas.

Para ir de Quechultenango a la capital del estado el autobús tardaba dos horas y los pasajeros compartían el lugar con la carga más inesperada y los olores más variados, pues animales, cosechas y plantas desbordaban las canastillas y portabultos hasta invadir el pasillo del camión.

Visto el recorrido con ánimo de turista el espectáculo resultaba un agasajo.

El recorrido de la cañada empieza en el pueblo de Petaquillas donde se festeja al patrón San Agustín. Ahí el paso obligado acercaba al visitante con las primeras muestras de la viva cultura mesoamericana cuyas danzas que aún prevalecen son una muestra del paganismo prehispánico y del dominio español. Era raro no encontrarse con alguna danza o procesión en la calle principal bloqueando el tránsito como si nada contrario a su devoción sucediera en su derredor.

El camino sinuoso pegado al cerro y bordeando el río Huacapa sigue siendo el mismo, igual que el estrecho puente para un solo vehículo que cruza el río para poner a uno frente a la entrada de la vieja ex hacienda de San Cayetano, cuyos terrenos ahora pertenecen al ejido de Tepechicotlán.

El espectáculo deslumbrante son los sembradíos que verdean todo el año en una planicie esmeralda que se abre ante los ojos al trasponer el casco de la hacienda. Desde Tepechicotlán empieza el valle que serpentea con el río hasta la hidroeléctrica de Colotlipa en un trayecto de 30 kilómetros.

Los pueblos producen en ese suelo el maíz en sus más amplias variedades, ya sea en las pequeñas áreas de riego, en las parcelas temporaleras y hasta en los tlacololes.

Después del maíz, el frijol, que son la base de la alimentación.

En Mochitlán se siembra cacahuate y también jícama, en Quechultenango la caña y ahora las hortalizas como lo hace también Tepechicotlán beneficiándose con la cercanía de la capital.

Mientras el camino permaneció abandonado el comercio del sur de la cañada se realizó con Chilapa utilizando bestias de carga en camino de herradura.

En estas épocas y en aquellos años el agua del Huacapa corría superficial junto con el Salado de Mochitlán y más abajo con el Limpio hasta llegar al Borbollón, donde nace el río Azul.

La historia de las Tlantatayotas, mujeres que seducían y bañaban a quien osaba acercarse a las pozas hondas del río, nació entonces, cuando el agua transparente y cantarina unía el croar de los sapos en un coro interminable.

Quechultenango entonces era un pueblo pequeño de calles empedradas y casas de adobe y teja. El agua del río Limpio llegaba entubada a toda la población mediante hidrantes construidos con la cooperación de los vecinos.

En los patios de las casas había siempre un lugar para acumular la basura que en su mayoría era orgánica.

Lo común era que las señoras llevaran a la plaza sus canastas o trastes para sus compras. El tendero daba el azúcar, el pan o lo que fuere envuelto en papel de estrasa.

Cuando alguien quemaba su basura el humo era inofensivo para la salud y hasta agradable su olor si era leña o rastrojo.

El abono que naturalmente se producía en los patios con la mezcla de los desechos de animales se empleaba para fertilizar las parcelas. Lo común era el acarreo de majada después del barbecho para enriquecer la tierra.

Después todo cambió, vino el uso generalizado del fertilizante químico que hizo adicta y estéril la tierra.

El camino se asfaltó, las distancias se redujeron y llegaron más visitantes prendados de sus bellezas naturales.

Los campesinos se hicieron viejos y sus hijos dejaron el campo.

A pesar de que en Quechultenango hay un servicio de recolección de basura y una planta para tratar las aguas residuales, el panorama luce triste.

Ahora la mayoría de la población cuenta con una toma domiciliaria de agua, las calles están pavimentadas y cada día surgen nuevas edificaciones cómodas y funcionales.

Hay muchas escuelas para todos y los jóvenes tienen acceso a la internet.

Pero el campo va quedándose abandonado con el suelo deforestado y contaminado.

Ahora es una pena ver el río con papeles, bolsas y desechos en lugar de peces.

Las Tlantatayotas habrán muerto por la contaminación mientras los jóvenes crecieron privados del placer de los clavados en las pozas del río después de las clases, sin saber jugar al lagarto.

Si bien es cierto que los agricultores de Tepechicotlán utilizan las aguas del drenaje sanitario de Chilpancingo para el riego de sus parcelas, mientras nadie se ocupa de investigar la calidad y pureza de sus cosechas, esas aguas río abajo están causando estragos en la actividad turística que ahora ocupa un lugar preponderante en la ocupación de la gente.

Quechultenango sufre no sólo por la contaminación del río Azul, provocada por todas las aguas residuales de las poblaciones de la cuenca del Huacapa, sino que ahora es víctima de sus propios desechos.

El gobierno                   municipal tiene más de 10 años tirando sus desechos a cielo abierto en un terreno aledaño al escurrimiento natural que viene del Tecomate para juntarse con el río Limpio en el punto conocido como El Recodo, unos dos kilómetros arriba de Quechultenango.

Por las noches un intenso e insoportable olor a plástico incinerado invade la cabecera municipal proveniente del basurero, porque allí como en casi todos lados, se sigue la vieja y contaminante práctica de quemar la basura de la manera más irresponsable y sin que nadie proteste.

Quechultenango vive la experiencia del segundo gobierno municipal perredista que tiene el dilema de escoger entre echarse enemigos dictando medidas favorables al medio ambiente o mantener su capital político procurando no afectar a nadie.

Pudiendo habilitar a sus policías para vigilar que no siga contaminándose el río y pudiendo invertir en la construcción del relleno sanitario para tratar ecológicamente las 16 toneladas de desechos que se recogen diariamente, ocupa su tiempo en cuidar su capital político dejando de hacer las obras trascendentes bajo el argumento de que hay otras prioridades y de que las obras ecológicas no lucen.