EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Crónicas del pasado / 1

Anituy Rebolledo Ayerdi

Junio 20, 2019

 

Hernán Cortés en Acapulco

A su regreso de España donde permanece dos años defendiendo sus intereses y exigiendo a la Corona el premio merecido por la conquista, Hernán Cortés, ahora marqués del Valle de Oaxaca, se convence de que tiene que empezar de nuevo y costearlo todo de sus propio peculio. De ello dependerán las posibilidades de descubrir los nuevos reinos que aumenten su fortuna, fama y poder.
El visionario y ambicioso conquistador escoge al puerto de Acapulco como base permanente para la exploración de nuevas rutas en “los mares del Sur”, como se conocía entonces el Océano Pacífico. Así, ordena la salida del puerto de Zihuatanejo de una primera expedición (1528) encabezada por su primo Álvaro Saavedra Cerón la que regresa finalmente con las manos vacías. Un viaje costeado íntegramente por el gran capitán, luego de convenir con la Corona española la exploración del Pacífico con derecho sustancial a todas las riquezas que descubriera. Tendrá prohibida la Ruta de las Especias.

Caminito

Para evitar seguir el cauce del río Balsas hasta Zacatula, de donde se transportaban los objetos al puerto, Cortés decide abrir un camino hacia Acapulco. La empresa fue gigantesca para vencer ríos, selvas y montañas además de muy costosa.
Una vez lograda, el camino del Virreinato a Acapulco se termina en el año de 1531. Ruta ampliada diez años más tarde por el virrey Antonio de Mendoza.

Parentela

Diego Hurtado de Mendoza encabeza una segunda exploración por el Mar del Sur al mando de dos bejeles –San Marcos y San Miguel– construidos en Acapulco y pilotados por Melchor Fernández (1532). El también primo del conquistador descubre a bordo del San Marcos las islas Marías y explora las costas de Guerrero, Michoacán, Jalisco y Colima. Luego desaparece en las inmensidades oceánicas. El bejel San Miguel será confiscado por el gobernador de Nueva Galicia, Nuño Beltrán de Guzmán.

Pizarro en problemas

Hernán Cortes recibe en Acapulco a un mensajero del virrey de la Nueva España, Antonio de Mendoza, dándole cuenta de haber asumido el virreinato. Le informa también que Francisco Pizarro, adelantado de Guatemala, se encuentra cercado en Lima y que sus fuerzas serán diezmadas si no recibe pronta ayuda. Cortés ordena de inmediato la salida de dos naves que vayan en auxilio de Pizarro, dando el mando de ellas a Hernando de Grijalva y Fernando de Alvarado. Llevan 70 hombres, 17 caballos, 11 piezas de artillería, ballestas y arcabuces, además de ropa y vituallas. Por nada de esto recibirá el capitán la paga esperada.

California, península no isla

Con las naos construidas en Tehuantepec, Concepción, al mando de Diego de Becerra, primo de Cortés, y San Lázaro, por Hernando de Grijalva, se hacen a la mar en pos de nuevos descubrimientos esta vez en el norte del Mar del Sur. El sur ya nada tiene que darnos, comenta Cortés compungido. Un temporal separa a las embarcaciones. Grijalva sigue solo en la San Lázaro.
Diego de Becerra se verá en conflictos insuperables con la tripulación de la Concepción. Lo acusan de tener mal genio y ser muy soberbio por ser pariente del conquistador. Fortún Jiménez, piloto de la nao, apoya a los amotinados y no solo eso: él mismo asesina al capitán Becerra mientras duerme. Dueño de la situación Fortún Jiménez ordena el desembarco para comprobar que aquella tierra no era isla sino península, bautizándola como California. Avistará más tarde las islas Revillagigedo.
En Acapulco, el gran capitán decide comerciar con Perú para rehacerse económicamente, pagar sus muchas deudas y continuar explorando teniendo siempre en mente ciudades áureas y diamantinas. Para su primer envío de mercancías, Cortés ocupa dos embarcaciones recién salidas del astillero y consistirá en 60 caballos ensillados, bastimentos, pertrechos militares y otras mercancías.

El norte, la ruta

Cortés no se arredra ante sus fracasos y así el 8 de julio de 1539 despide de aquí mismo a los navíos: Santa Agueda, Trinidad y Santo Tomás. Van al mando del capitán Francisco de Ulloa, en pos de nuevos descubrimientos. Este ya había acompañado al conquistador en un viaje anterior, cuando el propio Cortés trató de establecer una colonia llamada de la Santa Cruz (La Paz).
Obligados a abandonar el Santo Tomás, en las cercanías de las islas Marías, la expedición continúa en los navíos restantes. Ulloa descubre más tarde la desembocadura del actual Río Colorado llamándola Ancón de San Andrés y toma posesión de la Mar Bermeja (golfo de California), llamado así por la coloración rojiza de sus aguas. Fue Ulloa el primer europeo que exploró aquellas tierras, desaparecido junto con su embarcación y sus tripulantes (1540).

El marqués

Antes de viajar a Cuernavaca, el gran capitán establece un asentamiento humano en la bahía de sus dominios como Marqués del Valle de Oaxaca, o sea, el Puerto del Marqués. Lo forman 300 soldados y 37 mujeres pero tendrán barreras insuperables para la obtención de medios de subsistencia y pronto desaparecerá.

La desgracia

–¡Coño, que desgracia!, –lamenta encabronado Hernán Cortés cuando es avisado del incendio ocurrido en un pequeño astillero localizado en la bahía de Acapulco. Muere su constructor, Juan Rodríguez Villafurte, y quedan destruidas dos embarcaciones. Conociendo lo cuidadoso de Rodríguez para su trabajo, el marqués del Valle rechaza que el siniestro haya sido accidental. Para él estaban metidas las manos siniestras de la Audiencia Gobernadora, opositora tenaz a su proyectada exploración del Pacífico. Corre el mes de octubre de 1524.
–¡Voto a Belcebú, caro lo pagarán estos follones si confirmo mis sospechas!, –estalla el gran capitán.
Sobre el siniestro del astillero acapulqueño no existe certeza histórica, sólo las fantasiosas leyendas acapulqueñas. De él, ciertamente, habían salido los dos bejeles usados en su viaje sin retorno Diego Hurtado de Mendoza. Astillero localizado en las cercanías de la actual desembocadura del río El Camarón. Mismo sitio que a partir de entonces será conocido como por los lugareños como la playa de La Desgracia, porque lo había sido auténticamente para el conquistador.
Playa muy concurrida en los primeros años del siglo XX y que perderá su nombre cuando la Junta Federal de Mejoras Materiales bautice las arenas de la bahía con nombres florales como Clavelitos y Tulipanes.
–¡Esta última sí fue una desgracia!, comentó en su momento el cronista Rubén H Luz Castillo, relator del suceso.
Hernán Cortés regresa a España en 1540 y allá muere allá en 1547

El partido de Acapulco

En su calidad de contador Real de Acapulco, Don Pedro Vázquez ordena en los albores del siglo XVI la actualización del partido (distrito) de Acapulco y seis meses más tiene en sus manos el resultado. Acapulco se extiende 22 leguas limitando al norte con Chilapa; 18 leguas al noreste con Tixtla y al noroeste con Zacatula.

Cerro del Teconche

El escribano real Juan de Solana alza la voz para que lo escuchen dos o tres docenas de nuevos pobladores de Acapulco. Beneficiarios, por acuerdo del virrey de la Nueva España, de la falda del cerro del Teconche para allí construir sus viviendas. Ninguno de aquellos le pone la menor atención, empeñados en levantar chozas de palma.
El nuevo barrio se levanta en las faldas del cerro de La Mira (así llamado por avistarse desde ahí la entrada de embarcaciones a la bahía, avisándose con campanadas si vienen en son de paz o representan una amenaza para la ciudad). Se le bautiza con el nombre de El Teconche por estar sembrada el área con árboles de ese nombre, conocidos también como tecomates.
La nueva comunidad es vecina del barrio denominado La Poza y se comunica con la plaza principal y la parroquia de Nuestra Señora de los Reyes (hoy La Soledad) con una vereda recta y empinada (hoy Independencia). El Rincón, hoy La Playa, es el tercer barrio de la época.

Calles empedradas

Ante el júbilo de la población, el alcalde mayor de Acapulco, Juan de Zalaeta (1674), anuncia el empedrado de la calzada de Los Amates (Morelos y Carranza), que comunica el fuerte de San Diego con la Plaza de Armas (Álvarez).
Detalla la primera autoridad del puerto que en la obra se utilizará piedra bola de río y que la mano de obra estará a cargo de los soldados de la Compañía de Mulatos de Acapulco. La misma que ejecuta la limpieza diaria del puerto.

Manzanillo

Don Diego de Escobar, rico comerciante de la capital virreinal, es acosado por la familia con la exigencia de viajar a la Feria de Acapulco. El hombre se defiende como gato boca arriba argumentando que los negocios van de mal en peor y culpa de ello a las alcabalas del virreinato.
Será finalmente la señora de Escobar la que diga la última palabra: vamos a Acapulco. Y condiciona: no viajaremos por tierra exponiéndonos a ser asaltados, lo haremos por mar. Viajaremos al puerto de Manzanillo y de ahí a Acapulco, dispone la dama y don Diego musita un “bueno”.
Corre el año de 1663. La barcaza en la que viajan los Escobar a partir de Manzanillo penetra a la bahía de Acapulco, dirigiéndose al punto habitual de atraco. Grandes y chicos lanzan voces de alegría por haber consumado la hazaña. Don Diego bromeará burlando a los suyos, molesto aún con la doña, lanzando sonoras carcajadas:
–¡Salimos de Manzanillo y llegamos a Manzanillo!
Desde entonces, la playa de desembarco de los Escobar lleva tal nombre. Hoy recuperada felizmente y con ganancia.

Veneno

Hay cronistas que rechazan la sencilla anécdota sobre el nombre del sitio que fue muchos años infecto deshuesadero. Para ellos, el nombre de ajusta a una leyenda sobre el nacimiento del puerto colimense. Habla de un árbol que produce unas bolitas rojas y verdes utilizadas por los indios caribe para envenenar sus flechas. Según esa versión, unas gotas de rocío del manzanillo provocaban la ceguera total. Ahora que quien dormía cerca de uno de esos árboles amanecía con los ojos hinchados, dolor de cabeza y dolor de genitales.