EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Crónicas del pasado / 2

Anituy Rebolledo Ayerdi

Junio 27, 2019

Solidaridad con los colegas amenazados, increpados, reprimidos, menospreciados y zarandeados lo mismo por caciques de machete y AK-47 que por policías rodeados por enjambres de moscas.

La buena mesa

Don Miguel Gallo llega al puerto para ocupar los cargos de alcalde mayor, castellano de la Real Fuerza (Fuerte de San Diego) y capitán de Guerra de Acapulco. Sustituye a Don Fabián Dávila Salazar, engarrotado de las manos a causa de un maleficio, según los díceres del vecindario, aunque lo más seguro es que se haya tratado de algún padecimiento artrítico. Don Fabián recibirá por invalidez una pensión equivalente a 500 ducados al año (ducado: moneda de oro de 3.6 gramos).
Como buen glotón, el señor Gallo trae bajo el brazo el Libro de cocina del convento de San Jerónimo, adjudicado sin validación histórica a la dulce Sor Juana Inés de la Cruz. Contiene recetas de platillos y postres de rechupete. Entre otros, sopa de fideos, huevos reales, torta de arroz, clemole de Oaxaca, pudín de espinacas, manchamanteles, empandas, locro, jericalla, matambre, puchero, buñuelos de queso y el postre de nuez, así como las recetas para preparar toda clase de cajetas. Como resultaba impensable que la servidumbre de casa conociera letra alguna, el egregio personaje tendrá que tiznarse en los fogones para dictarle a las cocineras.
Que al señor lector se le antoja ahora mismo el locro, por ejemplo, con muchos gusto le pasamos los ingredientes para su confección. De seguro la señora conoce la receta:
1 kilo de maíz blanco, picado o partido: 1 kilo de porotos alubia; dos tiras finas de costillas de cerdo; cuatro patitas de cerdo; 100 gramos de mondongo o panza vacuna; 100 gramos de tripa gorda; cuatro filetes de panceta cocida; 100 gramos de panceta cruda; cuatro chorizos criollos colorados; 100 gramos de cuerito de cerdo: 1 kilo y medio de zapallo (calabaza); dos cebollas grandes; dos ramitas de cebollas verdes; 1 cucharada de pimienta dulce picante; 1 cucharada colmada de pimienta negra molida; 1 taza de aceite de oliva; picante triturado o pimienta de cayena; sal. Y bon appétit.

Carnes , panes y dulces

En materia de carnes la de res era entonces la más barata, seguida de la de cerdo. La de carnero tenía la connotación de muy saludable y por tanto era la más cara. El pan, por su parte, tenía varias calidades de acuerdo con las harinas utilizadas en su confección, desde el floreado hasta el común o bajo. Este último se elaboraba con harina muy pobre en tanto que las semitas o acemitas sólo contenían residuos harinosos mezclados con salvado. Pan y chocolate espeso no faltaban en ninguna mesa novohispana.
El pan francés se consumió en Acapulco durante la invasión francesa si bien fue rechazado por la mayoría de los acapulqueños. Unos por encendido patriotismo y la mayoría por asco. Esto a partir de que la población se entere de que los franceses amasaban la harina en una gran artesa con los pies desnudos y seguramente sin lavarlos. “Baguettes de patas”, les llamaron aquí.
Por cierto, fue aquella una sociedad con un gusto refinado por la dulcería, hoy bien refrendado. Toda comida que se respetara terminaba con una golosina o confitura elaboradas a base de frutas y raíces. Constituían la delicia de chicos y grandes los bocadillos de papa, la cuajada, la natilla, el arroz con leche, los alfajores, las masitas y la famosa mazmorra ofrecida por los vendedores callejeros. La Feria de Acapulco era un delicioso y colorido muestrario de frutas y dulces elaborados en todas las regiones del país

Los caminos

La ruta México Acapulco fue de las primeras que contribuyeron a la expansión y desarrollo económico de la Nueva España. Otras fueron México-Veracruz, pasando por Jalapa y Orizaba; México-Chihuahua, tocando Durango y con ramales a Valladolid, Guadalajara y Monterrey; y finalmente la México-Guatemala, pasando por Oaxaca.
Las antiguas veredas “de a pie” se convertirán en caminos de herradura cuando haya en México mulas suficientes. Las recuas constituyeron el transporte ideal para desarrollar la agricultura, el comercio y la incipiente industria. Los fondos para la construcción y conservación de los caminos procedían de los “derechos de avería” (impuesto ad valorem sobre el comercio), así como de las recaudaciones por concepto de peaje. Los usuarios lo pagaron a partir de 1574.
Durante la Feria de Acapulco, entre enero y febrero de cada año, el camino a la capital de la Nueva España resultaba caótico y riesgoso. Centenares de recuas y palanquines (transporte de ricos) discurrían con lentitud desesperante por aquella vereda serpenteante. No obstante la formación de una sola y larguísima caravana los asaltos menudeaban, culpándose casi siempre a los “ negros cimarrones” o esclavos en fuga. El arribo de la Nao de Manila atraía al puerto a tanta gente como más tarde lo hará la Semana Santa, en tal medida que la población fija se duplicaba y más.

Doña Sebastiana

Doña Sebastiana de Acuña decide sacarle provecho a un lote baldío frente a su domicilio y cuya compraventa firma con la sucesión testamentaria del señor Rubén González. Planea construir ahí una enramada para alquilarla como sesteadero de recuas, que si algo abundaba desde entonces en Acapulco eran las mulas.
Un día, sin embargo, la indignación de la dama no tendrá límites. Cuando reciba la notificación oficial de que su vecino, el capitán Juan de Iturbe, reclama como suyo aquél espacio adquirido en fecha posterior a la de la dama, enero de 1584.
–¡Sebastiana! –la reprende don Antonio Rodríguez, el esposo. El hombre está sorprendido al escuchar a su devota mujer lanzar, por primera vez en 40 años de casados, un ¡“pero no se saldrá con la suya ese pinche capitancito hijo de siete chingadas”! Y cosas peores.
El solar en litigio hace las veces de patio trasero de la casa del reclamante capitán Iturbe, con frente a la bahía. Hoy se ubicaría en la manzana formada por las calles Benito Juárez, José Ma. Iglesias, Costera Alemán y plaza Álvarez.
Don Pedro Legorreta, Justicia Mayor de Acapulco, es un hombre preocupado por la convivencia pacífica de sus gobernados, Teme pues que aquél diferendo tenga efectos corrosivos en la comunidad, especialmente por tratarse de dos familias linajudas. Decide por ello aplicar en el caso la justicia que él llama “salomónica”, incluso sin saber por qué.
Luego de una exposición presumiblemente jurídica ante las partes interesadas, el Justicia Mayor da a conocer la tal sentencia ¿como las que dictaba el rey Salomón? Las voces airadas de la concurrencia no se harán esperar cuando el ascético juez Legorreta anuncie:
–Para no fomentar odios ni rencores entre familias tan estimadas, el predio en cuestión no se devolverá a Doña Sebastiana pero tampoco se entregará al capitán Iturbe. Es mi voluntad justiciera que el dichoso solar pase a dominio de la ciudad, urgida ahora mismo de calles a causa de tanta pinche mula. Y se despide:
–¡Ah, y que a nadie se le ocurra acusarme con el señor virrey porque esta es en realidad una decisión suya!

Intocables

El virrey don Gaspar Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey (España) se atreve por los caminos del Sur para dar a conocer una nueva a los acapulqueños, nueva que él considera histórica. Trae en sus alforjas una cédula del rey de España, Felipe III, de octubre de 1603, que asegura una vida tranquila para la gente de aquí y que por ello está seguro sabrán agradecer al querido monarca. Se trata de la donación ad perpetuam de las tierras que ocupan los habitantes de Llano Largo, Puerto Marqués e Icacos.
Don Gaspar pone énfasis y casi deletrea el contenido del documento real, particularmente en la parte que dice:
Nadie podrá expropiar estas tierras ni adjudicarlas a personas ajenas a las comunidades, fuese cual fuese su condición, quedando aseguradas para siempre jamás en su total dominio.
Y bueno, ya desde endenantes se tomaba el pelo a los acapulqueños…

Alonso O’Crowley

Acapulco ya es conocido como Ciudad de los Reyes cuando lo visita en 1774 el español Pedro Alonso O’Crowley. Este coincide plenamente con otros visitantes en cuanto al clima: extremadamente caliente, frena el desarrollo del puerto. Y lo retrata:
Un pueblo pequeño, un caserío alineado sobre la costa. Sus casas son de madera. Los únicos edificios importantes son el Fuerte de San Diego, la iglesia Parroquial, el convento de Los Hipólitos, convertido en hospital Real para vecinos y soldados, y el convento de los Franciscanos.
La población está formada por negros, mulatos y filipinos. Prácticamente no hay indios (Mala información o mala fe de Don Alonso. El censo levantado en Acapulco en 1777, tres años más tarde de su visita, arrojó una población indígena formada por 154 familias. Solo por abajo de la negra, mayoritaria, efectivamente, sumando 280 familias).
Las autoridades en orden jerárquico son: El Castellano o Gobernador, los Oficiales Reales (un contador y un tesorero), quienes controlan la oficina de auditoría o intervención, un capitán de guardia, algunos almacenistas, recaudadores y contadores de impuestos de su majestad; tenedores de libros, un cura y un vicario.
Los funcionarios mayores, como los dos primeros mencionados, residían pasajeramente en el puerto, lo visitaban únicamente durante la feria comercial. La guarnición del Fuerte de San Diego contaba con 30 artilleros y un artillero mayor.
Crowley es autor de una litografía detallada de la bahía de Acapulco.

Fernández Navarrete

El clérigo Domingo Fernández de Navarrete, sale de la capital de la Nueva España con destino a Acapulco donde abordará la Nao con destino a Manila, Filipinas. Lo acompañan dos frailes. El calendario marca el 8 de noviembre de 1647.
Viajando por la ruta de Cuernavaca, los beatos logran trasponer la cañada del Zopilote para hacer escalas en Apango y Tixtla. Se topan en el camino con parvadas de faisanas y conocen cerca de Acapulco sembradíos de un cacto llamado órgano. Todo les maravilla.
Ya en Acapulco Fernández de Navarrete lo califica, extasiado, como “el mejor puerto del mundo”, pero cuando camina por sus callejas fangosas y el calor arrecia lo bautiza como la “Boca del infierno”.
Caídos en cama sus acompañantes, el líder culpa de sus males al calor y a lo insano del ambiente. Logran abordar finalmente la Nao con rumbo a Manila y una vez en alta mar, Domingo les habla de frondosos huamúchiles y añosos tamarindos que ellos no pudieron ver en el puerto. Maravillará finalmente a los beatos contándoles haber visto en la bahía enormes ballenas, batiendo sus enormes aletas para producir un ruido fenomenal.
Y fue que al subir a la nao alguien le murmuró al curita: “no hables mal de Acapulco, cabrón”.