EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Crónicas del pasado / 3

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 04, 2019

A la memoria del padre Ángel Martínez Galeana. Un hombre al que Cristo no hubiera dudado un minuto en hacerlo su apóstol

Los negros

A seis años de haberse construido el templo dedicado a la virgen de La Soledad, en la plaza principal, se levanta el primer censo de población de la ciudad. Lo ejecuta el alcalde Juan Josef Solórzano por orden del virrey Antonio de María Bucareli y Urzúa. El conteo revela que el número de habitantes de Acapulco asciende a 2 mil 585 hombres, mujeres y niños integrados en 605 familias de etnias muy diferenciadas.
Y así era, en efecto. Los peninsulares apenas si sumaban 31 individuos contra mil 292 mulatos. Los indios ascendían a 611, en tanto que los lobos sumaban 279 (casta producto de la unión de salta atrás con mulato, mientras que el salta atrás era procreado por chino e india). Ciento veintiuno eran los chinos (también llamado así los filipinos) y 102 los mestizos. La población negra estaba formada por 129 sujetos, 65 hombres, 64 mujeres, 11 niños y 16 niñas, integrados en 47 familias.
(La jerarquía hispana no soportaba vivir en el puerto al que se acercaba únicamente durante la Feria de Acapulco, del 8 de enero al 25 de febrero, para retacar las arcas reales y las propias. Huyendo del clima hostil del puerto y las enfermedades aquellos residían en La Venta del Ejido, Xaltianguis, Dos Arroyos y más aún más lejos. Por ello, los únicos hispanos censados fueron los mandos de la guarnición de la Real Fuerza o fuerte de San Diego. Los soldados eran negros y mulatos dedicados, además, a fajinas diversas como el empedrado de calles y la recolección de basura en la ciudad.

Las prohibiciones

Antiguas ordenanzas reales prohibían a los negros aprender a leer y a escribir, además de mezclarse con otras etnias. La prohibición de portar armas era absoluta para el negro. El que osaba enderezarla contra su amo recibía 100 azotes, mientras que el reincidente perdía la mano armada. Ninguna negra, esclava o liberta, podía vestir ropas de seda ni lucir oro y perlas en su cuerpo. Si estaba casada con español, tenía derecho a usar únicamente zarcillos, gargantillas y un ribete de terciopelo en la saya o falda larga.
Hombres y mujeres de color tenían prohibido caminar de noche por las calles del puerto, pagándose la infracción con tres noches de cárcel. Si un negro maltrataba a un indio recibía 100 azotes y al reincidente se le cortaba una oreja. Los niños negros debían pagar tributo lo mismo que sus padres quienes, además, debían inscribirse en el padrón y obtener permiso por escrito para salir de la ciudad. La castración era el castigo para los esclavos que reincidían en la fuga. No obstante, muchísimos lograron evadirse formando grupos llamados cimarrones (quizás porque huían a las cimas de los cerros), muchos dedicados al pillaje en pueblos y caminos. Durante la Feria de Acapulco sus bandas asolaron el llamado Camino de Asia.
La dureza de sus trabajos deparaba a los negros una vida muy corta, de 5 a 15 años a partir de la fecha en que desembarcaban, plazos en los que no alcanzaban a tener una descendencia numerosa. Otra razón en contra era la escasez de mujeres negras y, por si fuera poco, las poseedoras de grupas generosas eran acaparadas por los patrones. Todas las castas derivadas del negro eran repudiadas. Los hijos eran considerados “infames por su sangre” y registrados al nacer en los “padrones de la infamia”. Arrastrarán de por vida calificativos como “rastreros, pérfidos, bellacos, traidores” además de otras lindezas. No obstante, los negros saldrán airosos de cualquier confrontación étnica por ser considerados los más fuertes, inteligentes y atrevidos.

Esclavos en Guerrero

La primera noticia sobre la adquisición de un esclavo en lo que es hoy el estado de Guerrero procede de Zacatula, actual municipio de La Unión. El hispano Francisco Rodríguez adquiere por 100 pesos oro al negro llamado Juan José, un adolescente.
Negro fue Juan Garrido, el mayor comprador de negros en la actual Costa Grande, trabajando quizás para el conquistador. Acapulco como receptor de esclavos había recibido para el año 1600 unos de 200 de ellos. Un siglo más tarde habitarán el puerto 578 de familias de mulatos libres. Los negros habitantes de Taxco en el siglo XVII –el 78 por ciento de la población–, huyen hacia Acapulco y la Costa Chica ante una indiscreción del virrey de la Nueva España. La de que los haría suyos por ser “esclavos sin amo”, surgiendo de esa conglomerado varios grupos de cimarrones.

Las castas

Las castas a partir del negro fueron muchas y complicadas. Zambo o pardo era el hijo de negra con indio y cuarterón el hijo de mulata con blanco. Los productos de mezclas de negro e indígenas se les designaba oficialmente con nombres extrañísimos: albarazados, cambujos, calpalmulatos, no te entiendo y tente en el aire.
Ninguno de ellos podía obtener empleo en el gobierno, y aunque las leyes no lo impedían, tampoco eran admitidos en las órdenes monásticas. Solían estar al servicio de poderosos en calidad de criados de confianza, además de ejercer todos los oficios y artes mecánicas. Un esclavo negro se cotizaba, dependiendo del sexo, la edad y la salud, en unos 200 pesos. Poseer uno o varios esclavos significaba estatus social y motivo de ostentación. Hernán Cortés llegó a poseer hasta 150 de ellos. Felipe II dispondrá que negros y mulatos libres paguen tributo a la corona y él mismo, también rey de Portugal, terminará en 1580 con el infame tráfico de esclavos por parte de navegantes portugueses.

Las milicias

Las milicias formadas por negros, mulatos y zambos se conocían como los pardos o los morenos Mucho más tarde, el generalísimo Morelos se apoyará en una formación similar para la toma del fuerte de San Diego. Repelido ferozmente, a pesar de una entrega pactada, la negrada huye despavorida cerro abajo, caótica e incontrolable. Para contenerla, el generalísimo opta por un recurso suicida. Se acuesta cuan largo era sobre el puente de fierro de San Rafael, localizado en el cruce conocido hoy como “Las siete esquinas”, logrando así contener aquella loca desbandada y salir milagrosamente indemne.
–¡Como en las caricaturas del Correcaminos!, apuntó el hijo menor del escribano al escuchar el relato y no fue desmentido.
(El puente de San Rafael, sobre un canal de desagüe, se localizaba al final de la calle México (actual 5 de Mayo), que marcaba la salida del puerto hacia la ciudad de México. Cuando llegue la Junta Federal de Mejoras Materiales (JFMM) el puente de San Rafael no será reubicado en otro sitio, ni por su significación histórica ni por ser una obra de arte de la herrería. Simplemente no se volverá a saber de él. “Que le pregunten al presidente Alemán”, era la recomendación del presidente de la JFMM para los interesados).

El principio

Todo había empezado en 1518 cuando los consejeros del rey Carlos V de España lo convencen de llevar negros de África al Nuevo Mundo El argumento contundente: “porque un negro puede hacer el trabajo de cuatro indios, además de estar hechos para vivir en climas tropicales”. El 16 de marzo de aquél mismo año el monarca cuya gloria terminará aquí en marca de chocolate exprés, firma la primera concesión para introducir 4 mil esclavos a las Indias. Una condición incuestionable: la conversión de aquellos al cristianismo apenas pisaran suelo del Nuevo Mundo. Se calcula que en tres siglos llegaron alrededor de 250 mil.
El Golfo de Guinea fue un gran surtidor de esclavos. La primera llegada al puerto será concentrada en una cuesta del cerro de La Mira, muy cerca del convento de San Francisco (ex Palacio Municipal), a la que sus moradores llamarán como su país de origen: Guinea. Barrio que trasciende hasta nuestros días con el mismo nombre. La orden religiosa de los Jerónimos había pugnado de tiempo atrás por la importación de esclavos africanos, si bien con la noble intención de liberar a los nativos de faenas propias de aquélla condición. (Hoy mismo Guinea Ecuatorial tiene por lo menos tres grandes similitudes con México: el español como su idioma oficial, su bandera es verde, blanco y roja con los colores horizontales y el reparto de la riqueza es tan inequitativo como aquí).
Los esclavos viajaban en pares, encadenados a los tobillos en compartimentos de 60 centímetros de altura, resultándoles imposible enderezar la espalda para sentarse. El 15 por ciento de ellos sucumbía durante la travesía de seis semanas. Los esclavos asiáticos procedentes de Filipinas arribaban directamente a Acapulco, confiados a una marinería que recibía el 30 por ciento de los tratantes. Los asiáticos perderán su identidad al mezclarse con otras etnias.

Carreras parejeras

Llega al puerto el trotamundos italiano Juan Francisco Gemelli Carreri –ya citado en estas crónicas. Viene atraído por la Feria de Acapulco. Le toca presenciar los festejos del carnaval de 1697 y entre ellos una carrera parejera de caballos, con la participación de más de un centenar de negros, mulatos y mestizos. Narra admirado:
Con tal destreza que me pareció que sobresalían a los grandes que había yo visto en Madrid; aunque los de Acapulco solían ejercitarse en este juego un mes antes. Sin mentir, puede decirse que aquellos negros corrían una milla italiana, cogidos unos por las manos y abrazados otros, sin soltarse un momento, ni descomponerse en todo aquél espacio (Viaje por la Nueva España).

Los léperos

Los negros libres, los mulatos y los zambos sin trabajo formaban legiones de vagos conocidos con el calificativo de léperos. Acapulco se llenaba de ellos durante su gran feria. Aquí andaban prácticamente desnudos dedicados descaradamente al pillaje. El barón Alejandro Humboldt calculó en 30 mil el número de léperos tan solo en la Ciudad de México.

Cimarrones

Un célebre cimarrón fue el esclavo Yanga en Veracruz. Durante 20 años asoló pueblos y caminos para ser finalmente amnistiado a condición de jurar sumisión al rey de España, convertirse al cristianismo y renunciar a las armas. La banda de Yanga fue asentada en San Lorenzo de los Negros, cerca de Córdova.
Un movimiento similar al de Yanga se dio en la Costa Chica de Guerrero. Los esclavos cimarrones, sin líder aparente, formaron palenques o áreas de influencia ajenos a la autoridad virreinal. Vivían con el machete en la mano para repeler a sus persecutores, fueran éstos representantes de la ley o simples cazadores de recompensas. No han faltado sociólogos que expliquen en aquella defensa la violencia característica de aquella región.

Mariana , bígama

Ante el altar mayor de la Parroquia de los Reyes (mismo sitio de la actual de la Soledad) una pareja de mulatos se juran amor eterno. Antón Hernández y Mariana de la Cruz han escuchado la felicitación del párroco Francisco Dorantes, por la decisión de santificar un largo amancebamiento. El propio sacerdote oficia la misma y ésta será para ellos la única y grande celebración.
Mariana de la Cruz, se ha de decir, era un portento de mujer. Una descripción suya no desentonaría con una referida hoy mismo a la morenaza Jennifer López, particularmente las generosidades de su cuerpo. Por eso la mulata provocaba tumultos de jóvenes y viejos arrechos durante sus visitas al mercado de la ciudad.
Pero como la felicidad nunca llega para quedarse, la del matrimonio de Mariana y Antón será de esas. Alguien llegado de Michoacán acusa a la dama del penado delito de bigamia y ofrece pelos y señales: su primer esposo vive y es esclavo propiedad de la ricachona Agripina Altamirano. Ni tardo ni perezoso, el alguacil Francisco Barbadillo apresa a la morenaza encerrándola en un calabozo de la Real Fuerza (o fuerte de San Diego).
Acusada de bigamia, la causa de Mariana de la Cruz es abierta el 17 de noviembre de 1593 por el comisario y vicario Juan de Mantilla. Este, sin embargo, se declara incompetente para enjuiciarla disponiendo su traslado a la capital de la Nueva España. Y hacia allá será conducida la mujer cargada de grilletes bajo la custodia del alguacil Juan Guerrero.
Ya no se supo más de ella. ¡Ay Mariana!, fue un lamento entre los jóvenes.