EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Crónicas del pasado / 4

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 11, 2019

 

Con la colaboración del ingeniero politécnico Hugo Arizmendi Herrera

Temblores y tsunamis. Los más temidos

Para nadie es un secreto que Acapulco se localiza en una zona de muy alta sismicidad y que por esa razón ha sucumbido en varias ocasiones víctima de los terremotos. Uno de ellos, por cierto, destruirá el 21 de abril de 1776 el fuerte de San Diego, joya arquitectónica de la corona española en la cual se confiaba la seguridad del puerto. Reconstruida en 1783, la nueva fortaleza será bautizada como San Carlos, santo del monarca vigente, Carlos III, pero por la fuerza de la costumbre seguirá siendo de San Diego. Nombre dado en honor del santo de Diego Fernández de Córdova, el virrey constructor.
Detengámonos un momento en las definiciones dadas como idénticas aunque con distinto origen. En efecto, sismo viene del griego que quiere decir “agitación o sacudida de la tierra ocasionada por causas internas”, mientras que terremoto procede del latín: terra: tierra y motus: movimiento o agitación, movimiento de tierra. Son sus intensidades las que finalmente los singularizan.
Sin embargo, una y otras palabras tienen popularmente significados y percepciones diferentes. Mientras que el sismo es un movimiento de tierra al cual los acapulqueños están acostumbrados y que sólo provoca sustos momentáneos. Al terremoto, por el contrario, se le adjudican invariablemente destrucción y muerte. La sola mención de la palabra provoca desazón y miedo pero si se le pronostica como inminente, entonces genera peligrosas sicosis de pánico. Acapulco las ha vivido en varios momentos.
Los terremotos han sido, a no dudarlo, los fenómenos naturales más temidos por el hombre en todas las épocas del género humano. Lo son por su presencia repentina, sus efectos devastadores y por la imposibilidad hasta nuestros días de predecirlos.

Animales y sismos

No obstante que existen sobradas experiencias sobre la supuesta capacidad de algunos animales para presentir un temblor de tierra, la ciencia no lo acepta y por tanto no otorga ningún valor a esa teoría ubicándola en el terreno de la superchería. Se ha dicho sobre lo anterior que las palomas y las cucarachas son capaces de captar la frecuencia sísmica minutos antes de llegar a la superficie. Lo mismo sucedería con las ratas y los perros: las primeras huyen desesperadas y los segundos ladran rabiosamente. Existen testimonios de que en la víspera del sismo que devastó Calabria, Italia, en 1783 (60 mil víctimas), el ganado se dispersó despavorido, los gansos graznaron histéricos, los pájaros se lanzaron contra los barrotes de sus jaulas y las lechuzas ulularon toda la noche. Testimonios acapulqueños hablan también de ladridos caninos y cacaraqueo de gallinas antes de un sismo.
La misma conducta animal habría ocurrido dos horas antes del terremoto en Concepción, Chile, en 1835. Miles de aves cruzaron el cielo de la ciudad lanzando graznidos excepcionalmente agudos, mientras los perros abandonaban sus casas aullando de terror. La misma percepción tendrán centenares de osos hibernando de la península siberiana de Kamchatka. Podrán salvarse abandonando la zona de peligro poco antes de producirse una fuerte erupción volcánica.
Como los anteriores, también sin ninguna base científica, son considerados otros catálogos de percepciones o signos precursores de un terremoto elaborados por el hombre en distintas épocas y regiones. Unos de ellos:
1.- Asciende la temperatura ambiente de manera alarmante o se genera una brisa inexplicable como la que anuncia tormenta.
2.- Sube el nivel del agua de los pozos, aparece un arco iris y pierden potencia los motores.
3.-Se producen deslaves en los montes y deformaciones en el suelo sin que haya tormenta de por medio.
4.- Surge desde las profundidades de la tierra una corriente de iones, o partículas negativas que se hace visible por la noche.
5.- Los epilépticos, los médiums y quienes padecen fuertes crisis emocionales son capaces de percibir la inminencia de un terremoto.

El origen

El origen de los terremotos ha sido buscado por el hombre desde que se sintió sacudido por el primero. Los atribuirá a causas sobrenaturales y muy particularmente a los dioses enojados castigando sus faltas, creencia vigente aún en nuestros días. Más tarde, en el siglo V a.C., Demócrito sugirió que se debían al agua de lluvia filtrándose en la tierra y Aristóteles creía que los producían los gases escapando de las bolsas subterráneas. El científico inglés Robert Hooke les dará en 1668 como origen el desplazamiento del centro de gravedad del planeta.
El estudio serio de los terremotos se iniciará hasta muy avanzado el siglo XVIII, luego de que uno de ellos destruya en 1775 la ciudad de Lisboa, Portugal, con saldo mortal de 50 mil personas. Quedarán entonces desechadas muchas teorías hijas de las creencias religiosas y la charlatanería pero todavía no se le dará al clavo.
Será hasta fechas relativamente recientes cuando surja la teoría de las placas tectónicas para explicar los movimientos telúricos, al igual que la formación de las cadenas montañosas. Las placas forman la superficie de la tierra y es por ello que los desplazamientos o choques entre ellas provocan los sismos, lo mismo que el deslizamiento de tales placas sobre el fluido- manto terrestre . Hay cinco placas continentales y ocho secundarias. Entre ellas está la placa de Cocos que afecta directamente a Acapulco, limitada al este por la placa del Pacífico, al oeste por la del Caribe y al sur por la de Nazca (Chile). Esta última se desliza bajo la placa Sudamericana creado un fenómeno llamado de subducción que es generador de tsunamis.
Aun con su extraordinario avance, la sismología no ha logrado hasta hoy ningún método, fórmula o aparato que pueda anticipar un terremoto en determinado lugar de la tierra. Si ha conseguido, en cambio, medirlos y establecer la actividad sísmica en cada región del planeta. Este se localiza sobre dos grandes cinturones: uno que va de polo a polo y otro que corre de oriente a poniente, paralelo al ecuador y al norte del mismo. La confluencia de ambos cinturones –llamado de Fuego el del Pacífico– se da precisamente en el estado de Guerrero, lo que explica la alta sismicidad de nuestra entidad.

El epicentro

Otra voz familiar cuando de sismos se habla es la de epicentro. O sea, el primer lugar de la superficie terrestre afectado por la sacudida, situado directamente en la vertical del hipocentro, el punto del interior de la tierra donde se produce el terremoto.
Un alcalde acapulqueño visita por primera vez la Ciudad de México. Un día después de su llegada recibe en su hotel un telegrama informándole sobre un sismo calamitoso en el puerto. El secretario del ayuntamiento le detalla que el epicentro ha sido localizado en San Marcos y pide instrucciones.
La respuesta no se hará esperar también por la vía telegráfica. Lacónica, contundente:
–¡Agarren cuanto antes al tal Epicentro; llegando yo mismo le daré su merecido a ese cabrón!

La falla de San Andrés

La falla de San Andrés, famosa por haber destruido en 1906 la ciudad de San Francisco, California, (7.8 grados, más de 3 mil muertos), se asocia invariablemente, haya o no sustento, con los sismos que zangolotean a los acapulqueños. Se trata de una grieta que cuartea la tierra en una longitud aproximada de mil 287 kilómetros a través de la California estadunidense y nuestra Baja California. Bajo el efecto del movimiento de las placas tectónicas, las rocas de la corteza terrestre son sometidas a severas tensiones y acaban rompiéndose a lo largo de la falla para liberar una cantidad brutal de energía. Al deslizarse una contra otra las paredes de la falla producen severísimas vibraciones y es entonces cuando sobreviene el terremoto.
Los californianos ya están preparados para el Number One, un terremoto que según pronósticos superará al de 1906. Sin embargo, lo que más preocupa a los científicos es la sección sur de la falla, en la que no se ha producido ninguno sismo devastador en más de 300 años (¡nosotros!). Ello pese a que los registros geológicos señalan que entre uno y otro deben mediar por lo menos 150 años. El último gran terremoto en esa zona ocurrió en 1700.

Mercalli y Richter

Mercalli y Richter son dos nombres que también se manejan familiarmente en el lenguaje popular cada vez que ocurre un terremoto. Y cómo no. Pertenecen a los autores de las dos escalas de intensidades sísmicas, el italiano Giuseppe Mercalli y el estadunidense Charles F. Richter. La primera mide los efectos destructores de la sacudida en tanto que la segunda establece la energía liberada por el fenómeno en su epicentro.
La escala de Mercalli consta de 12 grados. Del primero al tercero es cuando el movimiento de tierra es apenas perceptible por las personas y ya el cuarto grado es capaz de despertar a quienes duermen. Hay, además, tintineo de cristales y crujido de paredes. El de cinco grados es sentido por todos, se desplazan y caen algunos objetos y lo mismo el yeso de los techos. Se detiene o cambia de paso el péndulo de los relojes y se mueven las lámparas que cuelgan del techo.
Un terremoto de la escala sexta de Mercalli provoca pánico y obliga a evacuar casas y edificios. Rotura de cristales y vajillas, caída de estanterías, libros y cuadros de las paredes. Hay desplazamiento de muebles y suenan las campanas de los templos.
Durante un sismo de 7 grados se hace difícil la permanencia de pie; es percibido por los automovilistas; daños apenas perceptibles en edificios bien construidos pero hay destrucción en los edificaciones endebles (el caso del sismo de Haití). Se forman ondas en las superficies de estanques y las aguas se enturbian; suenan las campanas parroquiales con fuerza.
Un terremoto de ocho grados derrumba las estructuras altas y rígidas y provoca grandes daños a edificios mal construidos. Perturba la conducción de vehículos. Cambia el caudal de manantiales y provoca desprendimientos en terrenos con relieve. El reciente de Chile.
Durante un movimiento de 9 grados de Mercalli hay daños considerables en edificios incluso bien construidos y rotura de conducciones subterráneas; grandes grietas en el suelo. El de 10 grados provoca la destrucción de estructuras de ladrillo y el océano invade las ciudades. En el de 11 grados muy escasas estructuras permanecen de pie y en el de 12 la destrucción es total. Personas y objetos son despedidos al aire.

Los más catastróficos

Los científicos han aplicado retroactivamente ambas escalas para conocer las intensidades de algunos terremotos ocurridos en siglos pasados, en distintas partes del mundo.
China (1556):850 mil víctimas; Japón (1703): 200 mil víctimas; Lisboa (1755):50 mil víctimas; Sicilia (1763): 60 mil víctimas; Calabria (1783): 60 mil víctimas: Quito (1868): 25 mil víctimas; Isla de Java (1883): 7 mil 483 víctimas.

¿Tsunamis en Acapulco?

Conocidos en la antigüedad como marejadas o maremotos, los fenómenos marítimos ocasionados principalmente por sismos tomaron a partir de 1963 el nombre de tsunamis . Así lo acordó un congreso de especialistas sismólogos con propósitos de concreción y uniformidad.
El tsunami (del japonés tsu: puerto o bahía y nami: ola) es en efecto una ola o serie de olas que se producen en una masa de agua empujada violentamente por una fuerza que la desplaza verticalmente. Puede ser ocasionado por terremotos locales u ocurridos a distancia. Ahora bien, no todos los terremotos generan tsunamis, sólo aquellos que ocurren en el lecho marino y que son capaces de deformarlo.
Las crónicas hablan de tsunamis en Acapulco y ambas costas partir del siglo XVI y hasta el XX, incluso. Ninguno con los efectos catastróficos de los ocurridos recientemente en el mundo, por supuesto. (Continuará).