EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Crónicas del pasado / 5

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 18, 2019

Un abrazo cariñoso para mi amigo Adalberto Ramírez Terán, lamentando el deceso de su señora madre, Doña Francisca Terán Mejía. QEPD

Terremotos y tsunamis en Acapulco

Entre las muchas calamidades que asolaron a los pueblos mesoamericanos antes de la llegada de los españoles –epidemias, heladas, sequías, hambrunas y más– no faltaron los terremotos. Algunos con tal potencia que llegarán a alterar la orografía de varias regiones.
Como el ocurrido en 1469 que afectó en el Valle de México y la costa de Anáhuac, particularmente la hoy Costa Chica de Guerrero, región habitada entonces por amuzgos, mixtecos y yopes. Tribu libérrima esta de los yopes nunca sometida por los aztecas y única en rebelarse contra el trato bestial de los españoles. El castigo ejemplarizante será su exterminio ordenado por Cortés y del cual sobrevivirán únicamente mujeres y niños. Un reducido grupo de ellos se congregará mucho más tarde en Acapulco, concentrados en el barrio de El Teconche.
Terremoto que coincidió con el ascenso del rey Axayácatl (1469-1481) y cuyos efectos se resintieron en Acapulco. “Fortísimo temblor de tierra ocasionó el derrumbe de muchos cerros y pocas desgracias personales”, reseña brevemente el cronista de la época.
El primer sismo del que hablan las crónicas españolas ocurrió en Acapulco en abril de 1523, sin más detalles sobre daños y víctimas. Otro será el de octubre de 1616, este sí con grandes afectaciones en la ciudad y en la Costa Chica.
Dos años más tarde, el 13 de febrero de 1619, Acapulco fue sacudido por un terremoto de grandes proporciones. Se habla por primera vez de algo que será luego costumbre invariable: “las familias, temerosas de nuevas sacudidas, abandonarán sus casas para establecerse por días en la playa Larga”.

El Popo

Acapulco tiembla el 2 de julio de 1685 como consecuencia de una de las muchas erupciones del volcán Popocatépetl, mole humeante que arrojará esta vez ceniza durante cuatro días. Varias casas se vienen abajo y sufren daños severos varios edificios públicos. Entre estos la capilla de San José (construida en 1614 por milicianos negros en la hoy calle Morelos, cerca del Palacio Federal); el hospital Real de Nuestra Señora de la Consolación o de San Hipólito, localizado en medio de una espesa arboleda en la actual calle Galeana, quizás esquina con Mina; y la Real Fuerza de Acapulco (nombre oficial de la fortaleza que la gente llamará por siglos castillo de San Diego), afectada en su parapeto y muralla.
Los acapulqueños atenderán el llamado del Castellano Fabián Salazar para participar en la reconstrucción de los inmuebles dañados, personalmente o pagando los salarios de la peonada.
El templo de San Nicolás Tolentino había sucumbido años atrás también por los efectos de un temblor de tierra. Se localizaba en el primer escalón del cerro de La Quebrada y reconstruido ahí mismo bajo la dirección del Castellano Martín de Sepúlveda y el párroco Melchor Anejo. Los soldados negros a cargo de la reedificación se asentarán con sus familias en los alrededores, dando lugar a un barrio alegre y nada religioso.
Víctima también de la furia del Popocatépetl, o Don Goyo, fue la parroquia de nuestra Señora de los Reyes, frente a la plaza principal de la ciudad. Su párroco, doctor en cánones José Villafuerte Zapata, emprenderá la construcción de un nuevo templo contando con el entusiasmo de los porteños y el altruismo de los navegantes. Será inaugurado finalmente en 1701 dedicado esta vez a la virgen María en su advocación dolorosa de La Soledad, a cargo entonces del bachiller Jóseph de Matamoros Céspedes.

140 mil víctimas

El siglo XVII de intensos terremotos se cierra en el puerto con uno severo el 14 de septiembre de 1685 y una réplica similar al día siguiente, únicamente con daños materiales. En otras partes del mundo la centuria dejará un número impresionante de víctimas de la furia telúrica: 80 mil en el Cáucaso y 60 mil en Catania, Italia.

El Padre Nuestro

Ya avanzada la evangelización en el Nuevo Mundo, alguien urdió medir la duración de un terremoto con la oración del Padre Nuestro. El número de veces declamada, murmurada o simplemente pensada durante la sacudida. Se hablará entonces de que tal o cual sismo había durado media, una, una y media e incluso dos oraciones.
Padre nuestro que estás en los cielos
santificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
así en la Tierra como en el cielo.
Danos hoy el pan de cada día;
perdona nuestras ofensas
así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden;
y no nos dejes en tentación,
más líbranos del mal
Amén.

Los tsunamis

Más que a los terremotos nuestros antepasados temían a las epidemias. La peste o matlazáhuatl, por ejemplo, se ensañará particularmente durante el siglo XVIII con una poda impresionante de 200 mil personas. En la materia que nos ocupa, esta centuria se significará por los movimientos de tierra acompañados por marejadas o maremotos, hoy tsunamis.
El movimiento del agua generado por un tsunami produce en el fondo del mar un efecto de latigazo hacia la superficie, capaz de levantar olas de magnitud inimaginable, mismas que pueden viajar miles de kilómetros sin perder fuerza. Habitualmente son olas de 6 o 7 metros, aunque suelen superar los 30 metros. El tsunami generado en 1883 por la erupción del volcán Krakatoa, entre Java y Sumatra, las produjo hasta de 40 metros con viaje de hasta 5 mil kilómetros.
Don José Manuel López Victoria, uno de los más respetados cronistas de Acapulco, da cuenta sobre uno de ellos:
“Un fuerte sismo continuado por extraordinario crecimiento del mar, sorprendió a los acapulqueños el 25 de febrero de 1732 y la ciudad quedó destruida casi en su totalidad. Solamente la Real Fuerza (fuerte de San Diego) y algunos edificios resistentes se mantuvieron de pie no obstante las cuarteaduras que sufrieron.
“Las aguas abandonaron intempestivamente su lecho y azotaron con brusquedad las casas levantadas a la orilla de la playa, para inundar la parte baja de la plaza de Armas (Álvarez) y la parroquia de la Soledad.
“El pánico sobrecogió a los moradores y todas las familias huyeron a los cerros en busca de refugio. El agua alcanzó los dos metros en la parte céntrica y paulatinamente retornó a su antiguo aposento hasta producir confianza entre los vecinos, quienes volvieron a sus casas derrumbadas para lamentar y llorar sus desgracias”.
“El gobernador Juan Eusebio Gallo de Pardiñas y el bachiller Joseph Sebastián Munive se encargaron de suministrar la ayuda a los habitantes, contado con la de la buena disposición de todos los habitantes para levantar los escombros. Al frente, los milicianos de la Costa del Sur”. Otras fuentes refieren que dos días más tarde se produjo una réplica casi de la misma intensidad, acompañada por una tempestad ciclónica.

El volcán de Colima

A una de las muchas erupciones del volcán de Colima se adjudicó el terremoto que sacudió a Acapulco la noche del 30 de agosto de 1754, precedido de un feroz desbordamiento del mar con olas de hasta 3 metros de altura.
La potencia del oleaje contra los muros del fuerte de San Diego fue calculada en miles de golpes de catapulta*, resintiendo no obstante sólo daños menores. Las aguas inundaron casi dos leguas tierra adentro (11 kilómetros, más o menos), salvándose únicamente los campesinos que tuvieron tiempo de encaramarse en los cerros y árboles. No se cuantificó el número de víctimas.
Los azorados porteños no daban crédito a lo que sus ojos veían cuando el mar volvió a su lecho: un galeón de Manila varado en medio de la plaza de Armas (Álvarez). Muchos niños tuvieron la primera oportunidad de subir a un barco e incluso jugar a los piratas.
Fueron tantos y tan severos los daños sufridos por la ciudad que hubo necesidad de traer albañiles y carpinteros de fuera para las reparaciones indispensables.
*La catapulta fue un instrumento militar del Medioevo para lanzar a distancia objetos pesados como proyectiles, usada principalmente para derribar murallas enemigas.

Sucumbe el Castillo

“El castillo de San Diego está mal cimentado y con un sismo muy fuerte se vendrá abajo”, tal fue una advertencia que circuló por décadas entre Acapulco, la metrópoli y España, sin que nadie le hiciera caso (como hoy aquí la alerta sobre la precaria solidez de inmuebles públicos y privados).
Pero hete aquí que en 1674 un preocupado gobernador de Acapulco, Don Juan de Zalaeta, ordena al ingeniero militar Francisco Pozuelo de Espinosa la revisión del inmueble y su resultado será el anticipado. La tramitología burocrática se llevará otros muchos años, tantos que deberá llegar el de 1776 para hacer efectiva la vieja advertencia.
“El terremoto de 1776 causó la destrucción total de Acapulco –escribe el general, periodista e historiador Vito Alessio Robles, cronista accidental pero honesto y acucioso del puerto–, sin perdonar a la maciza fortaleza de San Diego. Las espesas murallas de los parapetos, los muros de revestimiento de las escarpas y contraescarpas y los polvorines se derrumbaron estrepitosamente en la feroz sacudida, como si fueran frágiles paredes de castillos de naipes. En la ciudad no quedó una sola casa en pie. La iglesia de La Soledad quedó en ruinas, en tanto que la capilla de San José sufrirá su tercera destrucción”.
“El movimiento de inició como a las 2 de la tarde con el acostumbrado bramido de los cerros y tendrá una réplica a eso de las 19:30 horas”. Nunca hubo un acuerdo si duró la lectura de un Padre Nuestro completo, o menos.

Reubicar la ciudad

Relata Robles que el temblor arruinó de tal modo la ciudad que surgirán propuestas serias para cambiarla de lugar. Se escogió para reubicarla a la pequeña península unida a tierra por el angosto istmo que separa la bahía con la playa de La Langosta. El cosmógrafo Juan Francisco de la Bodega y Cuadra realizó el plano de tal proyecto, mismo que se conserva en el Archivo General de la Nación, revela.

250 mil víctimas

No menos terrible será el cierre del siglo XVIII en materia de terremotos. Las víctimas de los ocurridos en India, Irán, Lisboa, Italia y Perú sumarán 250 mil.