EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Crónicas del pasado / 6

Anituy Rebolledo Ayerdi

Julio 25, 2019

 

 

Terremotos y tsunamis en Acapulco. Olas de cinco metros

“La tierra temblaba, los cerros bramaban y el mar se retiraba para volver impetuoso empujando olas hasta de cinco metros de altura. Aguas que invaden la plaza de Armas (Álvarez) inundando por supuesto la parroquia de La Soledad. La acción se repetirá pasados tres días corriendo las aguas tierra adentro arrasándolo todo”.
El relato corresponde a una crónica del terremoto-tsunami ocurrido en Acapulco el 25 de marzo de 1787, con réplica el 28 del mismo mes. Exactamente, a los 11 años del fenómeno que destruyó el fuerte de San Diego. La voz de testigos presenciales es rescatada por el periodista y escritor Vito Alessio Robles (Acapulco en la historia y en la leyenda)
“Para el comandante de la fortaleza se trataban de mareas inusitadas. El mar avanzaba y retrocedía sucesivamente sobre la costa, aún sin viento y sin alto oleaje. Al mediodía había subido su nivel en más de cuatro metros y para las dos de la tarde habrá bajado poco más de dos pero luego, en seis minutos más, volver a la altura inicial, retirándose unos cien metros de la orilla. El enorme galeón San Andrés, fondeado a once brazadas, llegará a quedarse con cuatro de ellas en cada retirada (Las profundidades en el centro de la bahía serán calculadas más tarde por Humboldt en 24 y 30 brazadas)”.
Justamente alarmada por el fenómeno nunca visto en Acapulco, la población tomará el rumbo de los cerros. Las autoridades trasladarán el tesoro real de la fortaleza al hospital cercano. Los comerciantes, por su parte, pondrán en tapancos a salvo sus mercaderías. El inexplicable sube y baja de las aguas de la bahía duró 24 horas, movimiento que se atenuará a las 5 de la tarde del segundo día. Las pérdidas fueron cuantiosas para el comercio lo mismo que para la ganadería, al ser arrastrados por la corriente muchos animales. La ayuda a la población fue dirigida por el gobernador de Acapulco, Rafael Vasco, y consistió en víveres y ropa. El fenómeno se habría sentido también en las dos costas, particularmente en la Costa Chica.

Siglo XVIII, desastres

Para 1790 Acapulco era habitado por 996 personas, mulatos mayormente. Había únicamente 130 casas de ladrillo con techo de tejas y amplios corredores; el resto era de bajareque y palma. La nueva fortaleza, terminada tres lustros atrás, rebautizada como ya se dijo con el nombre de San Carlos en honor de su constructor el rey Carlos III, lucía indestructible. Su dotación la componían un centenar de soldados, fusiles y cañones. Además de la parroquia de La Soledad, en el mismo sitio actual, los católicos asistían a tres capillas localizadas en distintos rumbos de la ciudad, ya citadas aquí.
Acapulco será asolado en la última década del siglo XVIII por varios desastres naturales, figurando entre ellos el desbordamiento del río de La Sabana, varios ciclones y marejadas y sin faltar los terremotos. De estos últimos el más fuerte y prolongado se sintió el 9 de agosto de 1791 aunque sin daños mayores. La población nunca podrá acostumbrarse al bailoteo de la tierra y por tanto entrará en pánico con nuevos movimientos en mayo y junio de 1794.
Cuando han pasado 12 años del último gran terremoto-tsunami, Acapulco es sacudido el 17 de junio de 1799 por un temblor seguido de un desbordamiento de la bahía. Y por si no fueran suficientes calamidades, un fortísimo ciclón levantará techos y doblará palmeras sucumbiendo nuevamente las capillas de San Nicolás y San José.

Acapulco, ¿ciudad?

Acapulco poseía de siglos atrás el título de ciudad. Lo había concedido el rey Felipe II pero el documento se había destruido durante un incendio del archivo municipal. Ante carencia tal, el cubano virrey Vicente de Güemes Pacheco de Padilla y Horcasitas, segundo conde de Revillagigedo, gestiona uno nuevo ante la corona española. Lo otorga esta vez el rey Carlos IV (hijo de Carlos III, constructor del nuevo fuerte), respetando el nombre original de Acapulco, Ciudad de los Reyes. La firma del documento se da en Madrid el 1 de noviembre de 1799 y los acapulqueños lo festejarán en grande cuando se enteren de ello, pasados cuatro años.

Capilla de San José

Reconstruida luego de quedar maltrecha con el último sismo, la capilla de San José es entregada por su propietario, con repudio general, a la iglesia presbiteriana. Se convertirá entonces en el escenario de una horrible masacre durante la celebración de una boda entre una dama católica y un caballero protestante. La acapulqueña Zenaida Díaz y el estadunidense Henry Morris, el 26 de enero de 1875.
La recoleta sociedad porteña –intolerante por definición–, se manifiesta agraviada por la presencia de un credo ajeno al suyo y en particular por aquella unión “aberrante”. Alentados por sus guías espirituales, los católicos locales impulsarán acciones violentas contra aquellos “malditos herejes”.
Una grupo siniestro compuesto por indios de los poblados de Carabalí y Santa Cruz, capitaneado por el sanguinario salteador Cirilo Valdez, rodean la capilla a las 8 de aquella noche fatal. Esperarán el momento de la unión entre la acapulqueña y el estadunidense para enarbolar sus machetes y lanzarse contra la concurrencia. A la tenue luz de las velas masacran si piedad a hombres, mujeres y niños. Cirilo se dirige a Morris y de un tajo le corta la cabeza para enseguida abrir en canal a Zenaida, al tiempo en que otro atacante degüella al pastor protestante.
Las tinieblas y la llegada de la policía, al mando de don Francisco Mejía, logran salvar a un buen número de asistentes. La sangre, al decir de algún reportero metropolitano, formó un arroyo corriendo impetuoso por la calle del Fuerte (actual Morelos) hacia la plaza de Armas. El siniestro del que se ocupa la prensa metropolitana no tendrá repercusiones mayores, dando pie a la versión popular de que el tal Cirilo Valdez era protegido del gobernador Diego Alvarez, hijo de don Juan.
Convertida en bodega, la capilla de San José desparecerá finalmente en 1936 para dar paso al primer Palacio Federal de Acapulco. Hoy mismo, un templo de aquella iglesia, localizado en la avenida 5 de Mayo, se denomina Mártires del 75.

Siglo XIX

El nuevo siglo de terremotos y tsunamis se inaugura el 8 de marzo de 1800 con un temblor sobre el cual no existen más referencias de que fue “muy intenso”. Veinte años más tarde, el 4 de mayo, un sacudimiento intenso alarma a la población dedicada a sus actividades diarias. El hospital de San Hipólito sufre daños graves y su campanario se viene a abajo. Las tejas de las techumbres se corren cayendo con estrépito y golpeando transeúntes. Las marejadas tendrán el mismo comportamiento de fenómenos anteriores, con olas de más de tres metros de altura. Sin embargo, más terrífico y dañino aún será el movimiento telúrico que sacuda al puerto el 3 de noviembre de 1841, con afectación indiscriminada de casas y edificios públicos.
El 16 de abril de 1845, como a las 4 de la tarde, el oleaje del mar se alzará golpeando salvajemente los muros del fuerte de San Diego e inundando la plaza de Armas. Sucederá que el mar se retirará hasta 40 varas adentro, dejando una playa de las mismas dimensiones. El fenómeno durará casi 24 horas volviendo las aguas a su lecho, esta vez mansa y paulatinamente. La Costa Grande también resultará afectada por este sismo y tsunami.
Familiarizados con los avances y retrocesos de las aguas de la bahía con arribadas hasta la parroquia de La Soledad y dejando en su retroceso una playa del tamaño de la plaza de Armas, los porteños ya sabrán qué hacer aquel 25 de mayo de 1868. Se treparán raudos a los cerros. Un movimiento desastroso este, pero nada parecido con el ocurrido ese mismo año en Chile. Destruida, la ciudad de Arica será arrasada por grandes olas provocando la muerte de 25 mil personas así como la destrucción de todas las embarcaciones ancladas en su bahía.

Humboldt

A principios del siglo décimo nono, el 23 de marzo de 1803, llega a Acapulco el cosmógrafo, naturista y explorador alemán Alejandro de Humboldt. No obstante que durante su estancia de cinco días no lo sorprendió ningún sismo o marejada, se referirá a tales fenómenos lanzando incluso una teoría propia sobre ellos:
“Examinando el istmo estrecho que separa la bahía, entre la playa de la Langosta y el Abra de San Nicolás (La Quebrada), se diría que la naturaleza ha querido formar en este lugar un tercer paso semejante a los de la Boca Grande (Bocana) y de la Bocha Chica. Este istmo es muy interesante desde el punto de vista geológico. Nosotros hemos subido a rocas desnudas de una forma bizarra que tienen apenas sesenta metros de elevación, y parecen desgarradas por la acción de los temblores de tierra, que son frecuentes en esta costa”.
“Se observa en Acapulco que las sacudidas se propagan en tres direcciones diferentes: unas veces provienen del istmo mencionado; otras, del noroeste, como si vinieran del volcán de Colima y unas más del sur. Desde hace algunos años las sacudidas se han sentido más fuertes y precedidas de un fuerte ruido sordo, tanto más espantoso cuando es muy prolongado”.
“Se atribuyen los temblores de tierra que se resienten desde la dirección del sur a volcanes submarinos (“Trinchera de Acapulco”), porque si se mira aquí lo que yo pude observar varias veces en el Callao, de Lima: que el mar se agita súbitamente de una manera espantosa sin que sople nada de viento”.
El sabio germano se refirió también a los vendavales, tan característicos del puerto.
“Los vendavales son tempestuosos, duros, acompañados de nubes espesas cercanas a la tierra, sobre todo en agosto, septiembre y octubre, que se descargan en diluvios de veinte a veinticinco días; lluvias que destruyen cosechas mientras que los vientos del suroeste desenraizan los más grandes árboles. Yo he visto, cerca de Acapulco, una ceiba, cuyo tronco tenía más de siete metros de circunferencia, y que había sido abatida por un vendaval”.

Los últimos del siglo XIX

Acapulco no parará de temblar y su mar de lanzar aguas tierra adentro durante el resto del siglo XIX: 25 de marzo de1868, 7 de abril de 1871, 19 de marzo de 1880, 16 de abril de 1880 y 20 de marzo de 1896.

Terremotos y tsunamis
catastróficos

Contraria y felizmente a lo sucedido en Acapulco con saldos letales mínimos, los terremotos y tsunamis en otras regiones del mundo tuvieron en esta misma centuria saldos catastróficos.
New Madrid, Missouri, 1812, 270 muertos; Alepo (Asia Menor), 1822, 22 m#il muertos; Echigo (Japón), 1828, 30 mil muertos; Arica (Chile), 1868, 25 mil muertos; Ecuador y Colombia, 1868, 70 mil muertos; Turquía, 1872; mil muertos; Riku-Ugo (Japón), 1896, 22 mil, muertos.