EL-SUR

Jueves 18 de Julio de 2024

Guerrero, México

Opinión

¿Cuál es el saldo del último G-20 en la India?

Gaspard Estrada

Septiembre 13, 2023

El pasado fin de semana, los líderes de las veinte economías más grandes del mundo, más los dirigentes de varios organismos internacionales, se dieron cita en la India, que ejerce la presidencia pro tempore del G-20. En este sentido, los resultados de esta presidencia han sido positivos para su primer ministro, Narendra Modi. Con la mirada puesta en su reelección el año que viene, este último ha aprovechado los numerosos actos en el marco del G20, organizados en todas las regiones indias con amplia participación de la población local, para promover su culto a la personalidad y proyectarse como líder indiscutible al frente de una nación cada vez más importante en la escena mundial, con ambiciones de entrar en el selecto grupo de las grandes potencias.
Como cereza en el pastel, la inclusión de la Unión Africana en el G20 refuerza la campaña de la India para presentarse como líder del Sur Global, una posición que también reclama Pekín. No es de extrañar, pues, que Modi celebrara la publicación del documento final de la cumbre. Fue un ejemplo clásico de cómo utilizar la política exterior para consolidar la imagen de gran estadista con el fin de obtener beneficios políticos en casa.
Sin embargo, desde un punto de vista global, la declaración final de la cumbre, relativamente vaga y sin muchas acciones concretas, fue una señal de que la cooperación internacional atraviesa su peor crisis en décadas. Desde luego, esto no es culpa de la diplomacia india, que se esforzó por identificar posibles puntos de convergencia y hacer posible un acuerdo final a pesar de los profundos desacuerdos sobre la invasión rusa de Ucrania, la lucha contra el cambio climático y las cuestiones comerciales. La cumbre del G20 en la India reflejó la actual fuerza centrífuga entre las principales potencias, que dificulta la construcción de grandes consensos.
En Nueva Delhi quedó claro que el debilitamiento de las potencias tradicionales y la aparición de otros polos de poder está provocando tensiones y nuevos desacuerdos: la ausencia de Xi Jinping, por ejemplo, representó un intento chino de desbaratar el plan de Narendra Modi de brillar en su foro internacional. Sin embargo, más que esto, la ausencia del líder chino en la cumbre del G20 también puede interpretarse como una creciente preferencia china por foros alternativos sobre los que Pekín tiene más control, como el grupo BRICS, que recientemente ha experimentado una expansión impuesta por China.
El gobierno chino ha hecho todo lo posible para evitar que Estados Unidos asuma la presidencia del G20 en Estados Unidos en 2026, y es probable que Xi Jinping repita su gesto de mantenerse al margen en esta ocasión. Del mismo modo, es probable que la ausencia de Vladimir Putin se convierta en rutina, en vista de la orden de detención dictada contra él por el Tribunal Penal Internacional. Es poco probable, por ejemplo, que Putin asista a la cumbre del G20 en Río de Janeiro en noviembre de 2024, aunque Lula diga que Putin no será detenido en Brasil si acude al país.
Para empeorar las cosas, las rupturas geopolíticas en curso parecen volverse irreversibles. Es probable que la relación entre China e India empeore a medida que Nueva Delhi busque un mayor protagonismo mundial, chocando inevitablemente con los planes de China de convertirse en el líder indiscutible de Asia. Del mismo modo, independientemente del resultado de la invasión rusa de Ucrania, la relación entre Occidente y Rusia será, en el mejor de los casos, una especie de guerra fría, marcada por una profunda desconfianza mutua. Esta realidad no sólo complicará la resolución del conflicto fronterizo entre Pekín y Nueva Delhi y de la guerra en Ucrania, sino que también contaminará las negociaciones sobre otras cuestiones, desde la lucha contra el cambio climático mundial y la pobreza hasta la proliferación nuclear.
Esto no significa, por supuesto, que el G20 deba dejar de existir. Al contrario, al G20 se le puede aplicar lo mismo que se dice de la ONU: “Si no existiera, habría que inventarla”. En un mundo cada vez más inestable y marcado por el riesgo de confrontación entre las grandes potencias, es necesario preservar los espacios institucionalizados de diálogo. Aun así, conviene ajustar las expectativas. Es muy probable que en una de las próximas cumbres del G20, los participantes ni siquiera se pongan de acuerdo sobre una declaración final. La atención se centrará cada vez más en la gestión –más que en la superación– de las diferencias geopolíticas y en la identificación de consensos en áreas específicas.

* Director Ejecutivo del Observatorio Político de América Latina y el Caribe (OPALC), con sede en París

Twitter: @Gaspard_Estrada