EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

¿Cuál es la propuesta de Francisco?

Jesús Mendoza Zaragoza

Febrero 22, 2016

Expectativas diversas había entre los mexicanos en relación a la visita del papa Francisco. Había también muchos que no tenían expectativas o más bien tenían temores o inconformidades. Así es una sociedad plural. Hay quienes resultaron defraudados porque esperaban que diera de golpes a un gobierno que nos ha victimizado o a una clase política corrupta que está engolosinada con el poder. También los hay que quisieron aprovechar la circunstancia para lucirse o tomarse la foto sin el menor ánimo de considerar su mensaje. Francisco estaba consciente de que no estaba en condiciones de responder a toda las expectativas.
Muchos análisis se están haciendo sobre esta visita. Creo que ahora sólo es posible un análisis provisional en espera de sopesar la repercusión de su mensaje y de sus gestos en los principales interlocutores que él consideró. En mi opinión, la mirada de Francisco no se circunscribió a México, sino a toda la América Latina. Le habló a México para que lo entendiera Latinoamérica. Escogió a un país gravemente herido por dolencias históricas y con una Iglesia católica sin la altura para contribuir a la justicia y a la paz. El episcopado mexicano tiene fama de ser uno de los más conservadores y alejados de los pobres y de sus sufrimientos.
Teniendo en el horizonte a la América Latina escogió dos interlocutores bien precisos, a quienes buscó con su mirada y con sus palabras. El primero, es la sociedad mexicana, y de una manera más precisa, las víctimas de este modelo de desarrollo que ha generado mil violencias: los indígenas, los presos, los enfermos, los jóvenes, los migrantes, los trabajadores y las victimas del narcotráfico. Y, el segundo interlocutor fue la Iglesia misma, su Iglesia en México, representada en los encuentros de la catedral de la Ciudad de México, Ecatepec y Morelia. Considero que podría hablarse de un tercer interlocutor que, a mi juicio, no fue fundamental sino secundario: el gobierno. El discurso de Palacio Nacional en el que habla sobre el bien común y señala los privilegios de las élites como nocivos para la salud nacional, era más bien para que lo escuchara la sociedad puesto que al gobierno no le importan discursos éticos y se le resbalan los cuestionamientos porque tiene un proyecto inamovible de privilegios y de exclusiones.
Esto significa que Francisco cree más en las potencialidades de la sociedad civil y en la ciudadanía madura que en las decisiones políticas de las élites. Y, además, cree que su Iglesia puede evolucionar como un actor que tenga incidencia para el bienestar de la gente. El mensaje que Francisco dejó en México está expresado en el conjunto de sus discursos y homilías, de donde emana su pensamiento pastoral plasmado ya en varios documentos programáticos publicados en estos casi dos años de pontificado.
Francisco dirige su mirada a la sociedad mexicana, enfocando a los sectores más vulnerados mencionados arriba. Habló de una sociedad capaz de “incluir a sus pobres, a sus enfermos o a sus presos”, del México que heredaremos a las siguientes generaciones que cuente con las Tres T: trabajo digno, techo decoroso y tierra para trabajar e invitó a soñar “el México que sus hijos se merecen; el México donde no haya personas de primera segunda o de cuarta, sino el México que sabe reconocer en el otro la dignidad de hijo de Dios”. Y visualizó que “un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común, este bien común que en este siglo XXI no goza de buen mercado”.
Con estas pinceladas propone que la sociedad asuma su responsabilidad y que los ciudadanos se empoderen para impulsar las transformaciones que el país necesita. En otras palabras, nos quiso decir que ya no estemos esperando que los cambios vengan desde el gobierno sino que los construyamos los ciudadanos. Conviene pensar en esta propuesta de fondo. Nadie va a resolver nuestros graves problemas sin nosotros. Esto es lo que le falta al país, pues la sociedad mantiene una fragilidad fatal que no resiste los embates del Estado ni del mercado. Y se requiere el empeño en el bien común que, según señala, “no goza de buen mercado”.
Esto lo dijo en Palacio Nacional para que lo escucharan las élites, expertas en el arte de la exclusión y de los privilegios, pero también tenemos que reconocer que se trata de una carencia social. Precisamente el desprecio del bien común es un factor decisivo de la vida en sociedad donde también “se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo”. Tenemos una sociedad enferma de desesperanza, de miedo, de pasividad. ¿De dónde más salen los políticos si no de la sociedad y, muchas veces, de lo peor de la misma?
Y a propósito, señaló una tentación tan común que hace tanto daño a la sociedad: la resignación. “Una resignación que nos paraliza, una resignación que nos impide no sólo caminar, sino también hacer camino; una resignación que no sólo nos atemoriza, sino que nos atrinchera en nuestras ‘sacristías’ y aparentes seguridades. ( …) Una resignación que no sólo nos impide proyectar, sino que nos frena para arriesgar y transformar”. Este es un llamado a un radical cambio de actitud ante los graves desafíos que tenemos. Acomodarnos al sistema político y al modelo económico frena todo esfuerzo de transformación social que debe tener en el centro la dignidad humana. “Cuántas veces, dijo, experimentamos en nuestra propia carne, o en la de nuestra familia, en la de nuestros amigos o vecinos, el dolor que nace de no sentir reconocida esa dignidad que todos llevamos dentro. Cuántas veces hemos tenido que llorar y arrepentirnos por darnos cuenta que no hemos reconocido esa dignidad en otros. Cuántas veces –y con dolor lo digo– somos ciegos e inmunes ante la falta del reconocimiento de la dignidad propia y ajena”.
Y el segundo interlocutor, la Iglesia, su Iglesia, recibió un mensaje exigente. Reconociendo que la Iglesia católica en México no ha estado teniendo una praxis pastoral coherente con el Evangelio y con las necesidades del país y, sobre todo, de los pobres y excluidos, Francisco la llama a rectificar y la anima a entregar lo mejor de sí misma en favor de los pobres. A los obispos les exige que “no le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los ‘carros y caballos’ de los faraones actuales”.
Y también les exige “superar la tentación de la distancia… de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la autoreferencialidad”. Además de largar los estilos de vida principescos, conmina a los obispos a tener una cercanía hacia el pueblo, a la escucha atenta de los clamores de quienes sufren y de quienes gritan por la justicia. Y apunta además: “Les ruego no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia”.
Y quiero concluir con el comentario que Francisco hizo en San Cristóbal de las Casas de un texto del Popol Vuh, que manifiesta un sueño, un sueño que tiene que ir haciéndose realidad, un horizonte que se abre para dar paso a algo nuevo: “Hay un anhelo de vivir en libertad, hay un anhelo que tiene sabor a tierra donde la opresión, el maltrato y la degradación no sean moneda corriente. En el corazón del hombre y en la memoria de muchos de nuestros pueblos está inscrito el anhelo de una tierra, de un tiempo donde la desvalorización sea superada por la fraternidad, la injusticia sea vencida por la solidaridad y la violencia sea callada por la paz”.
Si bien tenemos una clase política corrupta, un clero encerrado en su propio confort y una sociedad enferma, estamos ante una oportunidad. La “crisis humanitaria” de la que habló Francisco en Ciudad Juárez abre una oportunidad para alinear las cosas en el sentido de la justicia y de la paz. Un nuevo proyecto de nación puede visualizarse si en el centro de la misma están los trabajadores, los migrantes, los jóvenes, las víctimas del narcotráfico, los indígenas, los presos y los enfermos, como los principales sujetos de la transformación social. Y si la sociedad civil se responsabiliza de esta gran tarea y si la Iglesia católica abandona su comodina actitud.