Federico Vite
Diciembre 31, 2024
Federico Vite
Estoy completamente seguro que leer libros voluminosos engorda. Pero los disfruto. Recientemente me di a la tarea de hincarle el diente a la novela histórica Perfidia ( Alfred A. Knopf, Estados Unidos, 2014, 700 páginas), de James Ellroy, un libro que intenta capturar el espíritu de una época; para ser preciso, narra veintiséis días de aquel diciembre de 1941.
Se divide en tres partes: “Los Japoneses”, “Las grietas”, y “La quinta columna”. Cada sección está vinculada por los personajes: policías corruptos, violentos e injustos, William H. Parker y Dudley Smith, acompañados por un médico forense gay, Hideo Ashida; el más inteligente, considerado un genio por sus pares, es Kay Lake, quien lleva un diario y gracias a eso sabemos algunas cosas de los otros personajes y de Los Ángeles como epicentro del daño. Ellos cuatro se involucran, de alguna u otra manera, con el salvaje homicidio de una familia japonesa de apellido Watanabe, a quienes encuentran anegados de sangre en la sala de su casa.
Un día después de que la policía descubriera los cadáveres de los Watanabe, el 7 de diciembre de 1941, en la vida real y en la novela, se consuma el ataque de la Armada japonesa a la base naval estadunidense en Pearl Harbor. El homicidio de los japoneses pone en perspectiva una cuestión racial. Escala la violencia, la Segunda Guerra Mundial pone contra la pared a todos los vecinos del norte y el departamento de policía de Los Ángeles recibe la urgente llamada de un funcionario para que se resuelva urgentemente ese caso.
Como es usual en estas circunstancias, ¿a quién le importa la justicia? ¿Cómo detener al asesino de un caso que nadie quiere resolver? De eso va la novela, y Ellroy tiene el músculo narrativo para hacer que la realidad de esa época se mezcle con la ficción. Bajo la sombra de la violencia, crece un romance; bueno, muchos affaires, muchos besos, mucho sexo.
Gracias a la pluma de Ellroy asistimos a fiestas de primer nivel, donde los actores, productores y cineastas conviven con políticos, artistas y mujeres bellas, quienes nunca faltan. Hasta este punto, Perfidia suena más o menos a lo mismo que ha hecho Ellroy, el problema es que el lector avanza en el relato pero la historia se empantana en incansables pesquisas, abusos de poder, escenas de sexo tanto homosexual como heterosexual y, en especial, se empantana en la violencia que todo lo empaña.
Los personajes reproducen un contexto y lo hacen con ansiedad, literalmente metiéndose todo lo que encuentran de alcohol y de drogas.
Durante toda la novela se percibe que la orden de los superiores es demostrar que el departamento de policía de Los Ángeles no es racista, pero todo funciona al revés. Se reproducen las contradicciones a un nivel superlativo. Uno de los personajes que le da un toque siniestro a la historia es Lin Chung, un cirujano plástico que transforma los rasgos de algunas víctimas. Tanto el médico Chung como Ashida, dotan de mucha información forense al relato; lo hacen más verosímil. De paso, el lector tiene más claro el panorama político: los mecanismos de poder con los que algunos tipejos logran ascender a cargos importantes.
Como usted nota, estamos en el universo interno de Ellroy, quien busque esto, se sentirá halagado, porque durante 700 páginas ocurren muchas cosas como las referidas, pero no logran que la historia avance. Dicho de otra manera, yo encuentro en Perfidia algo inusual, no por la extensión, sino porque el autor se interesa en mostrar los motivos de los criminales, no sólo el poder, el deseo o la ansiedad, sino los actos de ellos de manera científica. Por ejemplo:“Ashida dijo: ‘El asesino trajo las espadas aquí dentro, de alguna manera se las ingenió para su conveniencia, o las había ocultado aquí en una visita previa. El acto fue premeditado, y embellece el estado de psicosis que escala en el asesino. La familia obedeció por un sentimiento de vergüenza racial y culturalmente regresivo, derivado de la inapropiada conducta sexual de Nancy y su reciente aborto’”. Es decir, Ellroy quiere competir con las series al estilo CSI, donde básicamente un equipo de ciencias forenses y psicológos hurga en la mente del asesino.
Me temo que Ellroy no busca entretener al lector, ni asustarlo, sino darle cuenta de la normalización de la violencia. No busca impactar tampoco, sino que demuestra un hecho: los mecanismos para normalizar la violencia empiezan por decisiones políticas.
A un libro de 700 páginas podrían sobrarle varias cuartillas, le vendría bien una poda de cincuenta páginas, pero con todo y este señalamiento, Perfidia es un trabajo complejo, estructura por horas, a la manera de un bitácora judicial. Hay días muy largos, con pocos resultados legales, pero repletos de sangre y de maldad. Todo eso va siendo registrado en la escritura.
Al finalizar Perfidia quedan ganas de leer El principito o Cien años de soledad, algo suave, entretenido y mágico, porque la narración del daño, gracias al afecto de la acumulación, es tremenda. Y también lo comparo con la vida de Guerrero porque todo orbita en hechos que nos harían ver como una bomba de tiempo, porque la normalidad ya no la podemos diferenciar de la anormalidad. Piense usted: asesinan al alcalde de Chilpancingo y las investigaciones no dan los resultados esperados; al contrario, confunden las versiones y hasta los hechos; sumado a eso, otra vez se incendia el mercado central de Acapulco, se caen los juegos mecánicos de la feria, se accidentan turistas llegando a Tecpan, hay varias carambolas en la Autopista del Sol, infinidad de choques, abusos de autoridad por las agentes de tránsito, decenas de asesinatos y detenciones policiales, más cobardes asesinatos, persecuciones, esas cosas empañan nuestra realidad y nublan el ideal de futuro. Todo expuesto así, en un mismo tronco del relato, describe un infierno, pero hay algo más, una pista de hielo para regocijo de chicos y de grandes. Es la coronilla de una obra macabra, ¿cierto? Pues sí, con un elemento como ese, ¿qué dirán los periodistas? Nada, sólo comentar que los acapulqueños conocieron el hielo, casi como un cuento de hadas.
Ellroy pone todo el color rojo a las escenas y deja así, con una especie de daltonismo, al resto de la historia. El único contrapeso son las fiestas estupendas (conviven y beben Bette Davis, Serguei Rajmáninov, John Houston, Joseph Cotten, etc.), porque todo orbita en torno a Hollywood, todo, los artistas, los ricachones, los productores, los policías y los asesinos, todos están involucrados. La fábrica de sueños, como lo cuenta Ellroy, entró en crisis en 1941, pero no por la guerra, sino por la falta de sentido en la existencia y al intentar representar la belleza y la felicidad llegaron a ejercicios fílmicos impresionantes. Para mí no es casual que Casablanca, de Michael Curtiz, naciera en 1942.
Las 700 páginas dan una lección valiosa. Algo simple, pero importante: organizar una historia con estas proporciones transforma al autor en un símil de director de orquesta. Es un milagro que Perfidia se mantenga a base de escenas breves. Ellroy, para bien o para mal, sostiene la energía de los personajes y le da así ritmo a todo el cuerpo narrativo, logra profundizar en la mente de los forenses, de los policías y de los delincuentes, logra darle profundidad demográfica a una ciudad convulsa como Los Ángeles. Y nos recuerda que las grandes empresas literarias no son para todo el público. Una cosa más: la habilidad para construir diálogos de Ellroy es, sin menoscabo, portentosa.
Feliz 2025 para todos.
* La traducción del fragmento entre comillas es mía.
@FederíVite