EL-SUR

Miércoles 10 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Cuando todo aquello empezó a desmoronarse

Federico Vite

Octubre 14, 2025

The Flamethrowers (Gran Bretaña, Harvill Secker, 2013, 400 páginas), de Rachel Kushner, es una de esas novelas que sigue atrayendo lectores porque la autora estadunidense explora una veta relacionada de manera exclusiva con lo varonil, pero gracias a éste –y a otros tantos libros– ese espectro del macho alfa se desmorona a una velocidad insospechada en el recuento de los daños de una época anarquista, cuya mejor arma fue el arte de vanguardia.
Reno, así se le conoce a la protagonista de esta historia, es una mujer que intenta ubicarse en el mundo; va de un lado a otro y viaja sola. Son los años 70 del siglo pasado, ella se une a gente que toca las orillas de lo que después se conocería como contracultura: arte de vanguardia, revolución sexual, anarquismo y, por supuesto, la pasión por la velocidad y los viajes en carretera. Es una joven graduada de la escuela de arte; empacó su cámara Bolex Pro y vendió su querida Moto Valera del 65 para comprarse un boleto a Nueva York. Dejó Nevada y planeó hacer muchas películas. Un año después, esos planes adquirieron consistencia.
Reno consigue trabajo en un pequeño estudio cinematográfico y regresa a Nevada con una flamante Moto Valera GT650 (un regalo de su novio Sandro Valera, adinerado nieto de un empresario italiano). Se dirige al circuito de Bonneville para recorrer una milla con la motocicleta y, de paso, desea grabar la experiencia en video. ¿Quién es Sandro? Reno lo conoce en Nueva York, ambos “intentaban aplastar las ideas y los modelos tradicionales”. La llegada de Reno coincide con la explosión del mundo artístico: los artistas han colonizado el SoHo, entonces desolado e industrial, organizan acciones en el East Village y difuminan la línea entre la vida y el arte. Reno, junto a Sandro, conoce a un grupo de personajes que le proveen una educación sentimental extraordinaria.
Reno y Sandro se hicieron pareja muy rápido. Se conocieron en 1975. Se enamoraron de inmediato y lo que llama la atención de este encuentro es que la imantación de los personajes se funda en extravagantes rituales de cortejo; por ejemplo, la primera cita es en un cine del barrio chino. Asisten a la proyección de una película sin subtítulos, por supuesto, asiática, en la que algunos tipos se disfrazan y persiguen a otros, pero eso no le importa a Reno ni a Sandro. Ellos van ahí para conocerse.
Reno narra las vivencias que sólo tienen sentido para quien alimenta la memoria, porque la memoria a final de cuentas es la fuente del libro: “Empezó a meter sus dedos bajo mi ropa interior. Yo giré la cabeza para ver si me observaban, pero la sombra en la sala de cine no me permitía mirar nada. Dejé que siguiera; no apresuró las cosas. Me pidió que viera la película y atendí las figuras largas de las máscaras que usaban aquellos hombres que peleaban”.
El vuelco de la trama ocurre cuando la relación se fortifica. Reno se monta en The spirit of Italy, una motocicleta hiperveloz, y logra así ser la primera mujer en pilotear a altísima velocidad: 495 kilómetros por hora. Sandro no quiere llevarla a Italia para una gira promocional de The spirit of Italy en Europa, pero el equipo de técnicos le convence de que ir a Italia con ella es una buena idea.
Sandro Valera es el heredero de un imperio italiano de neumáticos y motocicletas. Al visitar la casa familiar en Italia, Reno entiende que Sandro es un burgués, pero no se comporta como tal, le gusta andar en moto a alta velocidad, le gustan las peleas y disfruta el arte contemporáneo. Pero ya en Italia algo cambia y Reno entiende que su novio no es un hijo predilecto, ni ella la nuera ideal; la madre la ningunea, también el hermano consentido, Roberto. Vivir en una mansión despierta la conciencia de clase de Reno.
“Ellos (los Valera) no registraban la presencia de los sirvientes, porque no los consideraban gran cosa; estaban ubicados en la parte baja de la escala social. Me sentía objeto de su atención, me veían sin entender por qué yo estaba ahí y nos mirábamos de vez en cuando en la casa o en el jardín; pero ellos retiraban la mirada”.
Reno no se sentía cómoda con los sirvientes, quienes aparecían de la nada y le daban toallas, jabón, tazas, café, etcétera. Se sentía vigilada y trataba de mantenerse a distancia, en especial, de la madre de Sandro, porque “a pesar de que ella sabía que yo (Reno) hablaba italiano, se empeñaba en hablarme en inglés, como si yo no estuviera a la misma altura que ella”. Y es cierto, la ninguneaba, pero de igual manera trataba con la punta del zapato a Sandro. Ellos eran vistos como una pareja de inadaptados. Es atractivo que en la novela se menciona la película que encarna el espíritu de esa época: The misfits (1961), de John Huston. Se habla de ella como una obra maestra.
Los acontecimientos más dramáticos de la novela transcurren en Italia, porque la familia Valera es millonaria, posee fábricas, negocios y un altísimo nivel de vida. Incluso el padre fue amigo de Benito Mussolini. Reno se va enterando de todo eso y de un detalle más, Sandro mantiene una relación extraña con su hermanastra, un vínculo que ella no puede soportar. Y lo abandona. Asiste, en Roma, a las protestas en contra de las masacres en Bologna. Los manifestantes son anarquistas y quieren que la sociedad cambie, que la vida sea distinta y que los viejos grupos de poder sean disueltos.
Reno presencia balaceras, reuniones clandestinas y planes para desubicar al gobierno. Se entera que las Brigadas Rojas empiezan a secuestrar empresarios. Días después raptan al hermano de Sandro. Ese hecho trastoca aún más la trama, define la vida de Sandro y reubica a Reno.
La pericia de Kushner hace de The Flamethrowers una novela histórica que enfatiza la contracultura, pero no la convierte en una panfleto, sino en una referencia obligada para quienes se interesan por historias femeninas en aquellos años convulsos de los 70, cuando los sismos políticos precedieron la revolución artística, pero lo mejor de eso es que la autora se decanta por narrar la explosión social en Nueva York y en Roma, dos ciudades cosmopolitas que fueron asediadas por una generación de jóvenes que hicieron todo lo posible por cambiar este sistema, pero no pudieron. Entre otras cosas, este libro marca esa derrota; en especial, porque está contado en un tono de confidencia y eso genera un eco que pervive en la mente del lector.

* La traducción de las frases entre comillas es mía.

@FederìVite