EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

¿Cuidamos el espíritu?

Jesús Mendoza Zaragoza

Abril 05, 2021

 

La Semana Santa es un tiempo con centenarias raíces espirituales que, con la modernidad, se han ido diluyendo debido al frenesí por la tecnología, el trabajo, el entretenimiento y las demás preocupaciones humanas. Entre nosotros tenemos ahora la atención al turismo y las campañas electorales que están haciendo irrelevantes las necesidades espirituales que todos –creyentes y no creyentes– tenemos. Vivimos extrovertidos como si el mundo espiritual que anida en el interior de cada persona –y de cada cultura, también– ya no importara. Y como consecuencia, el vacío espiritual nos atrapa y no nos permite vivir ni construir el mundo que necesitamos.
Nos hicieron creer que la razón, como constitutivo del ser humano, bastaba. Que bastaba para vivir plenamente y que el progreso es fruto exclusivo de la inteligencia racional, madre del quehacer científico y de todas las tecnologías que disfrutamos. Y que la razón bastaba para el desarrollo de la sociedad y del Estado, y también para la democracia, la justicia y la igualdad. Y después de muchas décadas, nos hemos dado cuenta de que no era suficiente porque los resultados que tenemos así lo demuestran. En muchos casos, la razón ha sido utilizada para la barbarie y para la destrucción de nuestro mundo. La alta relevancia dada a la inteligencia racional ha ocultado las necesidades espirituales que todos tenemos. Y vivimos con un gran vacío espiritual.
Es preciso distinguir el ámbito espiritual del ámbito religioso, pues la espiritualidad es una dimensión del ser humano que expresa una serie de necesidades específicas como la esperanza, el amor, la fortaleza, el consuelo, la alegría, el perdón y la paz interior, puede tomar formas religiosas o seculares. Todos tenemos una necesidad profunda de amor, ofrecido o recibido, mientras que unos deciden desarrollar esta necesidad a partir de expresiones religiosas, mientras que otros a través de expresiones seculares. La creatividad artística de un poeta puede expresar el amor y la pasión espiritual que vive, la lucha de un activista social puede llenar su necesidad espiritual de buscar la justicia para su pueblo, mientras que un devoto del islam o del cristianismo, lo hacen de forma religiosa.
Por otro lado, la espiritualidad es una realidad que toma facetas individuales y colectivas. Hay personas con un alto nivel espiritual, que manifiestan en la bondad y en la generosidad, en la libertad para tomar decisiones constructivas; y también hay pueblos con un alto sentido de unidad, de generosidad y de esperanza, que los impulsan a ser creativos y solidarios.
La Semana Santa, que marca de manera sustancial el calendario oficial, con un carácter secular, tiene raíces espirituales y un contenido espiritual que es parte del sustrato cultural y social de nuestros pueblos. Por eso, las representaciones de la Pasión en Iztapalapa o del poblado Kilómetro 30, han tenido un grande impacto en los últimos años, y lo seguirán teniendo después de la pandemia. El caso es que estas representaciones, de carácter cultural, no dejan de manifestar una necesidad espiritual que nuestros pueblos tienen.
Estamos tan extrovertidos, volcados al mundo exterior, que no nos damos tiempo para volcarnos hacia la vida interior o hacia las necesidades invisibles de nuestro mundo espiritual. Por esa razón se da una ruptura en el interior de cada persona y al interior de la sociedad misma. Al organizar la vida política, por ejemplo, aspiramos a la democracia y queremos la justicia, pero con el vacío espiritual individual y colectivo y con la carencia de esperanza y de solidaridad, ¿qué podemos esperar? Esfuerzos tan contradictorios de confrontación, de abusos de poder, de mentiras y de simulaciones. Eso es lo que estamos viendo y haciendo. La política desconectada de la espiritualidad –no digo de la religiosidad– se convierte en una mala política.
Si los actuales procesos electorales se gestionan a partir de un sordo pleito por el poder, con lo peor que llevamos los seres humanos, poniendo a los pobres en las primeras filas como carne de cañón, sin la responsabilidad necesaria en tiempos de riesgos sanitarios, tarde o temprano desembocaremos en callejones sin salida. La carencia de una necesaria dimensión espiritual en la política impide que se humanice y se desliza por senderos de abusos de los más fuertes sobre los más débiles.
El mundo espiritual es el mundo de la belleza y de la armonía, del arte y de la creatividad, el mundo de la sabiduría y del sentimiento de pertenencia. Es el mundo de la trascendencia más allá de lo particular, de la fraternidad, de la búsqueda de sentido y de profundidad; es el mundo de las utopías y de la memoria histórica, el mundo que nos hace capaces de reconocer nuestros límites y también nuestras potencialidades, que nos hace capaces de vencer los fanatismos, los engaños y autoengaños, el narcisismo, las fobias y los prejuicios.
¿Quién puede decir que este mundo espiritual es irrelevante a la hora de construir personas y de construir la sociedad? ¿Acaso este mundo espiritual no puede enriquecer las perspectivas para pensar la economía y la política de una manera más constructiva y humana? ¿Acaso nuestro mundo interior puede desconectarse del mundo exterior que está en nuestro entorno? ¿Acaso ese mundo espiritual, vacío o saciado, no repercute en lo que hacemos en la vida cotidiana, en nuestro modo de pensar, de ver la vida, de planear el futuro o de nuestras elementales relaciones humanas?
Cuidar el espíritu es un plus que podemos ponerle a nuestra vida y a toda nuestra actividad humana. Es abrir nuestros horizontes estrechos para mirar la amplitud del mundo y de toda la familia humana. Es mejorar nuestros recursos humanos, nuestras capacidades económicas, políticas y culturales para que reditúen para el bien de todos. Es recurrir a las fuentes de la vida para humanizar todo lo que tocamos, tanto en el cosmos como en la humanidad y para ponernos en contacto con todo, porque todo está conectado.
Cuidar el espíritu no debería ser un lujo sino una necesidad prioritaria, porque de ese cuidado depende también nuestra calidad de vida, que no depende sólo de nuestro entorno de bienestar material o social. Cuidar el espíritu es una condición para la humanización de la vida, la individual y colectiva. Hay que buscar formas para que nadie pase hambre de frijoles y de tortillas, pero también para que nadie pase hambre de dignidad. Y esta última es una necesidad espiritual.
El sentido original de la Semana Santa es espiritual y, más estrictamente, religioso. En todo caso, es ocasión para que muchos fieles católicos hagan un viaje espiritual hacia sus orígenes, allá en los acontecimientos que tuvieron lugar en Jerusalén en el siglo I, cuando Jesús fue levantado sobre una cruz, al estilo romano, como lo hacían con los revoltosos y los esclavos. Esa muerte, como acontecimiento histórico ha permanecido en la memoria de los cristianos de todas las denominaciones, quienes también conservan en su memoria el evento misterioso de la resurrección. Muerte y resurrección son el eje de la vida de los cristianos, son fuente de transformación personal, de perdón, de paz, de esperanza, de consuelo, de trascendencia y de eternidad.
El contenido espiritual que ha dado origen a la Semana Santa nos recuerda las necesidades espirituales que tenemos que atender. Al lado de las necesidades psicosociales, mentales y biológicas, lo espiritual es un componente decisivo de nuestra vida, y su cuidado incide en una mejor calidad de vida y en mejores condiciones para el desarrollo y para la paz.