EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Culiacán, la dura realidad

Jesús Mendoza Zaragoza

Octubre 21, 2019

Los acontecimientos de Culiacán pueden ayudarnos a comprender el momento actual del país desde la perspectiva de la violencia y de la inseguridad. Es imprescindible un acercamiento honesto a la realidad, que siempre se impone a los intereses y a los discursos particulares. Por principio hay que reconocer la situación real para poder transformarla. Es cierto que nadie puede presumir de una lectura neutral de la realidad y de una visión absolutamente objetiva de los hechos, pero sumando perspectivas particulares y complementando lecturas diferentes, podemos acercarnos a ella con más precisión para acertar en los esfuerzos por transformarla.
El contexto y las circunstancias del fallido operativo militar en la ciudad de Culiacán ha representado, a mi juicio, un síntoma de que estamos aún a mucha distancia de la paz tan deseada y de que es insuficiente todo lo que se está haciendo desde el Estado y desde la sociedad. No estamos aún a la altura del grave desafío que representa la pluriforme delincuencia organizada, desde los grandes carteles de la droga hasta las pequeñas bandas de extorsionadores que deambulan por las ciudades.
La paz ha sido una recurrente promesa electoral. Lo fue del gobernador Astudillo en Guerrero y lo fue del presidente López Obrador en el ámbito nacional. Astudillo se puso el plazo de un año para dar resultados y todo se ha complicado, mientras que López Obrador se puso un plazo de tres años para un mejoramiento sustancial de la seguridad y todo se le está complicando. La realidad es dura, durísima y no obedece a voluntarismos o a decretos políticos y, menos, a intereses gubernamentales. Yo lo palpo a diario en la situación de muchas familias y de comunidades urbanas. Testimonios cotidianos de la Sierra de Guerrero, de la zona Norte y del Centro del estado dan cuenta del inmenso dolor que se sigue generando. En tantas regiones, la población está a la deriva o arrinconada. No hay condiciones objetivas para creer que a corto plazo tendremos seguridad.
Con tantas historias de agravios de la delincuencia, hasta la esperanza se va, y no se avizora el final del túnel que hay que transitar. La experiencia cotidiana de la realidad no miente y nos da la pauta de la terca realidad que está ahí, impasible y resistente. Tal parece que la violencia llegó para quedarse y la maldita resignación se ha adueñado de conciencias y de ambientes. En muchas regiones del país, la sociedad está prácticamente desgarrada y hecha pedazos. No hay, pues, condiciones subjetivas que nos hagan pensar que la paz es posible a corto plazo.
Hoy por hoy, el Estado no puede presumir de que tenga ya la capacidad para afrontar de manera exitosa al crimen organizado. No basta la voluntad política del gobierno federal. Lo vimos en Culiacán y lo vemos y lo seguiremos viendo en muchos otros lugares del país y de nuestro estado de Guerrero. El Estado, con todas sus instituciones, no está alineado para la construcción de la paz. Y eso es fatal. Los poderes federales no están alineados, ni lo están los poderes en los estados y en los municipios. Esta es la gran debilidad del Estado, que no le permite ser contundente y eficaz. Hay que tomar en cuenta que el sistema político ha sido, por omisiones y por acciones, un factor no menor de la violencia del país, y necesita transformarse a sí mismo para convertirse en factor de paz. Mientras que esto no suceda, estaremos atorados.
Y por el lado de la sociedad, no cantamos mal las rancheras. Los ciudadanos padecemos de añejas patologías y carecemos de un perfil adecuado para la paz. Cierto es que hay avances en segmentos de la sociedad civil, pero con escasa incidencia política como para contar con la necesaria participación ciudadana que se requiere. Tenemos en Guerrero una sociedad civil débil, que tampoco está alineada para la participación social y política en la perspectiva de la paz.
La paz no se decreta, se construye pacientemente. La paz no es obra de un gobierno, es obra de todos. Ni los gobiernos están hoy en condiciones para esta gran empresa, ni tampoco lo está la sociedad. Ni para contener la violencia ni para disminuirla. Por ello, tenemos que ir poniendo, paulatinamente, las condiciones necesarias para recorrer un camino de pacificación, con la contribución de todos. De otra manera, seguiremos dándole vueltas a nuestras propias ineptitudes.
La realidad de la violencia en el país es dura y dramática. Tenemos que reconocerla en su justa proporción para no generar falsas ilusiones ni hacer promesas imposibles. Lo que más conviene es ser honestos con ella para afrontarla como es. Y Culiacán nos ha revelado esa dureza con toda su brutalidad.