Ana Cecilia Terrazas
Mayo 02, 2026
Una de las muchas voces vigentes y prendidas que ha logrado movilizar y abanderar a un alto porcentaje de los rostros de la injusticia contra las mujeres en México es la de Dahlia de la Cerda. Nació en Aguascalientes el 9 de marzo de 1985 y desde hace ya unos siete años ha venido encantando, provocando y escandalizando a su público lector, a sus audiencias y escuchas, a sus entrevistadoras y entrevistadores. Activista de eficacia rotunda, su libro de 13 cuentos que pueden hilvanarse, Perras de reserva (Sexto Piso, 2019), logró éxitos de venta y sorprendió por su capacidad de encontrar territorio cohabitado por la más cruda crónica periodística, el buen reporteo de la catástrofe feminicida, la apología del mal en primera persona y las pinceladas de aparente literatura fantástica, que lastimosamente en este país no lo son. Asimismo, De la Cerda tiene publicados con no pocos lectores Desde los zulos (2023) y Medea me cantó un corrido (2024), además de ser conocida por su incisivo trabajo en la organización feminista Morras Help Morras –que funda con Diana Rivero, Karina Leyva y Sofía Regalado–, hoy también un espacio que ha desembocado en un interesante y ágil podcast.
Según ella misma lo ha relatado en incontables ocasiones, creció en el seno de una familia de clase media; sus padres se dedicaban a la venta de bebidas alcohólicas y a la administración de bares y cantinas. Con varios empleos de adolescente, acabó en los lares del periodismo y estudió Filosofía en línea, al tiempo que tomaba talleres literarios. Eventualmente, aplicó al certamen Letras de la Memoria de la ciudad de Aguascalientes y ganó el primer lugar. Ella ha narrado que se volcó al feminismo cuando en 2013 una prima fue víctima de feminicidio.
De la Cerda ha sido Premio de Cuento Joven Comala, becaria del FONCA y quizá el nombre de su ensayo Feminismo sin cuarto propio, así como el título de su columna en la revista Reporte Sexto Piso, Desde los zulos, dan una idea más precisa de la posición de Dahlia de la Cerda respecto del feminismo, la lucha feminista y el quehacer que resta por hacer en términos de igualdad sustantiva, de emparejamiento de pisos.
Entre las varias pistas originales que pueden encontrarse en esta escritora están: la posibilidad de hallar el claroscuro inclusive en las mujeres más violentadas de la sociedad mexicana actual; el habla fluida y propia de las protagonistas de sus textos; un discurso veloz, asertivo e inteligente que puede tocar las llagas y también trazar o rastrear un análisis de forma y fondo. A esta autora se le lee de corrido porque prácticamente nadie puede negar o eludir el tuétano de lo que describe y denuncia señalándolo como literatura solamente, puesto que si alguien se ha asomado a la cloaca del acontecer cotidiano –en cuanto a mujeres desechables, agredidas, violentadas–, sabe y siente, tiene la certeza de que lo escrito no sólo es muy posible sino que apenas roza lo que el infierno feminicida y de abuso hacia la mujer o a grupos vulnerables –como la comunidad trans– significan.
Perras de reserva, el habla, las entrevistas y la propia presencia de lucha y biografía activista de Dahlia de la Cerda son una línea a seguir, a difundir, abanderar y acompañar. Darle la espalda a estas realidades –por fuertes, impactantes y horrorosas que parezcan– no puede ser la respuesta de una sociedad que busca o pretende buscar soluciones, disminuir la violencia, erradicar el abuso o construir la igualdad verdadera, la que llama sustantiva y que se nota en todos los detalles, las oportunidades, obligaciones y puestos que se obtienen, en las conversaciones, los chistes y la cultura en general.
Dos citas del final de Perras de reserva ayudan a comprender por qué se antoja que esta antología de narraciones sea libro de texto (y ya no solamente de contexto): “México es un cementerio de cruces rosas” y “ser mujer es un estado de emergencia”. Claro, porque urge que la mujer, en el habla, en los hechos, en la vida, no sea una entidad “desechable”, prescindible o de utilería. Es de verdad que son tiempos de mujeres, toca hacernos cargo de ello.