Federico Vite
Enero 07, 2025
El pasado fin de semana falleció en la industrial ciudad de Birmingham el escritor británico David Lodge. Su nombre puede pasar inadvertido en el ruidoso pasillo de los éxitos literarios actuales; sobre todo, porque los lectores quieren figuras públicas, no escritores. ¡Quieren ruido y pocas nueces! Pero eventualmente veremos más de un libro de Lodge en estos días nuevos de 2025.
Yo, como muchos lectores, tuve la fortuna de encontrar sus novelas en librerías de segunda mano. A un precio módico y en ejemplares no precisamente resplandecientes ni cuidados, pero sí bastante legibles e incluso doblemente divertidos, porque algunas anotaciones al margen ayudaban a darle un sabor comunitario a la lectura, eran una extensión de ciertos pasajes del relato (recuerdo, por ejemplo, que venía anotado el número telefónico de un psicólogo en Londres y estaba subrayada la palabra: bastard).
Viene a mi mente, quizá como primera referencia, la novela Therapy (1995). Habla de Laurence Tubby Passmore. Tubby es un exitoso escritor de comedias televisivas, ha ganado mucho dinero, tiene un matrimonio estable, una amante platónica y un auto escandalosamente llamativo. Claro, siendo un escritor de televisión, posee más razones que la mayoría para ser feliz, sin embargo, no lo es. Un dolor de rodilla lo tiene en la lona. Así que se pone en busca de una solución. Pero ni la fisioterapia ni la aromaterapia, ni la terapia cognitivo-conductual, ni mucho menos la acupuntura pueden curar su desconcertante dolor de rodilla y al mismo tiempo crece la angustia de la mediana edad. En la medida que la vida de Tubby se doblega por el padecimiento de una rodilla, la felicidad se aleja. El protagonista inicia un recorrido por caminos misteriosos: la lectura de Kierkegaard, la constante asistencia a camillas de fisioterapeutas en Rummidge (ciudad creada por Lodge), Tenerife y Beverly Hills. Obviamente, la situación sacude a Tubby y trastoca la integridad literaria de su trabajo. Entiende que al analizar su niñez –en el sur de Londres en los años 50 del siglo pasado– encontrará la respuesta tan buscada. Y la solución, aunque humorista, termina por hacernos ver lo obvio: vivimos construyendo ficciones que nos corresponden con nuestra existencia.
El autocuestionamiento del protagonista propicia en el lector una especie de revelación acre, construida sobre un tono mordaz. Todo camino que conduce a la vejez, parece decirnos el autor, es sumamente doloroso. Recuerdo esa novela con una ligera amargura, pero me interesó la forma en la que Lodge construía el humor, no fue gracias a una sucesión de chistes, sino que lo logró mediante una estrategia en la que se involucra algo esencial para el protagonista. Es decir, el humor lo fundamenta en la búsqueda incesante de un tratamiento que cure el dolor en la rodilla, pero esa búsqueda revela un mal mayor. ¿Por qué es humorista? Porque expone, no encuentro otra manera de decirlo, los motivos esenciales de una existencia “cómoda y exitosa” encumbrada en una gran mentira.
En mi etapa madura de lector, me tocó la alegría de las novelas de campus escritas por Lodge. Quizá su mayor logro. Encontré en un solo volumen, llamado Trilogy (Estados Unidos, Penguin Books, 1993, 897 páginas), Changing places, Small world y Nice work. Fue una gran dosis de humor inglés que me acompañó por meses.
En Changing places, ambientada en los años 60 del siglo pasado, conocemos la ficticia Universidad de Rummidge, ahí se unen los destinos de los profesores Philip Swallow y Morris Zapp; el primero inglés y el segundo gringo. Empiezan una relación laboral estupenda, se sienten tan bien que terminan intercambiando todo, incluso las esposas. Obvio, las cosas se salen de control y la normalidad tarda en volver, pero nuevamente tenemos el eje del humor: una vida cómoda se desmantela fácilmente y la pena de ese dolor, al saber que se vive una mentira, agranda la disonancia cognitiva de los personajes.
En Small world, el lector entiende que hay una currícula internacional de conferencias y conferencistas; todos los profesores de la Universidad de Rummidge buscan colocar su ponencias en otras latitudes y gracias a los intercambios académicos, el irlandés Persse McGarrigle se hace presente. Busca el amor de su vida y cree que está en alguno de esos múltiples ciclos de conferencias de Rummidge. El profesor Zapp y su némesis Swallow aparecen nuevamente, sólo que ahora compiten por una cátedra especial, tienen la urgencia de luchar y los recursos a la mano son tantos que la batalla rebasa toda proporción, aunque la recompensa es tan, pero tan raquítica que bien valdría la pena no haber luchado.
Finalmente, Nice work. Esta novela cambia la perspectiva y la propuesta literaria de las dos anteriores. En primer plano aparece la feminista Robyn Penrose, quien se encarga de llevar a buen puerto una relación extraña entre la Universidad de Rummdige y una fábrica. Literalmente se la pasa siguiendo al jefe de la fábrica, pues Penrose supervisa y sugiere mejores vínculos entre Rummidge y su entorno industrial. Aunque la línea humorista es obvia, la relación entre la académica y el jefe de la fábrica, abre una perspectiva que bien valdría la pena retomar: ¿cómo mejorar la relación entre una universidad y su entorno industrial? En la proposición de Lodge las cosas salen más o menos bien. Pero el vínculo entre universidad y sociedad necesita limar muchas asperezas.
Al terminar de leer este volumen pensé en algunos autores que trabajaron el humor en México y, por supuesto, recordé a Daniel Sada (Casi nunca), a Rosario Castellanos (El eterno femenino), a Emilio Carballido (Rosalba y los llaveros), a José Rubén Romero (La vida inútil de Pito Pérez), Armando Ramírez (Chin-Chin El Teporocho), entre otros tantos que, por qué no decirlo, han hecho la vida menos pesada. La mecánica del humor, sirva enunciarlo con fuerza, es otra forma de inteligencia. Y, por lo menos, aligera la carga diaria de ser un acapulqueño en Acapulco.
@FederìVite