EL-SUR

Jueves 11 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

De la politiquería a la ética en la política

Arturo García Jiménez

Septiembre 01, 2025

 

(Primera de dos partes)

Ahora que ya se fumigó de muerte el gusanito del nepotismo y del reeleccionismo, que se reproducía impunemente desde “perritos felices”, es oportuno hablar de ética en la política. Y más aún cuando la presidenta Claudia Sheinbaum dio una gran lección de ética al “afrentar” al cacique Ángel Aguirre a través de una personera que intentó regalarle un huipil de 50 mil pesos; “no, dígale que no, no recibo regalos de él”, reaccionó la presidenta.
Con estas señales se da un golpe de timón a los vicios de la politiquería, enquistados en el partido y gobierno de la Cuarta Transformación (4T); y se allana el camino para que la verdadera 4T empiece a emerger de abajo, dignificando e incorporando principios éticos en la política. En este nuevo escenario el poderío ficticio de los líderes morenistas tradicionales (léase: toribios, jacintos, avelinos y mojicas) se pone en entredicho; lo mismo, se rompen de tajo los coqueteos de los chokis, mariomorenos, sofíos y demás personeros del viejo régimen que intentan subir al barco de la transformación.

El escenario político que viene

En junio del 2027 habrá elecciones para gobernador, legisladores locales y federales, y presidentes municipales. Aun cuando faltan 20 meses, a los suspirantes de siempre ya se les cuecen las habas y no pierden oportunidad para hacerse visibles; para mantener sus privilegios o para acceder a las mieles del erario público, la ocasión es una oportunidad para vivir sin trabajar, o como ellos pregonan para “vivir del noble oficio de la política”. Vivir de la politiquería, entendida como la manera de ocupar un puesto público sin compromiso social y sin principios éticos, no es como sembrar una huerta de mangos, darle un buen manejo, sufrir los avatares de las plagas y el clima, esperar la primera cosecha a los tres años y batallar con el mercado, hasta lograr vender; y hasta entonces hacer efectivo el trabajo de varios años. No, en esta provincia tropical, la politiquería es “mejor negocio” que trabajar.
Ser gobernador y operar 80,000 millones de pesos al año, ni modo de que no se resbale, aunque sea un 10% a las arcas personales; más aún cuando no hay transparencia ni rendición de cuentas. Lo mismo aplica en presidencias municipales en donde ahora el diezmo es del 20%. Por su parte los legisladores con su gran beca sin hacer nada solo se ocupan en buscar el siguiente cargo. Así operan los políticos sin ética y sin visión de transformación. Por eso estamos como estamos en Guerrero, un estado fallido que ocupa el segundo lugar en pobreza.
Aunque los tiempos electorales están normadas por la Ley Electoral, para los políticos perversos eso es letra muerta. Hacen campaña en todo momento: usan los desastres meteorológicos para regalar despensas con su nombre, se publicitan en lonas y bardas, difunden en redes sociales los logros de la 4T como si fueran de ellos, hacen que el ama de casa se lleve sus compras del mercado en una bolsa con su nombre, regalan mochilas corrientes a los niños para mandar un mensaje subliminal a los padres. Pero la acción más efectiva según su mercadotecnia corriente es cazar al funcionario público, al senador y hasta a la presidenta de la República para que les obsequie una selfi, y presumir su “cercanía con el poder”.
En la ruta hacia el 2027, los pseudo políticos de dentro y fuera del partido de las mayorías buscan alianzas y simpatías con los suspirantes punteros; con el dinero mal habido, promueven que sus allegados ocupen los comités seccionales de Morena, valiéndose de marrullerías, así como lo hicieron en su momento con la elección de consejeros.
Hasta ahora han sido los partidos políticos, y los personeros que los controlan, quienes han pervertido la política, rebajándola a politiquería, no solo en periodos electorales sino también en el ejercicio de gobierno. El chapulineo, el clientelismo, el compadrazgo, el influyentismo, el favoritismo, son algunas de sus muchas expresiones. El pueblo ve como algo natural esta forma de hacer política; por eso en el refuego preguntan: ¿qué me vas a dar? En respuesta los suspirantes “regalan” a las familias más necesitadas las vergonzantes despensas o utensilios domésticos; resuelven en lo inmediato peticiones medianas como cemento, láminas, tinacos, etc.; y dejan las demandas grandes para cuando la población “le apoye” con su voto (a veces hasta se comprometen ante Notario Público ya que está claro que nadie les cree). Durante todo este proceso el “equipo operador” recaba nombres, copias de credenciales y están checando que sus “cautivos electores” no se alejen “del proyecto”. Una prueba de fuego para medir la “lealtad política” es verificar si acuden a aplaudir y arengar en actos públicos; a los más activos les otorgan comisiones especiales y les prometen algún puestito.
Usualmente, el candidato aparece como el ungido (versión en miniatura del presidente de la República), acude mecánicamente a la población, espera siempre aplausos y collares de flores y, en el mejor de los casos, banquetes por parte de sus apoyantes; si hay mucha gente se reconforta y si hay poquita simplemente se conforma y busca una justificación entre su equipo. Su discurso es siempre muy general y cuando particulariza solo habla de promesas. No evalúa su campaña y se guía por la inercia de sus seguidores cercanos.

Hacia la erradicación de la politiquería

Pero ¿por qué tiene que suceder todo esto? ¿Qué no la política es una facultad de todos los ciudadanos y no exclusividad de unos cuantos potentados? Vale la pena que estas preguntas sean comentadas en todos los ámbitos de la sociedad y concite acciones políticas ciudadanas. Adelantamos aquí algunas reflexiones y en una próxima entrega un planteamiento más puntual frente a la coyuntura electoral que viene.
Quien promete solucionar problemas en una localidad a cambio de dádivas y promesas, no solo miente sino también mata la iniciativa ciudadana y anula la capacidad de gestión de la gente; si un candidato solo ve al pueblo como simple votante al que debe solucionar sus problemas, y no como un ciudadano con derechos políticos plenos, entonces no conoce las reglas de la gobernabilidad democrática, ni los principios de la planeación participativa ni lo que es la contraloría ciudadana. Es un completo analfabeto político.
La política verdadera puede entenderse como el arte de armonizar los intereses y visiones de los pobladores de un territorio hacia la gestión del bien común. En otros términos: “gobernar con el pueblo, desde el pueblo y para el pueblo”, pero no discursivamente sino mediante la instauración de los espacios de participación ciudadanía y el impulso del cuarto orden de gobierno.
El comportamiento coyuntural de los partidos políticos es una consecuencia lógica de los intereses personales de quienes lo dirigen. Por ello, los partidos no cuentan con una implantación real y estructural en la sociedad, están alejados de la ciudadanía, y no tienen presencia en la vida cotidiana. En tal circunstancia quienes controlan a los partidos se constituyen en una clase social sui géneris (o más bien una casta social parasitaria), que vive del erario público a cambio de una narrativa de “transformación y bienestar social” que los hace “indispensables” en la vida política de una sociedad. Por eso, encuentran en el espacio electoral el vehículo para conservar su modus vivendi, ahora en el partido y mañana en el ejercicio público.
En consecuencia, debemos poner en tela de duda si el espacio político-electoral, el roll de los partidos políticos, el desempeño de los servidores públicos son el mecanismo de transformación de la realidad que padecemos. O es necesario incidir en que los partidos se afilien a los ciudadanos, a que tomen en cuenta sus propuestas y se conviertan en su instrumento permanente de participación ciudadana en los espacios del poder público.
En la coyuntura que viene es importante que los actores más activos de la sociedad civil organizada fortalezcan el cambio de timón en la política que ya se percibe en Guerrero, implantando una nueva manera de hacer política, basada en principios éticos en la que los ciudadanos se sientan parte. La verdadera 4T debe resurgir en la ruta del 2027.