EL-SUR

Jueves 18 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

De la premonición que se convierte en literatura

Federico Vite

Mayo 31, 2022

Al centro de la novela Oracle night (Estados Unidos, Picador, 2003, 217 páginas), de Paul Auster, hay una enseñanza suprema sobre el oficio literario. No sobre las bondades que otorga la escritura (la fama, el dinero, el reconocimiento y la vida galante del ocio). No. Habla acerca de cómo se oficia la escritura incluso a pesar de los autores.
Un poeta francés, de París, cuenta Auster en voz del narrador Sidney Orr, escribió un largo poemario narrativo sobre la tragedia de un niño que se ahoga en un río. A ese libro le va muy bien. Los especialistas y los bisoños aplauden el poemario. Se vende de manera inmejorable en todas las librerías de Europa, tiene buenas críticas especializadas. No mucho tiempo después el hijo del poeta que escribió ese libro muere ahogado, prácticamente igual que el personaje de su poemario. El poeta renuncia a escribir porque cree que el libro, nacido del interior de su alma, fue capaz de convocar la tragedia. Pero otro escritor, amigo íntimo de Sidney, enuncia algo mucho más atractivo. Escribir no siempre es un don, como en el caso del poeta, pero siempre obedece a un orden superior, algo que debe escribirse (como el agua, si se me permite la imagen, que rompe incluso las rocas gota a gota) y termina siendo escrito. No importa si lo escrito enuncia un mal o redime a una persona buena. Se trata de que “eso” que debe ser escrito termina encontrando un recipiente para vestir así su presencia. “Los pensamientos son reales, él dijo. Las palabras son reales. Todo lo humano es real y algunas veces todos sabemos cosas antes de que sucedan”, señala Orr como hipótesis suprema.
La literatura, para personas con verdadero talento, es mucho más que llenar de intensidades (se ilustra mejor la frase si se piensa en las crestas y los valles de las gráficas de los electrocardiogramas) los textos que recubren la página en blanco. No es una experiencia similar a ir de compras, no, sino un ejercicio en el que se va literalmente la vida. Viene a mi mente, por ejemplo, la escritora Nancy Crampton, de 71 años de edad, quien recientemente ha sido condenada por homicidio. Tras un juicio de siete semanas el jurado la culpó de haber asesinado a su marido, el chef Daniel Brophy. ¿Qué escribía la señora Crampton? Primeramente debo decir que firmaba como Nancy Brophy. Es decir, usaba el apellido de su esposo. The wrong husband, The wrong seal, Hell heart o The wrong cop son algunos títulos en cuyas portadas aparecen jóvenes musculosos que usan lentes de sol, presumen el atlético torso desnudo y empuñan armas de fuego. Hacía puramente todo aquello que se denomina suspenso romántico. De hecho, obtuvo en su comunidad una relativa gloria literaria, ganada a punta de autopublicaciones.
En 2011 publicó el ensayo How to murder your husband (Cómo asesinar a tu marido) en un blog. En ese texto ofrecía los secretos del crimen perfecto para esposas con pulsiones asesinas. La autora aconsejaba ser “despiadadas” e “inteligentes”, pues la proximidad con la víctima las convertiría en las principales sospechosas. Recomendaba que no se usaran cuchillos (personales y sangrientos), el veneno (fácil de rastrear), las pistolas (ruidosas y complicadas de manejar) y los sicarios (poco fiables).
El juez ordenó que How to murder your husband no debiera ser utilizado como evidencia del homicidio porque fue escrito muchos años antes de que se realizara el delito. Es decir: el ejercicio literario en cuestión no podía ser tomado en cuenta como una prueba de la premeditación. El texto fue publicado en 2011 y el homicidio se consumó en 2018. ¿Ese ensayo era el producto de una idea obsesiva o una fijación que debía ser escrita para dejar constancia de los hechos? Yo creo que Nancy creyó su ficción al grado de convertirla en una meta. Así que ensambló “un arma fantasma” para que fuera complicado rastrearla. Ella aseveró al juez que compró en internet muchas partes de pistolas porque, en esencia, era su trabajo, pues ella usaba esas herramientas como inspiración. Nancy estaba escribiendo una historia acerca de una mujer que padece violencia y, cansada de los abusos de su esposo, emprende una revancha largamente acariciada.
A pesar de que analizó todos los detalles, ella no tomó en cuenta una sola cosa: una cámara de seguridad del vecindario, ubicada cerca de la escuela de cocina en la que laboraba el esposo. Nancy fue grabada mientras daba vueltas por esa zona, más o menos a la hora de la muerte del chef. Iba al volante de una furgoneta. La defensa de Nancy se apoyó en ese video para señalar a un indigente como el asesino, pero esa persona nunca fue identificada. A ese hombre se le ve esconderse tras una puerta cuando los policías llegan a la escena del crimen. Los alumnos encontraron el cadáver del chef.
Los abogados defensores señalaron que la utilización de “un arma fantasma” fue inspirada por la escritura del ensayo de Nancy y sugirieron que alguien más podría haber matado al chef durante un robo que salió mal. Ella testificó que su presencia cerca de la escuela culinaria el día de la muerte de su esposo fue casual. Se había estacionado en el área para trabajar en su escritura. Ella tomaba notas todo el tiempo. Ella, finalmente, argumenta que su escritura la llevó hasta ese sitio. En un relato noir hubiera sido fascinante la presencia de ella ahí, cerca de los hechos trágicos. Desgraciadamente es real, y es real también su ensayo: How to murder your husband. No dudo que Nancy escriba un libro al respecto. Pienso obviamente en la parábola del poeta francés que escribió sobre un niño que se ahogaba y al final así muere su hijo. Hoy bastará con repetir las palabras de Auster: “Todo lo humano es real y algunas veces todos sabemos cosas antes de que sucedan”.