EL-SUR

Miércoles 15 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

De lenguas y lenguajes (pensar, decir, representar)

Julio Moguel

Mayo 22, 2026

LASCAS

Filosofía y literatura (1)

Nota. Abrimos ahora una nueva serie dedicada a hurgar en los misterios de la relación entre la filosofía y la literatura. Pedimos paciencia al lector pues iniciaremos dando un pequeño rodeo, con el objeto de precisar o remitir a conceptos o ideas que son celulares a ambos continentes. Seguiré aquí de alguna manera la idea básica de la “imaginación dinámica” desarrollada por Gaston Bachelard en la primera etapa de una parte de su obra (la que de hecho empieza con El agua y los sueños y cierra en La poética del espacio, FCE), basada justamente en “descubrir verdades esenciales” desde el mando de la fenomenología. ¡Por algún lado hay que empezar! La idea central será llegar al concepto filosófico “del nacer” de Hannah Arendt y de la “la Esfera” (construcción filosófico-morfológica) de Peter Sloterdijk, para entender, por ejemplo, entre otras cosas, el sentido de “construcciones ficcionales” (literarias) como las de Comala de Rulfo, Macondo de García Márquez, o Yoknapatawpha de Faulkner.
En el fondo se juega el tema planteado expresamente por Vargas Llosa sobre “La verdad de las mentiras”, y, en consecuencia, el referido a los sentidos “de verdad” o “no-verdad” en la filosofía y en la literatura. O, dicho de otra forma, “se juega” el cómo es que “la literatura” es capaz de dar sentidos y razones filosóficas “verdaderas” a nuestra vida.
En esta serie seguiremos una línea que partirá sin mayores detalles de la fenomenología de Husserl, y de quienes siguieron sus pasos y pudieron construir una obra tan monumental como la ya mencionada de Bachelard. No sobra decir aquí por qué creímos pertinente abrir brecha por esta vía: hay un tratamiento poco frecuentado en la filosofía y que parte, en sus lejanos orígenes, de Heidegger y de Nietzsche, a saber: la relación entre “la verdad” y la “no-verdad” en la que se mueve el mundo (no el mundo total, por suerte) al que hoy no parecería resultarle un tema realmente importante. “El fetichismo de la mercancía” suele ordenar nuestros andares, sueños y placeres, y la búsqueda “del fin” o “del objetivo” se convierte en deseo dominante sin importar qué “medios” se requieran para alcanzarlos.
¿Es la era de la IA y del “pragmatismo”, sin más? No precisamente, diría Sloterdijk desde 1983: es la época del cinismo (Ver su Crítica de la razón cínica. Primera versión en español, en 2003). Es (¿nuevamente?) la hora del “creer” y no necesariamente la hora del “saber”. Si la época se ha vuelto esencialmente cínica, y la búsqueda de cualquier “verdad esencial” aparece como una pantomima que se disfraza con elocuencias de todo tipo y forma, entonces la búsqueda de las verdades verdaderas (valga la expresión) tendrán que buscarse de alguna manera desde algún pensamiento a-lógico, acaso desde el “No” metódico de Bachelard (ver su libro La filosofía del No), desde la literatura (“la ficción”), o desde “la ingenuidad” de aquellos que aún son capaces de sorprenderse de que la vida es vida y de que el humor y la risa puedan irrumpir en la escena para dejar que nuestros cuerpos piensen y respiren. Es acaso la mirada infantil la que en este caso se vuelve un campo llano de gran fertilidad; o el no-sentido de quien descubre, por ejemplo, que “siempre es lunes”, como lo descubrió José Arcadio Buendía en Cien años de soledad.
Es bajo esta franquicia que la literatura se liga estrechamente a la filosofía pues la primera no es de ninguna manera una “ficción superestructural”. Como veremos, la buena literatura es en muchos sentidos el camino que lleva más directamente que otras “especialidades” a “las verdades del Ser”.

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Decíamos al principio que no empezaremos este texto con una reflexión directa sobre el vínculo entre la filosofía y la literatura. Preferimos ubicar, a manera de introducción, lo que nos parece un gesto significativo desde lo que implica “exponerse” y “representar” (Gadamer). Porque a fin de cuentas es ese “gesto” el que nos ofrece algunas de las claves de la relación que está referida como título general de la presente serie. Y nos ayuda a “desmontar” lo que algunos creen a pie juntillas: que hoy por hoy lo que “se tiene que hacer” para enfrentar el cinismo que predomina es ser formalmente “serios y formales”, “claros en el decir o en el hacer”, “disciplinados” en lo que marcan los sistemas políticos o los escolares; en suma: luminosos como los rayos del Sol o transparentes como las aguas de los ríos que corren en libertad.
Y haremos esta primera reflexión con “la clave Einstein”. Para seguir después con “la clave Rulfo”. Los gestos de ambos serán ubicados aquí como “significantes” (¿expresiones acaso de una “significancia literaria”?) y deberán “leerse” desde una perspectiva del más amplio aliento, mostrando lo que en los dos casos concretos implica lo que pudiéramos llamar “la verdad de la ficción” (Punto en el que justamente se anuda la filosofía con la literatura).

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Tenemos en la mano la foto que muchos conocemos: es Albert Einstein viendo ante la cámara fotográfica, y lo único que se le ocurre es “sacar la lengua” a manera de burla; no al fotógrafo, por supuesto, sino a toda la humanidad (sabe que su fama es tal que la foto será universal y eterna). ¿“Irreverencia” y simple excentricidad” de Einstein? De ninguna manera. El célebre personaje sabe que “se expone” y “actúa”; es consciente de que “representa”. Pero sabe a la vez que es ésa la fotografía que chocará con los cánones sagrados de la “formalidad”: de la que tendría que “corresponder” a la altura de su genio, acaso ya esculpida, en su figura, de cuerpo entero, en algún campo universitario o en algún sagrado recinto museográfico oficial. Sabe a la vez que la foto en la que saca burlonamente la lengua será mucho más popular y más famosa que cualquier estatua que le construyan, aquí, en China o en Afganistán. La foto mencionada, en letras muy pequeñas redactadas clandestinamente por un duende (puestas ahí sólo para quienes se atrevan a verlas), acaso quiera decir a las generaciones futuras lo que en Así habló Zaratustra ya nos había dicho Nietzsche: “Nos acabamos de enterar de que Dios ha muerto; hazte cargo de ti”.

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Y ahora tenemos “la clave Rulfo”, personaje ya célebre (es 1987) sentado en una silla bien atornillada para resistir una hora de preguntas que, en entrevista televisiva que correrá por el mundo, le aplicará de corrido un famoso reportero de altos vuelos y que carga para llevar su oficio una muy cultivada “erudición”.
¿Qué es lo que literalmente hace Juan Rulfo ante las preguntas engoladas y eruditas de su interlocutor? Mentir. Sencillamente mentir. Dijo: “De la novela Pedro Páramo ya no me acuerdo”; agregando algo más, palabras más palabras menos: “Creo que es un libro que mi generación nunca leyó; es una novela muy difícil, y fue redactada con esa intención: para que tuviera que leerse tres veces para entenderla”. Y vaya usted a saber cuántas cosas más dijo el interpelado, mientras de vez en vez esbozaba alguna leve sonrisa, haciéndolo sólo (pocas veces, de hecho) cuando volteó a mirar a la cámara. ¿Torpeza o suprema timidez en el decir del jalisciense? ¿Farsante que quiere mostrar con su humildad suprema que para hablar sobre su Gran Obra no existe en realidad ningún interlocutor? No, en definitiva. Como en el caso ya visto de Einstein, Rulfo sabe que “actúa”, que “representa”, “que se expone”, que está en el “Gran Escenario”. Y la leve sonrisa que dirige a la cámara en unos cuantos tramos, lo sabe, es el “gesto” que vale y que sirve como mensaje para quien quiera entender. Tendría, si tal fuera el caso (es esa la imagen y el verbo que todos esperaban ver en pantalla), decir: “Identificar mis libros por lo que digo lleva a que se fetichicen o se malentiendan y no puedan leerse en sus posibilidades profundas y expansivas; en la riqueza que marca su ‘ser más’ que un conjunto de páginas que ofrezcan al respetable algún remedio ‘para su enfermedad’ (hastío, curiosidad intelectual, cultivar los diálogos de fiesta o de cantina)”. Continuando con una sentencia: “La novela ya no me pertenece; ya es tuya, y puedes hacer con ella lo que quieras, pues tú mismo eres protagonista de la obra”.

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“La verdad” para Einstein y para Rulfo estará entonces en las “señales-signo”: en la lengua del primero que, al “sacarla” frente al fotógrafo, hablará más de lo que pueda decir; o en las casi imperceptibles “sonrisas” de burla de un Rulfo que en una buena parte de sus entrevistas sólo le faltaba decir que nunca se había llamado Rulfo y que en realidad él nunca había aprendido a escribir.
Es en esta fisura de la á-lógica en la que la filosofía y la literatura se comunican entre sí. Es este específico campo en el que, creo, vale la pena empezar.